Un viaje alucinante al sonido vibrante de Bigott

Otoño del año 2011. Por aquel entonces yo cursaba estudios audiovisuales. Una mañana salimos por la zona centro de Zaragoza a preguntar a la gente sobre anticonceptivos. Las piezas grabadas iban a formar parte de un reportaje para clase.Queríamos tener un sesgo de opinión lo más amplio posible. Por ello, paramos a una señora de avanzada edad, alguna pareja adolescente y a un hombre de treinta y tantos con gafas de sol, barba, pelo descuidado y pintas hippies que iba acompañado de una mujer con rastas.

Pantallazo de la entrevista que le hizo Adrián a Bigott cuando, para ellos, era un peatón anónimo.

Recuerdo que me tocó ser cámara y una compañera era la redactora. Teníamos varias preguntas del estilo: «¿Qué tipo de anticonceptivos conocéis?», «¿Usáis alguno?», «¿Os plantearíais usar estos otros?». Aquel tipo de pelos alborotados nos dio unas respuestas completamente absurdas y surrealistas, que para él parecían de lo más común pero que en mi compañera y en mí generaron una incomodidad difícil de digerir. Casi podíamos palpar la vergüenza, si no hubiera sido porque ese señor soltaba sus comentarios de una manera elocuente, sonriente y tranquila. Creo que seleccionamos alguna de sus frases para el reportaje, que aportó un humor raruno a la pieza final.

 

Pasaron las semanas y, un buen día, mi compañera de reportaje me enseñó una búsqueda que había hecho en Google, preguntándome si no era ese el tipo que habíamos parado por la calle el día que grabamos la pieza. En esa búsqueda aparecían fotos del hombre, y no pocas. En buena calidad, posando, como siendo un entendido de su arte. Aquel hombre era Bigott.

Penúltimo sábado de marzo de 2018. Bigott presenta en Las Armas su álbum Candy Valley. El que quizá sea el disco más corto de toda su trayectoria musical 19 minutos lleva como portada a Epi, Blas y al monstruo de las galletas en los papeles de Luke Skywalker, Han Solo y Chewbacca, respectivamente. La sala está prácticamente llena.

El grupo al completo fotografiado por Raquel Canalejo.

Mientras esperamos a que empiece el concierto suenan de fondo temas de los Ramones, y uno puede fijarse en la banderola colorida y pretendidamente cutre que lleva Bigott para poner en el fondo de los escenarios, la cual reza «The Bigott Show» en unas letras muy naíf. Tras unos minutos, Bigott salta al escenario acompañado de tres músicos: un guitarrista y teclista (integrante también de Picore), una bajista (Clara Carnicer, artista y la parte que habla por Bigott en esas entrevistas en las que él es puro humor absurdo inquebrantable) y el batería.

 

 

Nada más salir, Bigott comenzó saludar y chocar las manos con gente del público, mientras miraba a todos los asistentes poniendo muecas y haciendo ruidos con la boca, que nosotros teníamos que imitar. Una de las preguntas que más dudas pueden generar a la hora de enfrentarse a un directo de Bigott es cómo va a trasladar determinadas canciones sin todos los arreglos de instrumentos de viento y percusión. No, no son lanzados por sampler, sino que los temas están recompuestos de alguna forma para que en directo suenen tan gloriosos como en estudio. Es el caso de She’s my man, canción con la que abrió el concierto y que hizo que se metiera al público en el bolsillo. Empeñado en llevar una gorra roñosa en la cabeza, la tiraba al suelo haciendo aspavientos mientras tocaba y se agitaba como una maraca. Por el uso del humor, la complicidad con el público y los movimientos, bien podría ser Bigott un descendiente lejano de Frank Zappa.

Fotografía de Raquel Canalejo.

Entre canción y canción decía frases que podían tener que ver (o no) con el concierto que estaba dando. A veces soltaba ocurrencias o hacía sonidos y componía poses que él mismo reconocía no saber por qué estaba haciendo. Repetía a menudo que disfrutásemos el momento y que tuviésemos una mentalidad de paz y amor constantes, inagotables, para siempre. Entre tanto, se sucedían canciones de su cada vez más dilatada trayectoria, como Dead mum walking o Pavement Tree.

Alguna de ellas la aprovechó para quitarse la guitarra y hacer una especie de baile, mezcla de danza hindú y de danza del vientre, mientras se subía la camiseta. También se lanzó al público para que lo llevásemos tumbado, apoyado en nuestras manos. Cada vez eran más disparatadas y aleatorias las ocurrencias, mientras él no dejaba de reírse y de hacer el símbolo de la paz con los dedos índice y corazón. ¿Es probable que este hombre sea una de las personas con mayor paz interior que existe en nuestro planeta?

Interpretaron unos cuantos temas del My Friends are Dead, su penúltimo álbum, y por supuesto Candy Valley prácticamente entero. «Strangers by the Wall» y «Don’t stop the dance» fueron las canciones más aplaudidas y agradecidas por el público.

Bigott en directo subraya la esencia de lo que se escucha en estudio: cada arreglo o acompañamiento es un acierto, y sus canciones fluyen de manera natural al compás de rock marchoso, bailable y con un sentido del humor que puede recordar al de The Magnetic Fields. Especial mención merece Clara Carnicer, de cuyo bajo, aparentemente viejo y ajado, brotaba un sonido a veces más alto que las guitarras, con un puntito badass. Pocas cosas se le pueden toser a la formación que engloba Bigott, un proyecto que parece hecho con el mero propósito de divertir y divertirse ellos mismos. Falta bastante información sobre este proyecto musical, dado que su líder responde a las preguntas con cualquier otra cosa que se le pase por la cabeza; respuestas que, por cierto, siempre nos encantan. 

 

Por Adrián Martínez Moliné
Fotografías de Raquel Canalejo

2 comentarios de “Un viaje alucinante al sonido vibrante de Bigott

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *