Café con David L. Cardiel

David Lorenzo Cardiel (Zaragoza, 1993) es un joven poeta y ensayista aragonés que compagina desde hace años sus dos mayores pasiones: la filosofía y la literatura. Podemos encontrarnos con sus palabras en distintas publicaciones culturales, entre las que destacan Andalán, Narrativas. Revista de narrativa contemporánea en castellano Hypérbole Intersecciones Creativasdonde publica sus reflexiones. Nos reunimos con él en el muy literario Café Nolasco para hablar sobre Tierra de nadie (Anorak ediciones), su primer poemario, y conocer un poco más de esta poesía que se mueve entre las luces y las sombras y desgarra una sociedad tan perdida que se encuentra en terreno nulo.


— Nos gusta saber cómo comienza la relación de los escritores con la literatura, el primer contacto: ¿cómo te encontraste con la poesía? ¿Fue leyendo o escribiendo?

En mi caso fue escribiendo. Leyendo he podido madurar los versos y buscar mi propia voz. Según van avanzando las lecturas, vas viendo si lo que escribes tiene calidad o no. En este sentido la lectura me sirve para corregir, para buscar las palabras certeras, para comprobar qué estilos me interesan para estructurar lo que deseo contar. Pero, en mi caso, la poesía surgió de una manera necesaria, espontánea. Al principio escribía los típicos versos de amor adolescente, románticos, pero, a partir de la veintena, tuve una época de crisis existencial y necesitaba escribir otra cosa, de ahí surgió la poesía. Intentaba escribir relato porque siempre me he sentido más cómodo mentalmente con él, pero no me salía. No podía hilar una voz que tuviera coherencia ni construir una ficción a partir de lo que yo quería expresar. Sin embargo, la poesía sí me permitía expresarme como deseaba, porque no me obligaba a buscar un narrador y unos personajes ficticios ante los que tuviera que depurar los sentimientos y seleccionar cómo encajarlos para construir la trama. Cuando se necesita volcar los sentimientos de esa manera tan intensa la narrativa no sirve de la misma manera que la poesía, al menos según mi experiencia.

 

— ¿En qué genero te sientes más cómodo, en la poesía o en el ensayo? La respuesta está implícita en la anterior pregunta, pero ¿quieres añadir algo más?

Quisiera matizar una cosa. El ensayo me resulta a priori más cómodo, pero todo depende del momento personal que vivo: si es una etapa serena, en el ensayo me siento como pez en el agua. Pero cuando aparece el instante en que necesito escribir poesía, ella es la que más me alivia y en la que me siento a gusto, la que de hecho me surge. De todas maneras, creo que es la propia morfología de lo literario la que se delimita por sí misma según lo que yo deseo escribir, no me impongo un género diciéndome: «voy a escribir un ensayo sobre tal cosa con base en estos pensamientos o este sentir de la vida». No, según lo que quiera transmitir en ese momento, lo que escribo adquiere forma poética, o de ensayo, o de texto de ficción.

 

— La filosofía está muy presente en algunos de tus poemas, como La luz es la caverna o la cueva platónica vuelta de piel inversa. ¿La filosofía inspira todo lo que escribes o más bien es una herramienta de análisis de lo que te rodea?

Sí, ese título es una evocación clara al Mito de la caverna de Platón. La filosofía me inspira, la concibo como un modo de vida. Desde la infancia me recuerdo pensando –más que escribiendo– e intentando conocer las cosas, tratando de discernir si lo que se dice de cuanto conocemos es cierto o no, persiguiendo abrir caminos por mi propia cuenta más que a través de las lecturas, que sigo concibiendo como un elemento contextual respecto del propio pensamiento, la incorporación a un debate atemporal con miles de autores de todas las épocas. Para mí la filosofía es un modo de ver el mundo, un filósofo mira a su alrededor buscando, esforzándose por diferenciar, matizar y conocer, yendo más allá incluso de lo que, quizá, haya podido llegar a comprender y cree que comprende hasta ese momento. Aunque empleo la filosofía como método analítico, realmente impregna los versos porque ellos beben de esa misma duda y de esa misma búsqueda permanente que inunda mi carácter acerca de cuanto me rodea.

 

De derecha a izquierda: Emilio Pedro Gómez, Carmen Aliaga, David L. Cardiel y Sergio Navarro en el acto de presentación del libro el pasado 15 de marzo en la Fnac Plaza de España. Fotografía realizada por Marcos Cebrián.

— ¿Cuál es tu proceso de creación literaria?

Depende del género del que hablemos, nuevamente. Cuando intento construir un ensayo intento diseñar esa construcción, en qué partes se va a dividir, qué va a contener cada sección exactamente y hasta qué punto voy a explicar en cada una de ellas. Es un proceso muy cuadriculado, no permite un solo vestigio de improvisación y es muy fatigante. Sin embargo, con la poesía el proceso es completamente diferente. Primero intento embriagarme lo más posible de lo que siento y lo que necesito plasmar, y lo voy plasmando directamente, no lo cuadriculo. Cuando ya está escrito el poema comienzo a limar los versos, a elegir las palabras adecuadas, a cambiarlas, a intentar levemente racionalizar lo que siento para que el poema gane en estética y se haga tal, porque si no tan solo serían ideas y sentimientos prosaicos puestos en verso, no tendrían valor literario.

 

— ¿Cuándo sabes si un poema está acabado o si necesita más trabajo? ¿En qué punto te sientes satisfecho con tu obra?

Es una pregunta difícil porque soy una persona muy obsesiva con lo que escribo –un problema gordísimo–, y, todavía, si cogiese los poemas del libro seguramente los iría cambiando.

 

— Pero, claro, tienes que ponerte un límite, si no nunca hay fin.

Ese límite llega cuando intento aunar la parte estética del poema con su contenido y, sobre todo, en mi caso, que soy una persona a la que le gusta cuidar meticulosamente el contenido de lo que escribo, voy comprobando que ese mismo contenido vaya diciendo más o menos lo que pretendo transmitir. Cuando lo consigo y veo que la estética está a un nivel adecuado y se respeta lo que quiero decir, entonces trato de parar, porque si no sería el caos. Lo que pasa es que luego, en cada revisión, vuelvo sobre el poema y como vea que puedo mejorarlo más todavía, lo intento. Hasta que me lo quitan de las manos no paro (risas).

 

Qué influencia considerass importante para la creación literaria, ¿la cultural o la cotidiana?

Ambas, sin ninguna duda. La cultural la considero imprescindible para limar la propia voz narrativa, que es un proceso que nunca se termina de definir por completo a lo largo de la vida. Para esto sirven las lecturas, además de para disfrutarlas. Ellas son nuestras influencias, nuestra brújula a la hora de escribir y dar forma a aquello que queremos contar. Pero la literatura se nutre de lo cotidiano, de lo que se vive bajo la experiencia directa o mediada a través de los relatos que nos cuentan o que leemos y que nos resultan tan verosímiles que llegamos a interiorizar y a hacer nuestros y, en consecuencia, a acoger casi como si fuesen vivencias propias. Mi poesía, por ejemplo, no se puede entender sin mis propias experiencias; sin embargo, todas las lecturas que ha habido detrás han permitido que estos versos puedan estar hoy publicados, porque si no serían simples esbozos sin el más mínimo valor literario. En resumen, si se carece de unas vivencias que, aunque nos lleguen a través de lecturas, deben haber sido encajadas en nuestro propio contexto vital, no existirá el estímulo imprescindible para que el escritor genere ningún texto sólido. Por tanto, ambas influencias, la cotidiana y la cultural, son necesarias. Primero deben estar las vivencias –qué se desea contar– y luego está el proceso de lectura que permite enriquecer la mirada e ir moldeando la propia voz para podernos expresar como necesitamos y deseamos.

 

Cubierta de Tierra de nadie de la colección Amo los lunes, editado por Anorak Ediciones. A la venta en librerías y en la web de la editoral.

— ¿Qué buscabas cuando empezaste a escribir el poemario Tierra de nadie? ¿A qué hace referencia el título?

La tierra de nadie es un símbolo, en mi entender, de la condición humana. Todos hemos pasado por momentos en los que nos hemos sentido situados en ninguna parte, ubicados en una especie de espacio vacío que puede ser real y tangible o simplemente una sensación que vivimos. Es consecuencia, en ocasiones, del modo de relacionarnos con las personas: con unas surge la confidencia, la amistad y el cariño; con otras, resulta imposible. Sucede también a veces con la literatura, con los reconocimientos, con que lo que uno escribe caiga, o no, en gracia. Con los cambios políticos, las guerras, la cantidad de personas que casi siempre en esos casos quedan desamparadas. Hay miles de situaciones imaginables en las cuales podemos llegar a sentirnos varados, sin rumbo. Creo que, en el fondo, a lo que intento apelar es a la transición hacia la madurez, la conciencia de que el mundo que nos rodea no es fácil, ni necesariamente hermoso. También lo vinculo a nivel social: la humanidad sumergida en una adolescencia bélica, todavía por resurgir con seguridad y conciencia adulta sobre sí misma y su papel en el cosmos al cual pertenece. Ese es el esqueleto conceptual de Tierra de nadie. Pretendo, en última instancia, guiar al lector por ese espacio de dificultoso deambular, bajo la puesta en duda de las certezas que nos rodean, preguntándonos cuál es nuestro lugar en el mundo tanto a nivel individual como colectivo y, a partir de aquí, proponer algunas posibles respuestas, que son mis propias dudas y reflexiones.

 

— En el extracto de poemas hemos podido ver ciudades grises y sociedades opresoras pero también amistad, luz y vida, ¿juegas con esta dualidad en el resto de poemas? ¿Qué más elementos podemos encontrar en Tierra de nadie?

Juego, pero realmente es así el mundo que nos rodea. Es un mundo gris por falta de empatía y de conocimiento de la realidad, a mi juicio. Seguimos estando muy desorientados, sin un rumbo ético y epistemológico claro, y el miedo es el motor que nos mueve todavía y el que guía una gran mayoría de nuestras decisiones. Yo creo que es la clave de por qué la gente actúa en multitud de ocasiones con perversidad. Actuar con maldad es la salida que responde a ese temor a la vida, al miedo por el hecho en sí mismo de vivir y lo que implica: si te desarmo, si me aprovecho de ti, reúno capacidad para enfrentarme a futuros enemigos y, de paso, me quito de en medio uno, que o elimino o dejo dependiente a mi merced. Sin embargo, no es la solución a nuestros problemas. El mal siempre engendra un mal creciente, que es lo que estamos construyendo. La única respuesta válida frente a los problemas es el incesante ejercicio de la bondad, que repara el mal causado y guía la razón, con base en aquello que es justo en cada momento, para evitar los actos y sucesos dañinos y defenderse de ellos. Frente a la oscura inercia común, la esperanza en la individualidad humana. En el ser humano no habita únicamente el miedo sino que también tenemos la opción de crear luz, de realizar actos generosos, de elegir caminos distintos a los que nos sugieren nuestra cultura y nuestro momento social actual, que es la cuestión que planteo en el libro.

Vinculados con esta cuestión creo que existen otros elementos en el poemario: la soledad, la sensación de abandono, la necesidad de construirse una vida sencilla, la alegría que podemos encontrar en las pequeñas cosas, la búsqueda del hogar, ya sea físico, sentimental o metafórico.

 

— ¿Qué les recomendarías a los jóvenes que quieren empezar en el mundo de la escritura?

Les diría que se centren en plantearse una única pregunta: ¿de verdad necesito yo escribir? Esa es la clave. Si la respuesta que se dan a sí mismos es que necesitan escribir como necesitan respirar, si esa es su manera de relacionarse con el mundo, adelante, que se lancen a la palestra. Les recomendaría que se busquen un empleo, porque en el mundo de la literatura cuesta muchos años y esfuerzo abrirse camino pero que, por supuesto, nunca abandonen la vena de la escritura, tengan la suerte que tengan. Pero, si la respuesta es no, que no lo intenten, que de esto no nos hacemos millonarios. Tiene que ser una decisión pasional.

 

— Un personaje literario en el que te veas reflejado.

Casandra, la hija de Príamo. Creo que ella revela, de alguna manera, la maldición frecuente de los pensadores, la nula capacidad de hacer llegar a los demás lo que quizá seamos capaces de vislumbrar. Apolo, al no ser correspondido, la maldijo: «nadie escuchará tus palabras y, si las escuchan, nadie será capaz de comprenderte». Me siento identificado por su lealtad: sabía lo que iba a ocurrir en Troya y, a pesar de que nadie la tomó en serio, se quedó allí en vez de abandonarlos, huir y construirse una nueva vida a salvo de la guerra y de su inicial sino.

 

— Tus dos poetas de cabecera.

Manuel Vilas me ha inspirado mucho para modernizar mi poesía y sacarla de los caminos románticos de los años adolescentes. Me gusta por su claridad y por el uso que hace de los elementos cotidianos. También elegiría entre algunos poemas de Safo de Mitilene, que me parecen muy simbólicos, muy clarividentes. Leerla me ha ayudado a ganar mucho simbolismo en la poesía, no solamente a vestirla como un relato moderno de las emociones. También elegiría a William Wordsworth, más romántico y pesimista.

 

Un lugar que te inspire

Un jardín con sus plantas, su tranquilidad, lejos del mundanal ruido de la ciudad. La naturaleza es mi mejor opción para escribir, despejar y serenar la mente.

 

 

Sociedad insectívora

Otra vez ha vuelto a pasar:
han puesto precio a la cabeza de un hombre.
Una carta a mano alzada,
la vida, perfectamente mecanografiada,
han puesto precio al aire que respira
y ha decidido, como decide una mosca volar,
pagarse a sí mismo la deuda.

Otro hombre vendido, más carne al lecho.
La tierra acoge la venta con avaricia de casero.
Hoy tomarán una fortaleza sin defensores
y será fácil tocar sus cosas y respirar su aire:
Ha sido entregado en prenda de acomodo.

El suelo marca la sombra de su vuelo,
asfalto reconstruido ceniza a ceniza,
un albatros que no volverá.
Está anclado en los ejes del mundo mismo.

 

Por Ana Plou Fernández-Mota
Fotografías de Marcos Cebrián
Localización: Centro de Artesanías de Aragón

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