Koreeda explora la pena de muerte (y de vida) en El tercer asesinato

Un viernes, en una sala de no más de 30 personas donde se proyectaba un film con un título muy llano y descriptivo, todos los presentes fuimos testigos de asesinato. Lo vimos. Lo juzgamos. Lo condenamos. Los hechos eran claros. El –siempre– presunto responsable del asesinato lo admite sin ningún tipo de reparo delante de nuestros ojos. ¿Va a ser un caso rápido? Comienzan las dudas, las múltiples confesiones del acusado difieren. En aquel momento tuvimos claro que no estábamos ante un thriller judicial al uso. Estábamos ante la obra de Hirokazu Koreeda.


El abogado Shigemori, en una encrucijada.

Aunque parece que en este film el director japonés da el salto a un género que todavía no había tocado, se puede apreciar perfectamente cómo toda la línea narrativa es conducida por temas recurrentes en su obra. La vida y la muerte, el abandono y la pérdida de seres queridos o los conflictos paterno-filiales se articulan para que, en 124 minutos y mediante herramientas narrativas propias de los thrillers judiciales, como los secretos, Koreeda consiga que nos planteemos diversas cuestiones morales no muy lejanas al día a día que vivimos. ¿Quién debe vivir? ¿Quién debe morir? ¿Nos corresponde a nosotros decidirlo? Quien no reacciona ante un delito, ¿es también un criminal?

Muchas de estas preguntas las conocemos, ya que han sido previamente tratadas por varios directores en películas de corte policíaco o judicial con títulos como Doce hombres sin piedad, Cadena perpetua, El cliente o Algunos hombres buenos (aprovecho para recomendaros el visionado de todas ellas, si aún no habéis tenido la oportunidad de disfrutarlas), siempre con el fin de que los espectadores se posicionen ante el reto que se plantea y surjan los míticos «bandos» culpable o inocente o ahora te creo, ahora no.

No obstante, en El tercer asesinato el protagonista no es el personaje que se nos plantea como culpable, sino el conjunto de todas las visiones de las personas que lo rodean y, de alguna manera, interfieren en el «proceso»: su abogado defensor, sus ayudantes, la familia de la víctima, la acusación, el jurado, incluso la visión del propio espectador, al cual le va a ser imposible no juzgar y sentenciar desde la atalaya que es su mullido asiento, siempre y cuando uno no vea la película en un plano literal, ya que este filme no trata de cómo se condena a un hombre a la pena de muerte (o no) por asesinato. Trata de la mentira, el secreto, la corrupción, la rabia, el condicionamiento familiar, la brecha generacional y la aparición de relaciones de fascinación entre seres humanos, concretamente entre el acusado y su abogado defensor, simbolizada mediante el cristal que separa a los dos protagonistas en el locutorio de la cárcel, lugar en el que hablan de temas que más tienen que ver con la filosofía existencialista que con la burocracia penal.

Fotograma de una de las últimas conversaciones de Misumi con su abogado. Una atmósfera sobria y de color gris acompaña a, prácticamente, todas las escenas de la película.

Pero bueno, vamos a entrar en materia y despejar la ecuación, pues eso es lo que nos sugiere Koreeda: una incógnita. El espectador debe tener claro desde el principio que el planteamiento narrativo no se hace sobre un posible inocente/culpable sino sobre un destino que oscila entre la cárcel o la muerte. Al fin y al cabo, los hechos son los hechos. La siguiente cuestión es cómo influyen los prejuicios a la hora de juzgar a un exconvicto. Por lo general, a un reincidente de asesinato se le atribuye un móvil –a priori– violento, de venganza o robo, y no es menos lo que se hace en esta película. Que hayamos visto cómo Misumi (interpretado por el ya veterano Kôji Yakusho) golpea con una llave inglesa en la cabeza a un hombre para posteriormente quemar el cadáver, no quiere decir que el móvil que le atribuye la acusación (el robo) sea correcto, aunque el acusado lo haya confesado. Llegados a este punto comienza una guerra de dos bandos para Shigemori, su abogado (interpretado por Masaharu Fukuyama), cuyo fin es llegar a conocer la verdad que hay tras el crimen y tras las diferentes confesiones que aporta el acusado para así conseguir una condena de cadena perpetua, a pesar de los esfuerzos de la acusación por hacer un juicio fugaz. 

El camino que el espectador recorre con el abogado «es oscuro y alberga horrores», como diría Melisandre, y repasa la verdad de cada uno de los personajes que aparecen en el film –y cómo esta va cambiando a lo largo del mismo–, además de sacar a relucir los trapos sucios de un sistema judicial anacrónico y estancado en el juicio rápido, tema que se trata en la primera mitad de la película. Digamos que este camino intenta hacer comprender al espectador qué ocurrió realmente el día del asesinato y cuál fue el auténtico móvil que llevó al acusado a la decisión de cometer un crimen, el cual, por supuesto, no os voy a explicar. 

Hay un cuento popular que trata sobre la realidad que percibimos, Los seis ciegos y el elefante, narrado durante la película para explicar una de las ideas principales que forman el hilo conductor del filme y con el que me gustaría terminar. Es la historia de un grupo de seis hombres ciegos que pasan los días compitiendo para ver quién es más sabio. Un día en que no logran ponerse de acuerdo sobre la forma exacta de un elefante deciden salir a buscar uno para tocarlo y así intentar adivinar cuál es su verdadera forma. Al no ver, se dan de bruces con el animal, cada uno en una zona diferente. El que se da con el lomo exclama que es como un gran muro, el que toca los colmillos, que es como una lanza, el que cae en la trompa, que se asemeja a una larga serpiente, el que toca la cola, que parece una cuerda vieja, el que toca las patas, como el tronco de una gran palmera. Cuando terminan, todos creen haber experimentado por ellos mismos cuál es la forma verdadera del elefante y, por tanto, creen que los demás están equivocados.

La viuda y la huérfana del asesinado, en una de las escenas más duras de la película.

La viuda y la huérfana del asesinado, en una de las escenas más duras de la película.

Koreeda juega con la idea de esta fábula a lo largo de toda la película. Cada personaje, al igual que cada ciego, tendrá una verdad diferente, pues solo es una pequeña pieza de la historia, nadie posee una visión completa del conjunto. No hay nada más ilustrativo para esta reflexión que una de las frases finales del acusado a su abogado, después de que este último le narre lo que cree que sucedió la noche del crimen:

«¿Es eso lo que usted cree que hice? Es una bonita historia»

 

Por Ana Plou Fernández-Mota

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Current month ye@r day *