Rufus Wainwright: uno de los grandes recala en Zaragoza

El pasado martes, 6 de junio, Zaragoza tuvo la estupenda oportunidad de asistir al concierto de Rufus Wainwright, uno de los mejores cantantes-compositores —como se denominaría en Francia a este tipo de artistas— de los últimos tiempos. El Teatro Principal de nuestra querida e inmortal ciudad de Zaragoza estuvo lleno hasta la bandera, como requería la ocasión.


Wainwright se presentó solo, acompañado de un piano y una guitarra, algo que pocos se atreverían a hacer. No en vano es hijo de músicos, y lleva sobre las tablas más de treinta años —desde los 13 años— y solventó la papeleta con un sobresaliente, ante un público de seguidores incondicionales.

Con una americana que algunos definieron como verde azulada, otros de azul verdosa, y que los más duchos en estos temas —provistos de binoculares—, afirmaron que estaba estampada con florecitas, con un broche con pedrería prendido en la solapa, pantalones oscuros, y zapatos y cinturón blanco. Es decir, con un atractivo y un glamour a la altura de su talento artístico, que en este caso no es poco. Comenzó, acompañándose al piano, con algunas de sus canciones más conocidas, como «Grey Gardens» o «Vibrate».

Portada de la ópera de Rufus Wainwright, bajo el prestigioso sello Deutsche Grammophon

Portada de la ópera de Rufus Wainwright, bajo el prestigioso sello Deutsche Grammophon.

Se levantó de la banqueta para ocupar de pie el centro del escenario, rasgueó entre otras «Rebel Prince», y volvió sentarse para interpretar, haciendo gala de unas extraordinarias cualidades vocales, algunas piezas de Primma Donna, su ópera recientemente representada en París y por la que abandonó el pop durante algunos años.

[Hago un inciso en esta crónica para reprender a dos o tres modorros que no solo se pusieron a grabar el concierto con sus teléfonos, sino que además replicaron al acomodador cuando este les llamo al orden. Señores de los teléfonos: por favor, no hemos venido a verles a ustedes, concentren sus sentidos en las maravillas que tienen en la escena, y dejen de molestar a los demás con las luces de sus celulares. Los teatros del mundo entero se dejan en penumbra por una razón: para no romper la magia que tanto cuesta lograr a los artistas y que a veces solo se nos presenta una vez en la vida].

Wainwright tuvo un pequeño ataque de tos. En ese momento me hubiera gustado descubrirle las pastillas Juanola, que en estos casos van de perlas, porque permiten cantar sin ahogarse a lo tonto con un caramelo de los gordos, a los que aquí estamos tan acostumbrados. Pero con agua, tablas y templanza resolvió el contratiempo y su voz fue creciendo, sin tregua, hasta el final del recital, que llegó a tener momentos de gran intensidad construidos sobre su emocionante timbre y la belleza de unas melodías casi imposibles.

El cantante que interpretó alguno de los sonetos de Shakespeare a los que puso música en su disco Take all my loves: 9 Shakespeare sonnets, y que tiene para escoger estupendos temas de entre sus más de doce discos, deleitó al respetable con canciones para mí ya clásicas como «Dinner at eight» o «Not Ready to love». Tuvo un emocionado recuerdo para Lhasa de Sela con «I’m Going in» y hasta cantó a capela, lo que fue recompensado con encendidos aplausos.

Con simpatía, y en un inglés todavía no tan claro como el de John Mayall o Paul McCartney —todo llegará—, contó un par de anécdotas como la que le sucedió con un masajista de Sant Cugat, que pretendiendo saber inglés, le decía para que respirara profundamente: «Inspire, expire, inspire, expire», es decir, algo así como «Inspírate, muere, inspírate, muere». «No estoy juzgando», apostilló entre risas Wainwright, «yo tampoco sé español».

Rufus-Wainwright-Zaragoza-2017

El concierto en Zaragóza se enmarcó dentro de su gira internacional; ocho años después de su última actuación en la ciudad, en el FIZ 2009, donde actuó cachirulo al cuello.

En el tramo final de las casi dos horas de concierto en solitario destacaron «Going to a Town» y «Cigarrettes and chocolated milk». Un recital que terminó con un público enfervorecido y en pie. Rufus tuvo que volver al escenario en dos ocasiones a interpretar, entre otras, «Hallelujah», a la que, para ser sincero, no había echado de menos entre tantas joyas musicales.

A la salida del concierto tuve la oportunidad de hablar con un nutrido grupo de músicos. Todos estaban contentos con Wainwright, aunque por poner un pero a su estupenda actuación, comentaban que su pericia con la guitarra desmerecía del resto de sus habilidades. Quizá sea cierto, pero ni siquiera Rufus Wainwright puede tenerlo todo, y recordemos que es, ante todo, un autor excepcional, y que ya antes de los 45 años tiene a sus espaldas más de media docena de canciones clásicas. El compositor y músico canadiense-americano fue capaz de atraer a su actuación y reunir en un mismo recinto a gente de toda condición y pelaje.

El martes 6 de junio de 2017 quedará en el recuerdo como el día en que escuchamos a uno de los grandes en un gran momento de su carrera, cuando todavía tiene mucha belleza por entregar. Solo espero que encuentre su camino, para mi gusto, más cerca de las canciones que de la música clásica y de la ópera. Espero egoístamente que se aleje de ese mundillo que agoniza y que intenta echarlo de su territorio, como ya hizo con el magnífico pianista de jazz Keith Jarrett, o con Nina Simone. Espero que vuelva al pop, al folk, a los sonetos, si quiere, pero sobre todo a las canciones y, sobre todo, que encuentre de nuevo el camino a Zaragoza.

 

Por Quique Artiach

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