Café con Alberto Morais

Alberto Morais es un cineasta y productor vallisoletano que en 2008 creó su propia productora, Olivo Films, al mismo tiempo que estrenaba su primera película, Un lugar en el cine. A este primer largometraje le siguieron Las Olas (2011), Los Chicos del puerto (2013) y La Madre (2016). Desde entonces se encuentra inmerso en un proyecto del que todavía no puede desvelar nada. Los días 5 y 6 de octubre hace un alto en el camino para impartir en Zaragoza el curso de Dirección de actores en la ficción cinematográfica y televisiva organizado por la Universidad San Jorge y el Gobierno de Aragón. Aprovechamos para hablar con él de su experiencia como director y de los diferentes modos que existen a la hora de trabajar con los actores.


— En 2008, creaste Olivo Films S. L., ¿por qué decidiste crear tu propia productora?

Muchos cineastas que han querido contar sus propias historias saben que dentro de un marco industrial acotado no sería posible, porque es un cine basado en la diversidad cultural y sería muy difícil que productoras con vocación más industrial aceptaran llevar a cabo este tipo de proyectos más alejados de las lógicas estándares de narrativa cinematográfica. Así que creé Olivo Films porque era la única manera de realizar los proyectos que quería llevar adelante.

— ¿Cómo fue la experiencia de crear la productora?

No creo que ningún cineasta monte una productora por placer. La creamos por tener control y poder llevar a cabo el trabajo que queremos. Con el tiempo, conoces a otras personas que están con proyectos de esta naturaleza, necesitan una productora y nosotros, al tener una estructura económica, podemos apoyarlos.

— Tu último largometraje, La madre, se estrenó en 2016, ¿en qué has estado trabajando desde entonces?

En un proyecto del cual, aunque ya tiene cierta estructura, es pronto para hablar. Siempre he pensado que las cosas que se verbalizan disipan la energía del proyecto y es mejor utilizar esa energía en el propio proyecto.

— Tanto Los chicos del puerto como La madre están protagonizadas por adolescentes de 13 o 14 años, ¿resulta difícil dirigir a actores tan jóvenes? ¿Qué diferencias encuentras con la dirección de actores adultos?

La dirección de actores profesionales es muy distinta al trabajo con actores no profesionales, si bien tienen puntos en común. Los procesos y el punto de vista para acceder a los actores son muy diferentes. Los chavales sin experiencia funcionan mejor más pautados, a los actores profesionales hay que presentarles un mundo y que ellos se introduzcan de forma natural, dentro del tono previo y general de la historia. Todo debe estar en la misma paleta tonal, desde el espacio geográfico hasta la interpretación.

A los jóvenes hay que conocerlos y explicarles desde el tono de la voz hasta la postura corporal. Se tienen que acomodar a un lenguaje que les es ajeno. Y, en la práctica, es un lenguaje muy técnico. Por otro lado, hay actores jóvenes que vienen de la televisión que tienen su propio código lingüístico, o vicios, y que, en ciertas películas, no funcionan.

— ¿Utilizas algún método para tratar con los más jóvenes?

Lo primero es trabajar la expresión corporal. La fisicidad. La mirada. Un chaval que no está acostumbrado no sabe moverse cinematográficamente porque no es consciente de su cuerpo. Por la calle no se para a pensar de qué manera se mueve, pero le pones una cámara delante y te das cuenta de si está muy rígido, si hay que cambiar algún gesto, etc. Muchas veces, por ejemplo, ellos han querido que yo haga toda la interpretación de una secuencia y luego imitarme, esto los ayuda hasta que entienden todo el proceso y quieren volar solos. Es un trabajo muy matemático y necesitan tener controlada la situación, así que si se les pone unas pautas muy precisas y concretas están más a gusto. No puedes dejarlo a su elección porque se ponen nerviosos al no tener experiencia.

Alberto Morais junto a Laia Marull, que interpretó a Carmen en La madre.

— En La madre dirigiste a Javier Mendo, que debutó en el cine con ese papel, y a Laia Marull, con una carrera consolidada y ganadora de tres premios Goya, ¿cómo se gestiona la dirección de actores con trayectorias tan distintas?

Laia es un animal cinematográfico, su interpretación es exquisita, no has acabado de hablar con ella pidiéndole algún detalle y ya lo está haciendo. Y, además, si tienes amistad, como es nuestro caso, todo es más fácil. Y una cosa fundamental: Laia es muy generosa y ayuda mucho al equipo técnico y a sus compañeros.

En el caso de Javier hicimos un casting de 600 chavales. El primer día me fijé sobre todo en la expresión corporal, pero la productora que trabaja conmigo, Verónica García, lo metió de nuevo en la carpeta de futuros castings porque vio más lejos que yo. Nunca he trabajado con directores de casting, los hacemos nosotros.

Al final vino a hacer una prueba; quedaban cuatro, que me gustaban por razones diferentes. Javier tenía energía, fuerza y precisión interpretativa. Lo llevaba de fábrica. Solo había que trabajar procesos corporales, meterlo mucho en el personaje, explicarle por qué hace lo que hace, por qué actúa como actúa, de dónde viene, qué relación tiene con la madre… Es decir, crear una estructura emocional para que él luego actuara. Para mí, es un portento desde el punto de vista interpretativo. Los propios chavales aprenden mucho tan solo con estar en contacto con actores profesionales compartiendo secuencias y trabajo.

— Tu primer largometraje, Un lugar en el cine, mezclaba ficción y documental. ¿Qué diferencias encuentra un director a la hora de dirigir una película de ficción o un documental?

En realidad, es el mismo lenguaje. De hecho, el primer cine fue el de los hermanos Lumière. Todo artefacto cinematográfico requiere de una puesta en escena para conseguir un objetivo. Después, puedes grabar más o menos horas, darle otro tono, un nuevo guion en el montaje, sobre todo en el campo de la no ficción. El documental es una experiencia muy fresca, menos constreñida por el tiempo y por el número de personas que se relacionan con el proyecto. Es otra manera de afrontar el cine que a mí me gusta mucho, aunque solo lo haya hecho una vez. Y no hay diferencia a excepción del trabajo técnico o las estructuras económicas. Pero hablando de lenguaje puro y duro, siempre hay una puesta en escena, tanto en ficción como en documental.

— ¿Qué cualidades debe tener un buen director?

Prefiero hablar de cineasta, no de director. La mayor cualidad es el amor. Puede ser una poesía, un relato, una escultura, pero sin belleza y amor no hay nada.

Lo que sí deben compartir todos los cineastas es la misión más importante: sacar adelante un proyecto sin volverse loco y llegar sano y salvo a la primera copia.

Alberto Morais, durante el rodaje de Los chicos del puerto.

— ¿Qué consejo darías a un estudiante que aspira a convertirse en director de cine?

Que no pida permiso, sino que directamente lo haga. Aunque sea con sus medios, como sea. Que asuma riesgos, pero que lo haga. Hay que darse libertad a uno mismo y no pedir permiso a nadie para hacer lo que quieres y tienes que hacer.

— En octubre vas a impartir el curso Dirección de actores en la ficción cinematográfica y televisiva, ¿qué encontrarán en él los alumnos?

Cómo aproximarse a la relación entre el cineasta, el actor, el personaje y la historia desde diferentes puntos de vista. ¿Qué diferencia a Fellini de Pasolini? Esa es la pregunta que debemos hacernos. He trabajado con métodos diferentes, quizás a veces peculiares, así que hablaré desde la experiencia vivida.

 

Por Marta Álvarez Campos

 

 

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