Café con Joaquín Pardinilla y Ernesto Cossío

El pasado 14 de diciembre la sala Luis Galve del Auditorio de Zaragoza acogió la entrega de los III Premios «Artes y Letras» del Heraldo de Aragón, que reconocen la obra y la carrera de artistas y creadores aragoneses. A lo largo de la gala, Joaquín Pardinilla subió al escenario en dos ocasiones: la primera, para recibir el Premio de la Música; la segunda, guitarra en mano y junto a su colega y amigo Ernesto Cossío, para premiarnos a los asistentes con un poco de blues.

Joaquín Pardinilla (Aínsa, 1961) y Ernesto Cossío (Zaragoza, 1963) son dos músicos de garra, de espíritu mayúsculo y estar discreto, dos guitarristas de dedos ágiles y risa franca a los que un buen día la vida llevó a encontrarse, porque no podía ser de otra manera. No hace ni un año que lanzaron Guatizalema con Joaquín Pardinilla Sexteto, y su colaboración a dúo más reciente, Hot Hands, vio la luz el mes pasado, pero los dos están ya implicados en varios nuevos proyectos.

En el Auditorio había entre ellos y nosotros varias filas de butacas. Hoy, sin embargo, hemos cambiado la Luis Galve por el no menos musical y distinguido Cabaret Café, y aquí los tenemos, dispuestos a compartir con nosotros, y vosotros, una parte de sí mismos y de sus ajetreadas rutinas.


 

¿Cuándo y de qué manera disteis el uno con el otro? ¿El entendimiento musical os llevó a la amistad o fue al revés?

Joaquín Pardinilla: Buena pregunta… Creo que nos conocemos desde la época del tema de los folkies, teníamos varios amigos comunes. No, no, ya me acuerdo: Pedro López. Tuvimos el mismo profesor de guitarra, aunque en distintas épocas; Ernesto ya había terminado cuando yo entré. Al bajar del pueblo a la ciudad sentí la necesidad de ser romanizado musicalmente. No tenía ni idea de nada, estaba en Aínsa y no había escuelas de música, ni discos, ni casetes. No había mucho material. Al bajar a Zaragoza intenté aprender.

Ernesto Cossío: Sí, a partir de Pedro nos conocimos, aunque fuésemos a pandillas distintas. Yo fui a escuchar a Joaquín en El Druida, hace muchísimo, cuando tocaba un repertorio de guitarra jazz. Y respecto a qué fue primero, si el amor o la guitarra… El amor fue lo primero, nos queríamos de lejos. Folk, flamenco, jazz, blues…, no hubo necesidad de entendimiento musical: participábamos de los mismos gustos.

 

Portada de Hot Hands,  álbum lanzado al público este mes de noviembre.

Portada de Hot Hands, álbum lanzado al público este mes de noviembre.

 

Vuestro último disco, Hot Hands, está recién salido del horno. ¿Cómo lo describiríais?

E. C.: Es cuadrado, se abre y dentro tiene imágenes muy chulas (risas).

J. P.: Es un disco de blues acústico a dos guitarras y voz, con repertorio de los años 30. En su calidad, magia y todo eso, es indescriptible.

E. C.: Envidio tu capacidad de síntesis.

 

 

 

¿Cómo y de la mano de qué influencias se llega de Aragón al blues?

J. P.: Eso es muy fácil de contestar. En aquellos tiempos, en Aínsa había una tienda que, de vez en cuando, traía cintas de casete para vender y una de ellas era de Eric Clapton. Me costó una pasta pero la compré. Durante un tiempo solo tuve una cinta de Eric Clapton y otra de Simon & Garfunkel. La primera era un directo y la segunda un grandes éxitos. Ganó Eric Clapton. No sé cuantísimas veces habré escuchado esa cinta, me la sé de memoria. Ahora hay demasiada música, en todas partes, y no la interiorizas; pero entonces, cuando tenías una sola cosa, la escuchabas tanto que la hacías tuya.

E.C.: Yo acompañaba a mi madre en la cocina tocando la guitarra mientras ella cantaba: Marifé de Triana, Antoñita Moreno, Miguel de Molina… Todo copla. Lo del blues me viene por parte de padre. Era un tipo muy melómano que invertía en música las pocas perras que le sobraban. Fue trompetista hasta que se casó y era un enamorado del jazz antiguo. Tenía además un amigo, Carlos Postigo, que le enseñaba discos de otros guitarristas, más tirando al blues. Así empecé a descubrir este género. Además, me gustaba mucho cantar y más tarde hice cursos de voz: siempre que cantaba las canciones me quedaba afónico porque no sabía colocar la voz y quería aprender. En definitiva, el blues viene más del jazz, que le gustaba a mi padre, sobre todo los trompetistas. También le gustaba mucho el góspel. Tenía discos de Mahalia Jackson, de Louis Armstrong, de John Coltrane… Se documentaba mucho, compraba enciclopedias de música. Recuerdo las cintas de casete que nos ponía en el coche, los tres hermanos íbamos medio dormidos y las cintas iban pasando, una detrás de otra.

 

Joaquín, uno de los rasgos característicos del Joaquin Pardinilla Sexteto es la unión del folclore aragonés, español e hispano en general con el jazz, el blues y otras tradiciones musicales de mundo. En estos tiempos en los que la palabra fusión está tan de moda y se usa tan frívolamente, ¿te atreverías a darnos una definición?

J. P.: Más que fusión, lo que nosotros hacemos tiene que ver con un tratamiento psicológico. La música del Sexteto nace para recomponer un yo escindido en muchas músicas. Es una especie de alambique donde introducimos las músicas que amamos y del que después tiene que salir algo coherente. Jamás se me ha ocurrido pensar: «voy fusionar la jota con el flamenco». Nunca he querido hacer eso. Es al revés, lo que quería hacer hace unos años era tocar algo parecido al folk como si estuviese tocando funk o blues, con la misma intensidad.

Por otro lado, hay dos razones por las que toco folk: porque es muy buena música y porque me ha dado la oportunidad de diferenciarme. El folclore también me interesa por dos cuestiones: la primer es la estética, ya que creo que es muy buena música en sí misma; y la segunda, porque hace que tu música sea distinta. La cultura es como la biodiversidad: de pronto unos biólogos descubren una planta endémica en los Monegros o encuentran un saltamontes que no existe en ningún otro lugar del mundo. Es lo mismo: yo quiero ser ese saltamontes.

En los 70, una condición imprescindible para cualquier grupo era tener una voz propia, es decir, debía ser fácilmente distinguible para que fuese considerado en cualquier ámbito. Ahora ocurre lo contrario, todo suena igual.

Nuestro norte, lo que defendemos, es sonar distintos.

Espectacular fotografía tomada durante un concierto de Joaquín Pardinilla Sexteto en Ejea de los Caballeros.

Espectacular fotografía tomada durante un concierto de Joaquín Pardinilla Sexteto en Ejea de los Caballeros. De izquierda a derecha, José Luis Seguer Fletes, Toto Sobieski, Joaquín Pardinilla, Ernesto Cossío, Alberto Artigas y Juan Luis Royo.

 

—¿Qué supone recibir un premio como el de «Artes y Letras» en un momento en el que parece valorarse más la cantidad de reproducciones en YouTube que la calidad musical?

J. P.: El premio ha sido muy sorprendente. En Zaragoza hay gente muy buena en todos los ámbitos,así que uno no sabe muy bien cómo entenderlo. Creo que tiene que ver con los años dedicados al oficio y con la insistencia en trabajar en músicas tangenciales, que no forman parte de lo comercial, de lo que se vende. Básicamente, lo entiendo como un reconocimiento a toda la gente que trabajamos en estas músicas, en el folk, el blues, el jazz, la música experimental, etc. También creo que es un premio a los músicos que permanecemos siempre en el anonimato, que estamos detrás de muchos proyectos: músicos de estudio, arreglistas, compositores para ballet, para documentales, acompañantes de artistas…

 

Ernesto, eres guitarrista pero tienes una voz de bluesman que ya quisieran muchos. ¿Te sientes más cómodo con guitarra y micrófono o solo con guitarra? ¿Acompañado o siendo acompañado?

E. C.: Bueno, no sé si lo de la voz no es una exageración… Desde luego, me gusta cantar; me encantaban el góspel y el blues: Mahalia Jackson, Bessie Smith… Mi abuelo y mi madre eran gente del pueblo llano pero cantaban todos los días. Y afinaban muy bien. En mi casa se escuchaba música día sí y día también.

En cuanto a acompañar o ser acompañado… Recuerdo que de zagal, con once o doce años, antes de empezar en el conservatorio, estuve en Épila con la rondalla de Cándido Sebastián y me pusieron a acompañar a un rico del pueblo que quería cantar una jota. ¡No veáis cómo desafinaba! Luego me echó a mí la culpa. Cándido me defendió. Aquello fue una pesadilla.

J. P.: Acompañar bien una jota es dificilísimo, es un milagro. Porque te dicen: «en re», ¡y entran en la sostenido! Me gustaría ver a John Scofield acompañando una jota (risas).

E. C.: Pero al margen de eso, yo diría que me gusta más acompañar. Aunque también me gusta que me acompañen alguna vez: cuando canto blues me gusta mucho el acompañamiento de la batería. Pero si tengo que elegir, prefiero acompañar. Es más, muchos de mis guitarristas preferidos, tanto en el jazz como en el flamenco, suelen acompañar. Considero que acompañar es un arte prodigioso, se necesita mucha disciplina y mucha generosidad. Acompañar dignamente a un solista o a un cantante me hace sentir muy bien. Por otro lado, estoy muy acostumbrado a guitarra y micrófono, te da una sensación de escudo, aunque tienes que tocar bastante bien la guitarra para que aquello fluya. Como decía Paco de Lucía y decimos Joaquín y yo, la guitarra es un instrumento muy complicado, es un territorio muy áspero.

 

Ernesto, tú que has actuado por toda Europa, ¿crees que la consideración que se tiene en España del músico es más o menos la misma que en todas partes o encuentras alguna diferencia, para bien o para mal?

E. C.: Tanto en Francia como en Italia (en Inglaterra estuve poco tiempo) se les da mucho bombo a las artes en general. Podríamos decir que en España el oficio musical está un poco minusvalorado. Esta pregunta se puede relacionar con lo que ha dicho Joaquin de que el premio es para todos, porque de no ser por estas iniciativas nuestra música pasaría desapercibida. Todo el producto musical de consumo masivo genera una cortina de humo que excluye a lo demás. Donde más lo he notado ha sido en Italia, allí se considera muy bien al artista en general y al músico en particular. Recuerdo una vez que fuimos a actuar con la compañía de baile de Miguel Ángel Berna en el teatro de Carpi, al lado de Módena, y, cuando llegamos, todo el personal del teatro, desde el director hasta la señora de la limpieza, estaba esperando para recibirnos. Fueron amabilísimos.

En Francia y en Bélgica también me han tratado muy bien. Hay mucha mejor consideración que aquí. Además, tanto en Francia como en Estados Unidos el sindicato de músicos es muy poderoso, se protegen, si te pillan haciendo playback o algo poco fiable, te denuncian. Porque también la legalidad ampara al músico.

 

¿En qué nuevos proyectos andáis metidos?

J. P.: El primero y más importante, estamos grabando un libro-disco de la colección de Prames. Nuestro trabajo consiste en seleccionar, arreglar y grabar un tema tradicional de cada una de las Comarcas de Aragón. También tiene que editarse el disco de Afra Dozawan, grabado en Casablanca, en Marruecos, con músicos bereberes. Y quiero editar la música que compuse para un documental sobre Pablo Gargallo del realizador Emilio Casanova. Me encantaría editarla, es una música muy distinta que me gusta mucho.

E. C.: A mí me gustaría llevar Hot Hands lo más lejos posible. Quizás el año que viene nos planteemos hacer un cuarteto y una versión eléctrica o acústica con bajo y batería. Así podríamos tener una fórmula blusera de duo acústico, finolis y elegante, y otra más de banda con un frontman.

 

Ernesto Cossío (dcha.) y Joaquín Pardinilla (izda.) mirándose con mucho amor y mucha complicidad.

Ernesto Cossío (dcha.) y Joaquín Pardinilla (izda.) mirándose con mucho amor y mucha complicidad.

¿Cómo se compaginan tantos proyectos y colaboraciones sin morir en el intento?

E. C.: Con mucho cuidado (risas). Bueno, aquí estamos, vivitos y coleando. Hace falta una tendencia al orden para que no coincidan en el tiempo y en el espacio: primer plato, segundo plato, postre y café.

J. P.: Cuando coinciden es un caos total. Menos mal que somos muy camaleónicos (risas).

E. C.: Nuestra capacidad de mimetizarnos con el entorno no es grande sino legendaria. Nosotros somos tirios con los tirios y troyanos con los troyanos (risas).

 

¿Se puede vivir de la música? ¿Qué consejo ofrecéis a los jóvenes que se empeñan en intentarlo?

J. P.: ¿Disparas tú o disparo yo? (Risas) No, venga, dispara tú.

E. C.: El otro día estaba escuchando una entrevista a Yamandu Costa, brasileño, una bestia de la guitarra. Le preguntaron exactamente lo mismo y dijo: «¡Dios mío! ¡Que lo dejen!». Yo tengo la misma opinión: es dificilísimo vivir de esto.

J. P.: El que vive de esto da clase en conservatorios o en escuelas de música. No vive de las actuaciones.

E. C.: Vivir del directo es un poco como la gastronomía: o haces una cosa que nadie hace o haces lo mismo que el resto pero a mejor precio.

J. P.: Se necesita un gran nivel de cualificación y capacidad profesional. Si comparas el esfuerzo diario de un músico y su salario con cualquier otra profesión, hay una diferencia bestial. Por mucho que puedas ir actualizándote en tu oficio (en todos es necesario, con lo rápido que avanza el mundo), para un músico no hay clemencia, no hay un día en que no tengas que estar con tu instrumento. Yo me sumo a Yamandu: es una pesadilla.

 

Una reivindicación.

E. C.: ¿Una reivindicación? Yo, lo que diga mi mujer. Sus órdenes son mis deseos (risas).

J. P.: Yo soy absolutamente sincero, a estas alturas no tengo ninguna, no pienso en reivindicaciones. Lo único que deseo es que mi cabeza se despeje cada día más. Estoy plenamente convencido de que reivindicar es en vano.

E. C.: Yo valoro más otras cosas… Por ejemplo, el otro día en la sala Luis Galve estuve con Pardinilla, este compañero y amigo de cientos de batallas, y me sentí tan a gusto al salir los dos con la guitarra en la mano a entregar nuestra música a la gente, que para qué tener más.

J. P.: Pero que no se entienda lo de pasar de las reivindicaciones como una frivolidad o como que somos unos sobrados. Es todo lo contrario. Si tuviese que reivindicar algo, pediría un sistema de actuaciones y de Seguridad Social para los músicos como el que existe en Francia. También cambiaría el puñetero IVA, que todavía sigue al 21 %. A modo de reflexión, más que de reivindicación, diría, de una forma abrupta, que la televisión y la radio son una mierda. Alimentan a la población con basura. Como ejemplo, en los años 70 los programas musicales eran buenísimos, pero en cuestión de 15 o 20 años se degradaron completamente, igual que la música comercial, tanto la latina como la anglosajona. Ahora son extraordinariamente malas.

E. C.: Ahora todo está globalizado: la música es un producto de consumo, cuanto más puedas vender y más parecido y aceptado sea, mejor.

 

Un músico con el que os habría gustado compartir escenario.

J. P.: ¿Solo uno? Bueno… Antonio Machín. Y Miles Davis.

E. C.: Con Django Reinhardt en el Hot Club, y con los guitarristas de Gardel. ¡Ah! Y con Alfredo Zitarrosa también.

 

La primera canción que aprendisteis a tocar.

J. P.: La primera que quise tocar fue Let it be, pero era muy difícil porque había que usar cejilla.

E. C.: Zamba de mi esperanza, seguramente.Y The house of the rising sun.

 

La última que os gustaría escuchar.

J. P.: ¿Antes de morir? Me he quedado fuera de juego… Creo que me apetecería algo alegre, una minor suit, por ejemplo. Algo divertido.

E. C.: El final de la octava sinfonía de Gustav Mahler. Que justo al terminar, con ese final tan luminoso que tiene, estirase la pata. Si fuese posible, la versión dirigida por Simon Rattle. A veces una sola cosa tiene un poder tan evocador que lo recuerdas siempre. O una canción de cuna antigua, como la que suena en Ojos Negros de Nikita Mikhalkov, cuando Marcello Mastroianni escucha la nana que le cantaba su madre, que, por cierto, es la misma que suena en El nombre de la rosa cuando están quemando a Salvatore.

 

Intenso duelo entre dos titanes musicales.

Intenso duelo entre dos titanes musicales.

 

Por Lola Basavilbaso y Ana Plou Fernández-Mota

Fotografía de portada realizada por Daniel Beltran Novials

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