Nick Cave: cuando el narrador se convierte en la historia

Hace seis años que me encontré con Nick Cave (Warracknabeat, 1957). Aquella noche, Damiel y Marion (interpretados por Bruno Ganz y Solveig Dommartin) le escuchaban desde el público, Cassiel (Otto Sander) desde el mundo de los ángeles y yo desde el sofá de mi casa mientras me cenaba una pizza bastante grasienta. Por pereza había decidido poner el primer CD que saliese de la caja en la que amontonábamos Verbatim grabados y mi mano escogió uno en el que estaba rotulado Wings of Desire y, a modo de subtítulo, Der Himmel über Berlin – W.W. Reconozco que en aquel momento el título en inglés me quitó un poco las ganas de darle al play pero el original, en alemán, me evocó imágenes muy bélicas de Panzers gigantes arrasando Berlín y no me pareció un mal plan para un sábado noche en casa. A los cinco minutos de película me di cuenta de que mi capacidad de interpretar títulos era pésima, por no decir inexistente, pero Damiel y la Alemania de la posguerra me engancharon tanto que me quedé viendo una película más bien lenta y melancólica. Hasta que llegó la violencia.

 

Nick Cave interpretando The Carny en la película Wings of Desire de Wim Wenders.

El protagonista se permite asistir a dos conciertos: Crime and The City Solution (sí, los querubines también tienen derecho a disfrutar del post-punk) mientras todavía vive en el mundo de los ángeles y, cuando ya es un ser humano en toda regla, al de un grupete cuyo frontman me llama la atención, pues está cantando sentado y tranquilísimo sobre un ritmo que me resulta bastante tétrico. Eran un joven Nick Cave y sus Bad Seeds: Blixa Bargeld, Mick Harvey y Thomas Wydler, los antiguos integrantes. La canción que sonaba: The Carny.

 

 

Aquel personaje que tanto me extrañaba sale del escenario y vuelve a entrar con paso decidido mientras piensa «One more song and it’s over» y se repite tres veces a sí mismo «but I’m not gonna tell you about a girl» para, segundos después, decirle a todo el público «I wanna tell you about a girl». Tocan From Her to Eternity y yo flipo en colores escuchándolo gritar y viendo cómo se retuerce agarrado al soporte del micrófono. No pude hacer otra cosa sino llamar a mi proveedor de películas preferido y decirle: «¡Paaaapáaaaaaaaaa! ¿Sabes quién es este señor que parece que va echar las tripas sobre el escenario en cualquier momento?». «Creo que es Nick Cave», me contesta, «pero búscalo en el “yuitube” (YouTube), por si acaso».

Me costó un poco encontrarlo porque me puse a buscar a Nick Cage y solo me salían videos e imágenes de Nicolas Cage pero, en el momento en que por fin di con un video suyo (Henry Lee), empezó mi sana obsesión por esta agrupación, por este señor y por toda la producción de contenido musical, literario y visual que se ha generado a su alrededor: documentales, libros –escritos por el propio Nick Cave o ensayos sobre su obra–, bandas sonoras… Una afición que he ido manteniendo a lo largo de los años y que ha hecho que mi biblioteca se llene de material como The Sick Bag Song (Nick Cave, 2015), 20,000 days on Earth (Iain Forsyth, 2014), The Death of Bunny Munro (Nick Cave, 2009), La violencia en Nick Cave (Saúl Ibáñez, 2015) o Nick Cave: Mercy on me (Reinhard Kleist, 2017).

 

Portada de Mercy on me en su edición inglesa.

De este último vengo a hablar, ya que es el título que, creo, más ha conseguido captar la esencia del cantante para contar su historia. Mercy on me es una novela gráfica de Reinhard Kleist, conocido por obras anteriores como Cash: I see a darkness, un título de características similares en ilustración y planteamiento, pues ambas son biografías de leyendas musicales que han tenido una vida muy intensa y oscura, además de un extenso historial de abuso de sustancias estupefacientes. Dividida en cinco capítulos que en realidad son títulos de canciones y libros («The Hammer Song», «Where the Wild Roses Grow», «And the Ass Saw the Angel», «The Mercy Seat» y «Higgs Boson Blues»), Mercy on me no sigue la línea narrativa de I see a darkness. La de Cash es una biografía con todo detalle, muy académica y que, se podría decir, se ciñe a los hechos. La de Cave, en cambio, tiene partes de verdad y partes de fantasía, episodios reales de su vida y carrera artística que se alternan con historias oníricas tejidas a partir del imaginario y los símbolos que se han creado en torno a su figura.

 


En todas estas ensoñaciones, Cave se encuentra con varios de los personajes a los que ha dado vida a lo largo de su carrera: el mudo Eucrow, protagonista de And the Ass Saw the Angel (Nick Cave, 1989), Eliza Day, la chica interpretada por Kylie Minogue en Where the Wild Roses Grow, o el siniestro y apuesto protagonista de Red Right Hand. El hecho de que la realidad se mezcle con la ficción ayuda a reforzar esa idea de que la vida y la obra de Cave están más que relacionadas ya que, sin darte cuenta, pasas de estar en Australia y Berlín con los Boys Next Door y The Birthday Party –las primeras formaciones punkarras en las que participó Cave– en un antro lleno de vómito, latas de cerveza y cocaína, a estar en un gran escenario en cualquier parte de Europa con un Nick Cave enfundado en un traje negro cantándole –casi llorando– al Bosón de Higgs. Con esto quiero decir que Kleist retrata de forma soberbia la evolución artística de Cave, cómo ha ido dejando atrás esa personalidad gamberra, atormentada y autodestructiva de su juventud hasta llegar a su madurez, que es igual de oscura pero más sosegada, creativa, reflexiva y literaria.

Evolución de Nick Cave en sus conciertos. Las dos páginas de la izquierda son de su etapa como The Birthday Party y las dos de la derecha como frontman de The Bad Seeds. Las canciones que aparecen, de derecha a izquierda, son: Pleasure Is The Boss, Junkyard, Tupelo y Higgs Boson Blues.

En resumen, Mercy on me no es una biografía ajustada a la realidad, de hecho, el propio Cave la describe como un conjunto de «hechos biográficos casi reales y rotundas invenciones», pero también señala que «sin duda, esta biografía se acerca a la realidad más que ninguna otra pero, para que conste en acta: yo no maté a Eliza Day». Como bien dice el artista, quizá los hechos no ocurrieron como Kleist los relata. Pero es innegable que ha conseguido plasmar la esencia de toda su carrera. Esta absorbente novela gráfica es obligatoria para los fans y, aunque creo que cualquier persona que no sea una profunda conocedora de la obra de este señor tal vez no sintonice tanto con lo que cuenta Kleist, leerlo es una muy buena oportunidad para descubrir el mundo de un músico tan fascinante como Nick Cave.

 

Por Ana Plou Fernández-Mota

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