Niño de Elche o cómo ocupar la existencia plácidamente (aka con guasa)

«Es raro ser un humano. Llegamos a pensar sobre las cosas. Llegamos a hacernos preguntas. Parece una buena y privilegiada posición en el universo, no la cambiaría por la certeza. Porque cuando estás seguro, dejas de ser curioso. Y esto es lo que sé sobre la cosa sobre la que estás seguro: te equivocas. Por supuesto, esto es una paradoja: ¿cómo es posible saber que no puedes saber nada? No lo es, solo es una teoría, y quedo abierto a que se me pruebe equivocado»

Charlie Kaufman, 2011

El repaso a una historia común que es un suburbio y que es extraña y sublime. Nati Mistral y Manuel Gerena sobre el mismo escenario. Hacía tiempo que no oía a un público sostener tanto tiempo el aplauso. Shostakovich y Lola Flores sobre el mismo escenario. Uno de los conciertos más intensos que he vivido últimamente. El nexo de todo ello: Niño de Elche, Paco, una persona que está decidida a recorrer montones de kilómetros revindicando el escuchar, el dejarse sentir. Rodeado, eso sí, de grandes profesionales como Pedro G. Romero o Raül Refree durante el año y medio de gestación de esta Antología del cante flamenco heterodoxo, y luego en el directo con Susana (electrónica y teclados) y Raúl (guitarra y percusión), sin olvidar el trabajo de Juan (sonido) y Benito (luces), quienes tienen una influencia y un protagonismo extraordinarios en el resultado del espectáculo.

Me llama especialmente la atención el hecho de que el técnico de sonido sea más bien un «músico de sonido». En la práctica esta concepción se ve reflejada en una interacción real y en directo entre técnico y músicos: no utilizan memorias preestablecidas para cada tema del directo, sino que se va haciendo según exige la velada, teniendo así una influencia creativa y espontánea en el resultado. El dominio de la voz que Niño de Elche ha alcanzado está totalmente fuera de concurso. No solo son los fraseos que dibuja, es un dominio del cuerpo, de las distintas frecuencias o voces entre las que se mueve según la obra demanda. Una suerte de esquizofrenia, paradoja construida desde la más honesta experiencia, en la que no cabe pretensión ninguna.

 

«La actividad que involucra en un solo proceso a muchas otras, dirigiéndolas, incluso cuando algunas parezcan oponerse, hacia la unidad, contribuye a un buen estilo de vida»

John Cage, 1949

 

La ironía y la mirada crítica, en primer lugar, sobre uno mismo. Siendo uno mismo un prisma que refleja toda la historia que lo rodea, delimita, compone. Celebro poder escuchar en una misma sesión voces del exilio y de la España más casposa, música contemporánea cuyo código aún desafía a mis orejas y una rumba con su oportunísimo four on the floor. Mención especial al momento Marchena, con Fandango cubista de Pepe Marchena, canción que emociona hasta los topes mi más popero sentir y cuyo «cubismo» nunca encontré, a no ser que residiese en la no tan ordenada letra. Niño de Elche confirmó antes de cantarla que «de cubismo no hay », que fueron unos críticos de la época de Pepe Marchena los que de estas letras se valieron para hacer la pretenciosa afirmación. Listísima asociación mediante, triángulo que conecta la silueta de Marchena con la del icono pop y la vedette. Y es en eso mismo en lo que se fundamente esta propuesta, asociaciones rigurosas que por su profundidad ofrecen una extensión al pensamiento y al disfrute que se revaloriza en cada peldaño que vamos subiendo. Ofrece explorar cada temática, atar los cabos que solo uno mismo puede atar por mor de un mayor goce.

 

«Y así aprenderá también a amar las obras del pasado, incluso aunque no pueda utilizarlas de manera inmediata en su propia vida y deba transponerlas para obtener de ellas un uso provechoso a distancia. Aprenderá a amarlas porque –verdaderas o erróneas– hallará que han brotado de la necesidad. Y verá la belleza en su eterno rodeo hacia la verdad, y comprenderá que el cumplimiento es la meta del deseo, pero quizá el final de la belleza; y comprenderá que la armonía –proporción– no es la inmovilidad de unos factores inertes, sino el equilibrio de fuerzas en una tensión máxima. Y esta enseñanza debe conducir a la vida, donde se dan estas fuerzas y estas batallas. Representarse la vida en el arte con su movilidad, con sus posibilidades de cambio y con sus necesidades; reconocer en la evolución y en la mutación la única ley eterna, todo esto será más fructífero que suponer un término a la evolución porque así el sistema se redondea»

Arnold Schoenberg, 1912

 

 

 

— Bueno, entonces qué, ¿vas tirando petardos por ahí?

Soy de Valencia, al final, en Elche tiramos muchos petardos. La gente los escucha como petardos, pero no lo son como tal, porque la gente tiene… Es curiosa esta paradoja: la gente tiene mucha sensibilidad en el oído, pero escucha poco.

 

— Te felicito por el disco. Me parece una obra en la que las formas mutan por mor de la actitud y me recuerda eso de que los ríos crecen con convencimiento.

Sí, los ríos crecen, las montañas se mueven. Convencimiento, fe… Depende del nivel que le quieras impregnar a la palabra, pero, sí, la creencia de la cosa, del acto, es una actitud también. Eso me ha acompañado casi siempre: es querer entender esta palabra que no nos gusta mucho, que es experimental, pero desde la experiencia, desde la verdad de la experiencia, lo cual te lleva a convencerte más de esas prácticas y de las intuiciones más allá de la estética y de tus ideas artísticas.

A posteriori, ¿no?

Sí, siempre después de la experiencia. Para mí la música experimental es eso de verdad, no es una estética. Es un convencimiento, una filosofía de hacer.

 

— Empatizo con esa idea de que todo músico en realidad toca siempre la misma canción, que uno se va concretando, que su compromiso va ganando en rigor, ya sea el compromiso de Coltraine de «I want to be a force for real good» o el de Luis Fonsi de ser lo más clicado. En tu caso, eres antológico, heterodoxo y flamenco, ¿es esta tu obra más caudalosa hasta el momento?

Sí, es la más caudalosa en el sentido material pero también en el sentido no material, porque tocamos muchísimas actitudes. Habla por sí sola.

 

— A este respecto me interesa también el proceso de gestación de una obra de este calibre, ¿dónde están las fuentes?

Yo tengo un modus operandi que consiste en rodearme de gente con un conocimiento de las cosas muy amplio, que me complementen, me desplacen, me interroguen, me destruyan. Esto me hace a moverme, cambiar de guion, de parecer. En este caso me junté con Pedro G. Romero, que es un ideólogo del trabajo; yo le contaba mis intuiciones y él me contaba las suyas, sus pareceres. Tengo la suerte de trabajar con él como persona y con todo el bagaje artístico de su ser, esa es una suerte porque no todo el bagaje está en mí. Y con Refree igual, trabajo con una persona con conocimiento de la producción y de un abanico tan amplio de las músicas que, claro, hace que también se me abra la mente a otros lados a los que yo no hubiese llegado solo. Es un trabajo de un año y medio, pero Pedro G. Romero lleva toda la vida con la idea ahí, pululando, y ve que se puede realizar en las direcciones que yo le propongo.

 

— ¿Reivindicas el derecho a faltar al respeto?

No se puede crear sin faltar al respeto, ese es mi convencimiento. Si no faltas al respeto la creación no se da. Eso de crear pero con respeto en la práctica no es verdad, puede ser una cuestión moral, filosófica…, pero en la práctica no, no lo creo.

 

— Se iba uno por bulerías y el palmero de al lado le decía: «¡Busca, busca que el que busca encuentra!». Es una maravilla que haya artistas que busquen por los recovecos de las doce manillas de un compás y otros lo hagan en el pensamiento, la historia y su desarrollo. Aún no he visto a ningún palmero gritarle a nadie: «¡Añora, añora que el que añora encuentra!». ¿Hace falta valor para enfrentarse a los dinosaurios?

No lo vivo tanto como enfrentarme a dinosaurios, porque los dinosaurios ya no existen, al igual que el flamenco. «El flamenco no existe», decía el poeta David Pielfort. Por lo tanto, no me da miedo porque para mí no existen. Me da miedo mi yo, que no es un dinosaurio, es un nazi, ese es el que me da miedo. Gracias a las prácticas artísticas voy superando ese miedo que me tengo. Antonio Escohotado tiene un libro que se titula Frente al miedo y en la entradilla dice que el antídoto para superar el miedo es la libertad, y ahí me siento yo muy reflejado. Ahora he madurado un poco y me he equilibrado, he entendido que arte y vida van unidos, pero antes tenía una esquizofrenia: era mucho más libre en el escenario que fuera de él, trataba temas en escena que en mi vida privada o pública me daban corte, cuestiones de género, política, sexualidad… Por esas experiencias te vas equilibrando. Después estudié a John Cage y la experimentación con el cuerpo también te lleva a realizar diferentes creaciones, eso de lo que te hablaba antes, de no respetar ni el respeto a uno mismo. Pero miedo no, tampoco lo he reflexionado tanto. Hace tiempo hice una performance sobre Francis Bacon que, probablemente, si la hubiese reflexionado no la hubiese hecho. Tengo una forma de relacionarme un poco anárquica y muy de elefante en cacharrería. Yo entro –sin ningún conocimiento, muchas veces– porque sé que si no me meto, si no me mancho, es muy difícil obtener el conocimiento. Esa fórmula la vivo así, muchas veces sin reflexión ninguna, sin tener miedo.

 

— Tenemos este torrente de agua, este río, y hay quien intenta extraer un sentido lógico para demostrar que X miente o que Y miente. Esta actitud vendría a ser la de racionalizar al agua, congelar un trozo de este río que fluye y hacer cubos de hielo. Creo que cuando uno comprende los circuitos circulares en los que se mueve la nostalgia, esta se empieza a revelar obsoleta. ¿Te has emancipado de la nostalgia?

No, yo creo que voy hacia la nostalgia (risas). Esa es mi tragedia.

 

— Pienso que en el flamenco hay una verdad que se dice con más nitidez que en otros campos: la afición, el aficionado. Creo que se comprende bien a dónde quiero ir a parar con estas palabras de Vicente Escudero: «Como ya he dicho, existen en el flamenco (al igual que sucede en el cante) baile grande y baile chico. Hoy el grande, que es el único al que me refiero cuando lo comparo con bailes de categoría mayor, está en franca decadencia hasta el punto de que soy, por desgracia, el único que lo interpreta. Desgracia que para mí es aún mayor ya que soy el que posiblemente más afición le tiene y el único que no lo puede ver bailar en hombre». ¿No hay autoridad sin amor, sin conocimiento?

Bueno, la figura del aficionado en el flamenco es muy curiosa. Viene muy impregnada de la afición al toreo, que es muy parecida, y yo la comparo con la afición al fútbol o la política como afición, no como sentido social. El aficionado intenta generar una especie de canon y una serie de lógicas de valoración. En cuanto a la pregunta, si no hay autoridad sin amor, sin conocimiento, la relación de la afición con la pasión, no sé si es amor, pero pasión es. El fanatismo es amor, la iconoclastia es amor, nos guste o no. Es categórico, incluso (aunque es muy antipopular decirlo): en cualquier acto violento hay un cierto amor. Mi padre es cazador, yo lo he visto cuidar a esas perdices enjauladas, con las alas cortadas y el pico afilado es una esquizofrenia, pero él lo hace desde el mismo sentido del amor y no le puedes decir que no. O el sacrificio de los animales con relación a ritos religiosos, hay algo ahí, y mira que soy antitaurino, pero los toreros no tienen odio hacia el toro, es otra cosa, pero no es odio. El fanatismo siempre va acompañado de esa relación amorosa o pasional y la autoridad, que es lo que tú me decías antes, también es amor, el conservadurismo también es amor, la gente que defiende la unidad de España tiene amor a esta tierra, igual que otra gente le tiene amor a la patria catalana, por ejemplo. Es paradójico: el principio de la iconoclastia, que Pedro G. Romero trabaja tanto, es amar eso que destruyes.

 

— Claro, le confieres una autoridad enorme.

Si no le confieres autoridad y poder no lo destruyes o lo obvias. Claro, esto se puede utilizar para la violencia de género o la violencia en general. El sexo también está plagado de eso, las prácticas sadomasoquistas, por ejemplo. Hay una gran cantidad de casos de canibalismo, pero, bueno, la cosa es mucho más compleja. El flamenco es un arte muy paradójico, por suerte.

 

— ¿Enrique-cimiento?

Enrique Morente a mí más que trasladarme conocimiento me despertó la inquietud. Yo creo que su gran valor, que es lo que lo diferencia de los morentianos, es el Enrique del interrogante.

 

— ¿La actitud?

Sí, el Enrique que trabajaba una actitud, sin conocer seguramente casi nada, por pura intuición, ese es el Enrique que yo reivindico, y ellos reivindican al Enrique preciosista, al Enrique musical, compositor. Yo reivindico al otro Enrique, que fue muy discontinuo y difuso pero abrió un montón de puertas, de las cuales después no entró en casi ninguna, pero a mí me da igual. Lo tenía que hacer alguien y lo hizo él en un momento dado, así como otra gente hizo otras cosas. Es un poco injusto que solo hable de Enrique como el único que lo hizo porque no es verdad y esta antología demuestra eso precisamente.

 

— Me parece muy interesante abstraer la frase «ver música en vivo» e imaginar que en su significado concibe «ver la música viva». La música como ente que es y que en determinados puntos del espacio y del tiempo se expresa, se materializa, siendo la materia al espíritu lo que el norte al sur.

Ver un conjunto de música depende de la lógica con la que se haga ese concierto y de la lógica con que se vea. Yo iría a las lógicas de relación desde lo que entendemos por arte, más allá del acto en sí. Tú puedes ver un concierto, sí, pero también podemos ir por el sentido negativo: la gente quiere ver más que escuchar, pero ver un concierto tampoco quiere decir que veas la música viva, depende de la lógica desde la que se haga.

 

— Desde luego, no creo que sean sinónimos y, de hecho, creo que ahí está todo el juego.

Claro, sería un romanticismo pensar que ver cualquier concierto es ver música viva o música contemporánea, si lo ves desde el artista. Si tu escucha se amplía, como nos enseñó John Cage, entonces sí. Yo estoy hablando contigo pero estoy escuchando el entorno, las cucharillas que suenan o el ruido de todo; todo esto está haciendo que la pieza sea contemporánea, esté viva, porque es el momento. Si tú no tienes esa escucha, por mucho que el músico intente también cambiar sus temas, va a ser hermético. Yo aprendí de eso con la práctica de música experimental, trabajo mucho con el espacio.

 

— Me gustaría terminar con un final almibarado: ¿un chiste?

Soy el peor contando chistes y es una cosa que he odiado bastante de Andalucía. A mí me gustan más los juegos de palabras o la ironía en las conversaciones. Ahora, soy bastante contrario a la práctica del monólogo, no me gustan esos programas, me gusta la inteligencia de la conversación, los grandes conversadores que meten ironía, meten guasa, eso me fascina.

 

— Te agradezco muchísimo que reivindiques repetidamente todo el escuchar.

Si, el escuchar más allá incluso de lo material. Escuchar es mirar, ver, observar, sentir, eso para mí también es escuchar. Estamos a flor de piel, que decía el dicho, tenemos la sensibilidad suficiente para estar atentos a todo lo que pasa por nosotros. Pero, claro, a veces uno está más fino y otras veces menos: un día se ha lavado mejor los oídos, o no, o tiene legañas en los ojos, o no.

 

 

Por Jorge Martínez Casasnovas
Fotografías de Jesús G. Pastor

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