«El alguacil», de Carlos P. Casas, o por qué las novelas históricas no necesitan catedrales ni templarios

Carlos Pérez Casas no llega a los 30 años y ya tiene tres novelas publicadas y una cuarta a punto de salir del horno. Historiador de formación, científico y aventurero de vocación, este joven talento zaragozano dice disfrutar más escribiendo fantasía y ciencia ficción que novela histórica, y no lo dudo. Pero nadie lo diría leyendo El alguacil.

Carlos P. Casas hizo su debut literario con El Señor es mi pastor.

A pesar de ser licenciado en Historia, cuando Carlos Pérez Casas se planteó escribir una novela histórica medieval desechó pronto la idea de que por sus páginas puluaran reyes, obispos y templarios. No encontraremos en El alguacil ninguna aventura en Tierra Santa, ni traiciones por el trono de Francia, ni catedrales, ni cátaros, ni la Peste Negra, sino una villa del Prepirineo y sus habitantes, con sus ambiciones y sus secretos. Pueblo llano, sí, pero tanto o más interesante que los grandes personajes.

Lacorvilla es una pequeña población de la comarca de las Cinco Villas, al norte de la provincia de Zaragoza. Muy cerca se encuentra el Castillo de Yéquera, hoy en ruinas. Entre Lacorvilla y Yéquera, y en los bosques de sus alrededores, se suceden los acontecimientos de El alguacil.

Corre el año 1134. Aislada y alejada del poder del rey, la única ley que rige en Lacorvilla es la que impone Jimeno, el alguacil de la villa. Solo Sancho el Negro, el carbonero, se atreve a hacerle frente. Es pleno invierno y los albares, una temible banda de saqueadores, se esconden en las inmediaciones esperando el momento oportuno para atacar. Jimeno habrá de organizar la desesperada defensa, pero el rencor que Sancho y él se profesan por sucesos del pasado amenaza con quebrar la frágil estabilidad de la aldea.

En un ambiente cargado de tensión desde la primera página, Carlos Pérez Casas despliega con soltura un mosaico de personajes tan auténticos, con unas psicologías y unos caracteres tan reales, que el lector se siente de inmediato un vecino más de la Lacorvilla del siglo XII. Pronto tendemos a posicionarnos del lado de Jimeno o del de Sancho el Negro, pero, conforme la novela avance y los secretos de uno y otro vayan saliendo a la luz, varias veces nos veremos obligados a cambiar de bando. No hay héroes en esta novela: la vida en Lacorvilla es dura, más aún en invierno, y para salir adelante es necesario hacer ciertas cosas. Juzgamos sus malas acciones, pero no podemos evitar empatizar con ellos.

Castillo de Yéquera. Vía SIPCA.

Carlos Pérez Casas se aleja de los tópicos y los lugares comunes del género histórico. El contexto ambienta y da color, desde luego, pero lo importante en esta novela son dos ideas atemporales y muy humanas: la ambición y la envidia. El alguacil es la historia de una rivalidad y de cómo los resentimientos heredados acaban por convertir en víctimas a los inocentes. Sin cambiarle ni siquiera el nombre, bien podría haber sido un wéstern. Y también tiene algo de thriller, especialmente en su último tercio. El final, desde luego, sorprende tanto como en las mejores novelas negras.

 

 

Pero que nadie piense que la ambientación no está cuidada. Los paisajes nevados, las callejas y las casas de Lacorvilla, sus interiores caldeados por el fuego, un invierno duro cuya gelidez cala en el cuerpo y, en algunos, también en el alma, son descritos con detalle y lirismo, y sutilmente, sin obligarnos, nos van introduciendo en la vida de aquellas gentes que pudieron haber existido, que probablemente existieron, aunque fuera en otros pueblos y con otros nombres.

Y, en relación con eso, no quisiera dejar de mencionar a los personajes femeninos, que, aunque aparentemente secundarios, tienen en realidad un papel principal en la trama. Son, podría decirse así, la voz de la razón. Es de agradecer encontrar en El alguacil mujeres inteligentes, fuertes y con iniciativa, y más en un género en el que tienden a ser poco más que el pasivo objeto de deseo de protagonistas y antagonistas. Sin embargo, las reivindicaciones feministas que el autor pone en sus bocas son impensables en la mentalidad del siglo XII, ni aun en la más reivindicativa y poderosa de las mujeres medievales. Ese anacronismo, esa «licencia», aunque absolutamente lícita e incluso loable, es lo único que por momentos saca al lector del ambiente en el que con tanta maestría había sido introducido, pero por fortuna no resta calidad ni interés a la novela.

El alguacil es una novela histórica singular, escrita con esmero, de pluma cuidada pero lectura ágil, con una profundidad psicológica sorprendente en un autor tan joven que nos hace augurar una brillante carrera para Carlos Pérez Casas. Sus otras novelas, para quien quiera descubrirlas, son El Señor es mi pastor y El Cirujano, ambas de ciencia ficción, mientras que su próximo título, Lágrimas de fuego, que verá la luz en unos meses, es de género fantásico.

 

 

Por Lola Basavilbaso

 

 

 

 

 

 

 

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