DJ Pendejo, ritmos negros interdimensionales

Tras casi veinticinco años a los platos, DJ Pendejo (Zaragoza, 1976) es una auténtica institución para todas aquellas almas que recorremos las salas de esta ciudad moviendo nuestros negros traseros. Sus mezclas aparentemente imposibles hacen de él un portal interdimensional que funde —desde el subconsciente y el buen gusto— lo mejor del pasado y del presente de la música negra. Su omnipresencia le avala y, como una máquina analógica de ritmos, se mueve sin descanso de sala en sala y de festival en festival. Próxima parada: Slap! Festival 2017.


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DJ Pendejo: «Para el primero que tienes que pinchar es para ti mismo»

Soul, funk, reggae, boogaloo… tu estilo musical engloba muchísimos palos, ¿cómo lo definirías?

Mmmm, el ritmo Pendejo. En pocas palabras, es música negra. Si hay un hilo conductor es ese.

—¿Crees que la etiqueta «música negra» es tan genérica que su significado ha quedado desvirtuado?

Ah, bueno, claro. Si nos guiamos por los recopilatorios de 100 % Black Music, sí. Pero realmente el 90 % de los discos que tengo son de gente negra, así que si algo tengo que decir es que es música negra. Luego, pues como todo en la música, a partir de los ochenta con la aparición de la radiofórmula mucha música dejó de ser música, incluida la negra.

—¿En tus inicios tenías unos referentes claros?

Empecé a pinchar con 17 años. No solo no tenía claro el estilo, sino que no tenía claro que quisiera ser DJ. La primera vez que pinché fue en el Feedback, un bar de psicodelia al que solíamos ir. El dueño estaba apurado porque no había ido el camarero y me dijo de poner música. Poco tiempo después, llegó el bar Blues. De un día para otro me quedé con este bar, que era al que solíamos ir los fines de semana, también de música de los sesenta. Ahí empecé con la música negra, porque en aquella época la gente solo fumaba en los bares, no bailaba.

—¿Y fue entonces cuando comenzaste a comprar música negra?

Los primeros discos de música negra los comprábamos rollo friki en los mercadillos, eran superbaratos, y tenían portadas tan atrayentes que no podías dejarlos ahí. Luego los fui escuchando, y dije: ¡pues esto es bueno! Además, tanto Discusatix como el Basuras, que vendían estos vinilos, no consideraban la música negra casi ni música, solo valoraban la música española o el rock progresivo, y yo sacaba de allí bolsas llenísimas por 3000 pesetas.

Aquí en Zaragoza tuve suerte, gracias a la base americana hay unas colecciones de vinilos increíbles. Las discotecas querían que fuesen los americanos, que eran los que dejaban dinero, y aquí en los setenta y en los ochenta se escuchaba la misma música que en Nueva York. Hay gente que ha venido de Barcelona o de Londres y lo han flipado, vas a cualquier mercadillo y encuentras una joya. Zaragoza es una fuente inagotable de discazos.

—¿Qué recuerdas de tu época en Telephunken como batería y DJ?

Colaboré con las bases, después nos bifurcamos. Fue una historia muy curiosa porque cuando yo tenía el grupo de garage, Ernesto y Sergio estaban en los Nothing. Durante años fueron el objetivo de todas nuestras bromas, y un día Ernesto me comentó que tenía un proyecto en el que iba a mezclar música electrónica con instrumentos, funk y música latina, y que si me gustaría tocar en él. Y lo primero que pensé fue: si me he reído tanto de ellos fuera, dentro puede ser un cachondeo. Luego estuvo muy bien, nos movimos mucho y conocí a mucha gente.

—Desde entonces has ido incorporando estilos hasta el ragga-jungle o el broken beats, ¿crees que siempre vas a mantener la mente abierta?

Desde luego no me trago todo lo que van sacando, como hacen algunos. Pero no le hago ascos a nada y hay propuestas nuevas que son muy buenas. Cada vez me gustan las cosas más raras, la electrónica experimental, pero siempre hay música, entre comillas, comercial Diplo, por ejemplo— que te puede hacer gracia. Además, toda la música electrónica cuanto más moderna la mezclo con más antigua, que es siempre más divertido.

—A veces te la juegas bastante con las mezclas, ¿cuándo decides arriesgar?

Siempre, quieras o no, llevas la maleta de discos que has seleccionado previamente; la gente que pincha con ordenador lo tiene más fácil en ese aspecto. A veces arriesgo por el público, a veces en parte por mí. Siempre he dicho que para el primero que tienes que pinchar es para ti mismo, si algo trasmites es eso. En el momento en el que te fijas en la gente estás perdido. Tienes que intentar ser tú quien aporta algo, no darles simplemente lo que ya conocen. Cuando hago sesiones de ragga-jungle o de música electrónica me gusta meter jazz para la gente que no escucharía eso en su vida.

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Otras paradas de la ruta Pendejo serán el Festival Castillo de Aínsa en julio y el Tropical Fest en septiembre.

—Claro. Antes, el objetivo del DJ era mostrarle música nueva a la gente, ¿hoy se ha perdido?

Entre comillas sí, pero por otro lado conseguirla tan fácilmente hace que luego no la escuches. Hay gente que tiene gigas y gigas de música, y les dices: «¿Pero la has escuchado?». Simplemente la han descargado, y no les va a dar tiempo a escucharla. Eso es lo bueno y lo malo de la música que nunca vas a escucharla toda. Muchos de los vinilos que tengo no están ni en internet.

—¿Crees que pinchar con vinilos es más auténtico?

Para mí sí, porque aprendí de esa manera, es a lo que te acostumbras. Además de que suena mucho mejor el vinilo, me parece un formato más cómodo a la hora de pinchar. Todo va bien hasta que abres el ordenador y no se enciende, te quedas vendidísimo.

—¿Qué no puede dejar de sonar en una de tus sesiones?

Siempre vas cambiando, pero últimamente el disco que me puedo llevar tanto a una sesión de jungle como de cualquier cosa es Calle luna, calle sol de Willie Colón y Héctor Lavoe.

—En 2009 fuiste el mejor DJ nacional por la revista Rockdelux, ¿sirvió para abrirte puertas?

Siempre ayuda, en algún festival he pinchado a raíz de eso. Pero sobre todo recuerdo que me pasó en un momento duro, en uno de esos momentos de inflexión en la vida en los que te planteas si seguir pinchando. Y dije, pues ya que se enteran, sigamos. Además, no lo supe hasta un mes después, me llamó un amigo para felicitarme y no sabía qué me estaba diciendo. Después, fui a la Fnac, me vi allí y flipé. Siempre me ha molado el rollo underground. He estado más haciendo cosas que vendiéndolas, y me siento muy cómodo así, por eso aún me sorprendió más que una revista así lo reconociera.

—El Zorro, la Botica, el Slap, las fiestas del Club Etiqueta Negra, el festival de jazz, Lagata… ¿Se ha producido un resurgir de este tipo de música o Zaragoza siempre ha sido negra?

Aquí siempre ha habido mucha cultura de música negra, posiblemente a raíz de la base americana. En los setenta en la zona de Tenor Fleta hicieron unos edificios que los llenaron americanos que no cabían en la base, y contaban que esa zona parecía Brooklyn. También recuerdo de crío en los ochenta que en el pasaje que había al lado siempre había cinco o seis negros bailando break dance. El Rapper’s Delight se escuchó aquí un año antes que en toda España.

—Y eso caló.

Eso caló en que gente como yo comprara muchos discos de ese tipo de música, lo cual influyó en gente como Víctor Domínguez de Desafinado Producciones, que lo ha seguido haciendo, y después en gente que lo ha seguido pinchando. Si hubiese faltado algún eslabón de la cadena, no sé si hubiese sido igual.

—También tuvo que ver en eso el mítico Bohannon.

Después del primer bar, pensé que tenía que tener las cosas muy claras para pillar otro y fue lo que pasó con el Bohannon. Teníamos licencia de after y, al principio, pensamos que en la Madalena sería una locura, pero luego estuvo muy guay. Ahí sí que fui un poco talibán y dije: «Aquí solo se va a poner música antigua. Si lo hacemos after, va a ser after, pero lo más moderno va a ser del 79». No hubo ni un follón, siempre hubo muy buen rollo.

—¿Qué DJ de tu rollo crees que lo está haciendo muy bien en la ciudad?

LJ tiene una colección tremenda, el propio Víctor o Jorge que está pinchando en Dinamarca. En Zaragoza hay mucho nivel en todos los aspectos culturales, la gente sale de aquí y se los meriendan a todos, pinchando y en muchas movidas.

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Los ritmos de Pendejo estarán girando en la roller disco viernes y sábado de 22:30 a 23:30 h y de 00:45h a 01:30 h

—También ejerces como productor, ¿qué me puedes contar de esta faceta?

Últimamente estoy metido en la Orquesta Popular de la Magdalena, que es un proyecto de Alberto Gambino, para fusionar movidas. Me pidieron que hiciera un par de bases para el primer disco, les moló bastante y me fueron metiendo en los directos. Y ahora vamos a sacar otro disco. Las cosas que hago yo son bastante raras. Es curioso porque hace unos años colgué temas míos en un par de plataformas y ahora colegas del mundo de la electrónica avanzada me han dicho: «Tío, me ha costado doce años entender tu música». Tengo tres discos que me autoedité, en el último metía swing, catorce años antes de que empezara el electro-swing.

—Ya eres un clásico de las pinchadas postconcierto del Slap!, ¿qué nos espera este año?

Este año va a ser buenísimo. Voy a hacer cuatro sesiones de roller disco. Los últimos años he estado pinchando el último de la noche, que como concepto puede molar, pero luego si te pasa algo estás vendidísimo. Siempre había tenido la espinita clavada de pinchar en una roller disco, le propuse a Víctor Domínguez que montáramos una, y le moló tanto la idea que van a poner una pista especial en el frontón con profesor de patinaje y patines para prestar.

—Por último, ¿qué supone Slap! para ti?

Mucho, tanto por grupos que he visto que no conocía, y que han sido buenísimos, como porque antes coincidía con mi cumpleaños. Es una fecha muy señalada en el calendario. Es un festival muy cómodo, estás cerca del escenario, y mola mucho el concepto de no querer hacer crecer al festival a toda costa —para eso tienes que llevar a según qué grupos— y mantener la idea de sorprender a la gente, la calidad… Es muy admirable.

 

Por Elisa Plana

 

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