Tras los focos de «Miau», el segundo largo de Ignacio Estaregui

Es lunes, 18 de septiembre. Son las 11:30 h de la mañana, y se empieza a montar un set de rodaje al final de la avenida Tenor Fleta, en la curva de esa «U» que forma la calzada al pasar la perpendicular con calle José Galiay. Justo en dicho cruce, unas vallas cortan el camino. Tras ella, un camión y alguna furgoneta están estacionados sobre la calzada, descargando materiales eléctricos y tecnológicos. Alrededor de veinte personas, vestidas de colores oscuros caminan con ligereza en diferentes direcciones, con la cabeza un poco gacha, pensativos, sin detenerse. Si sus caminos fuesen hilos, tejerían una maraña irresoluble, como los nudos que se forman cuando guardas de cualquier manera tus auriculares en el bolsillo. Se saludan con un buen humor que colocan por delante del estrés, la incertidumbre, la espera, y una larga jornada en la que pueden surgir problemas de cualquier sitio. Comienza la tercera semana de rodaje de Miau, el segundo largometraje de Ignacio Estaregui, basado en la novela de Juan Luis Saldaña, Hilo musical para una piscifactoría (Anorak Ediciones, 2016).


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Ignacio Lasierra es el ayudante de dirección de Miau, y la producción ha corrido a cargo de Gloria Sendino, Jaime García Machín y el propio Estaregui. Foto: MIAU

Mientras espero a Estaregui, no puedo evitar sentirme extraño. Alguien determinante del equipo de dirección ha permitido mi entrada, por lo que nadie puede decirme qué hago aquí, de pie, como un pasmarote, apoyado en una pared, a la sombra, procurando no estar en medio. La mayoría del personal técnico lleva un auricular conectado a un walkie. Sin embargo, todos se hablan cara a cara. Realmente, un set de rodaje se parece más a una obra de construcción que a cualquier superchería que uno haya visto por televisión. Los transeúntes que pasean por allí observan todo con cara de circunstancias. Deben de estar buscando al famosete de turno o pensando: «¿Pero esto no era darle a un botón y empezar a grabar? Menudo berenjenal». Algunos sueltan comentarios en voz alta, y no paran de preguntar —en este caso, a mí—: «¿Qué se va a hacer aquí?», «¿Se está grabando algo o qué?», «¿Necesitáis actores o ya estáis cubiertos?» Oiga, y yo qué sé. Pruebe suerte con otro, que yo aquí soy forastero.

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Ignacio Estaregui: «Podría vivir todo el día en un set de rodaje»

Mientras, Ignacio Estaregui se mueve por la zona de grabación como quien aguarda noticias en la sala espera de un hospital. Su caminar es interrumpido varias veces por su equipo, solapando conversaciones y atención con diferentes jefes de departamento. Finalmente, logra llegar hasta mí. Nos sentamos en dos sillas plegables a la sombra y, con una actitud tranquila pero algo torturada, me dice «A ver, Adrián, cuéntame». Está claro que el optimismo y la gratitud están en su ADN: «Ayer estaba muy preocupado viendo las previsiones del tiempo. Esta mañana me he levantado, y me he preocupado más todavía. Habíamos pedido un grupo electrógeno, por si había que reforzar con HMI, pero mira, nos sonríe la fortuna», dice mirando un cielo despejado.

No se me ocurre mejor momento para preguntarle a un director qué opinión tiene de su nueva película que justo en el epicentro de su grabación, a punto de afrontar una larga jornada en exteriores —una vez más es una suerte que Estaregui sea optimista por naturaleza—. «Estoy muy satisfecho por muchas razones: para empezar, porque el trabajo de preproducción ha sido mucho y sabemos lo que tenemos que hacer en cada momento. Segundo, por la suerte que tengo de tener este reparto. Son increíbles, han congeniado, y su trayectoria habla por sí sola. Y, tercero, por el equipazo, tienen un nivel de compromiso extra que es imprescindible para levantar una producción como esta». El rodaje de Miau comenzó grabando las secuencias nocturnas. A mi juicio, y a pesar de mi pequeña experiencia en rodajes, no lo cambiaría por grabar a 40º al sol en una zona desértica. Y, para ponerlo más difícil hay que decir, que algunas escenas del film se desarrollan en Londres. «Fundamentalmente por cuestiones presupuestarias, lo vamos a grabar aquí. Pero gracias a lo versátil que es esta ciudad, y a la magia del cine, convertiremos Zaragoza en Londres», explica Estaregui.

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Ignacio Estaregui (centro) se ha rodeado de actores de la talla de (de izq. a dcha.) José Luis Gil, Álvaro de Luna, Luisa Gavasa y Manuel Manquiña. Foto: MIAU

Está claro que algunos de los problemas que sufrió hace cuatro años con su primera película, Justi&Cía, no han amainado su motivación para volver a dirigir: «Las ganas eran tremendas. Además, uno aprende de sus propios errores. Poner en práctica gran parte de toda esa enseñanza es lo que ahora mismo me da tanta satisfacción».

Pero lamentablemente la energía, entereza y calidad de un director no son suficientes para garantizar su futuro en la industria del cine. «Levantar proyectos es muy complicado, y más en esta tierra, porque no estamos dentro de la industria. Ya no sé de qué va a depender hacer una tercera película. Lo que estoy haciendo es disfrutar de esta como si no hubiese otra. Conseguir una distribuidora es difícil. Tener un estreno en condiciones muy difícil. Ya no es que dependa de terceros, si no de la inversión que eso requiere para que la película llegue a la gente». La seriedad y firmeza con la que expresa y acompaña estas palabras dejan entrever la felicidad de aquel que encuentra su lugar en el mundo, en un oficio tan incierto y sacrificado como adictivo.

Llegados a este punto, uno se pregunta qué es lo que tiene este señor en el cuerpo para que, tras leer Hilo musical para una piscifactoría, se levante del sofá y diga «La voy a llevar al cine». «La pasión es lo que mueve el mundo, y a mí es lo único que me alimenta. Soy feliz haciendo esto, y procuro hacerlo lo mejor posible».

Estaregui y Saldaña, el autor de la novela, son amigos, tras ser compañeros de trabajo durante muchos años. Esto aumenta, más aún quizá si cabe, el cuidado con el que el director ha realizado su adaptación al cine. «Escribí el guion desde el máximo respeto al material original, que me parece increíble por la historia y, sobre todo, por el tono y los personajes. Ahora lo importante es mantener el espíritu de la novela y hacerla llegar a más gente».

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Estaregui describe la obra de Saldaña y su adaptación al cine como «una comedia en la que se entrelaza el drama y la ternura, con un punto de locura».

Si algún estudiante de cine está leyendo esto, estamos a punto de entrar en su apartado favorito. Todos trazamos conexiones mentales cuando leemos una novela que antes hemos visto en la pantalla grande, y viceversa. Cuesta leer a Mario Puzo sin pensar en las atmósferas y la dirección de personajes de Francis Ford Coppola, de la misma manera que uno encuentra paralelismos estilísticos en el cine a la hora de generar las imágenes que sugiere un relato. «Cuando afronto un proyecto, lo que hago es hacerme una relación de películas que me pueden ayudar, tanto los aspectos visuales como en los personajes. Creo que Miau tiene —sin pretenderlo, porque pienso que la visión de Juan Luis es única— referencias visuales a Sorrentino. A nivel de historia, puede tener cosas de Campanella y de Berlanga. Uno es lo que come y lo que ve, así que soy consciente de todas las referencias que hay. Pero creo que al mismo tiempo es única en cuanto a la visión que Saldaña tiene del mundo, que es diferente. Diferente de verdad, no algo buscado». Si uno tiene curiosidad por conocer más de eso que come y que ve Estaregui, es tan sencillo como entrar en su Twitter.

De la novela Hilo musical para una piscifactoría hay muchos elementos y detalles destacables, pero los más sorprendentes para quien conozca bien Zaragoza es que su autor describe una playa al final de Tenor Fleta, un pasadizo secreto en una tienda de chinos por el que se accede a la ciudad, y a Los Monegros como un destino de exilio espiritual para huir de la sociedad y convivir con tribus primitivas. El poder visual de estas curiosidades puede ser enorme, y Estaregui no se olvida de él: «Se va a ver una Zaragoza diferente, en la que el zaragozano se va a sentir doblemente identificado. Pero también va a ser una ciudad comparable con cualquier urbe europea, ya que se muestran espacios vacíos y abandonados que existen en todo el mundo».

 

Por Adrián Martínez Moliné

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