«La balada de Buster Scruggs»: algunas veces el oso te come a ti

En enero de 2017 los hermanos Coen anunciaron que escribirían y dirigirían una antología wéstern llamada La balada de Buster Scruggs como un producto de televisión en colaboración con la compañía Annapurna Pictures. Presentada en el Festival Internacional de Cine de Venecia de 2018, donde los mineapolitanos se alzaron con la Osella al mejor guion, La balada de Buster Scruggs (Ethan y Joel Coen, 2018) pudo ser vista finalmente por todo el mundo el 16 de noviembre con su estreno en Netflix tras proyectarse de forma limitada en dos cines de Estados Unidos.

Aunque algunos medios anunciaron que se trataría de una serie de seis partes, según los Coen estas historias están pensadas para verse en conjunto y siempre fueron tratadas como partes de una película. Las antologías en el cine no son algo que se haga a menudo, así que los Coen pensaron que podría ser divertido traerlas de vuelta. Pero entonces ¿les ha sentado bien a los hermanos esta forma fraccionada de cine o les ha salido el tiro por la culata?

La balada de Buster Scruggs representa el producto de un cuarto de siglo de escritura, seis historias que iremos viendo en un orden que se corresponde casi siempre al del nacimiento de cada una de ellas. Nada más empezar la película, un libro llamado La balada de Buster Scruggs y otras historias del viejo oeste nos introduce en el capítulo homónimo. En La balada de Buster Scruggs conocemos a Buster (Tim Blake Nelson), un forajido tan divertido como letal que canta y toca la guitarra al estilo de Roy Rogers y que parece haber salido de una animación de Chuck Jones; rompe la cuarta pared dirigiéndose directamente a nosotros, deja una estela de polvo como podría hacer el Correcaminos y, al igual que Bugs Bunny, no atacará si no es provocado antes.

Algunos memorables momentos musicales de este episodio incluyen When A Cowboy Trades His Spurs For Wings, una de las canciones de Buster que fue escrita por Gillian Welch y David Rawlings a base de tratar de meter cada palabra cowboy que conociesen, incluso una inventada, bindling, perpetuando la tradición de Chuck Berry, que sonaba como algo en lo que envuelves el cuerpo de un cowboy. Según Rawlings buscaban «un poco de esa sensación que te dan las viejas canciones donde se habla una especie de lenguaje arcaico», situándonos en un mundo que no entendemos del todo. El gran trabajo de Nelson ha sido fruto de una dedicación diaria a practicar, según sus palabras, dos horas a la guitarra y otras dos a la pistola. Los Coen le mostraron el guion de esta hilarante y alocada comedia musical y le ofrecieron el papel protagonista para que lo interpretase algún día en el futuro. Aunque hasta ese momento los hermanos solo habían escrito la tercera historia, ya pensaban escribir tres o cuatro más, pero sin ninguna expectativa o intención real de llevarlas al cine.

En Cerca de algodones los Coen toman influencias del spaghetti wéstern de Sergio Leone para el personaje interpretado por James Franco, un atracador de bancos al que, como es habitual en la filmografía de los dos hermanos, las cosas le salen más mal que bien. Quizá sea uno de los menos destacados capítulos de la película, pero es divertido y tiene algunos momentos brillantes.

El mantenido. Fuente: Twitter.

Igual que hicieron con parte de No es país para viejos (2007) y Valor de ley (2010), los Coen han rodado este par de capítulos en Nuevo México, pero para los dos siguientes han viajado a Colorado para filmar, primero El mantenido. Aquí ya asoma la ventisca y parece llevarse consigo el humor de otros capítulos. En un papel inicialmente pensado para John Turturro, es finalmente Harry Melling (Dudley Dursley) quien da vida a un artista sin brazos ni piernas que recita poesía y que es mantenido por un empresario al que interpreta Liam Neeson. Esta nietzscheana historia resulta especialmente devastadora y amarga cuando vemos los momentos a solas entre el mantenido y su propietario, una relación huérfana de palabras que contrasta con la actuación del artista en escena.

 

 

 

Sin salir de Colorado, los Coen han ido al pueblo de Telluride para grabar la que es, quizá, la más brillante de todas las historias de la película. Basada en el relato All Gold Canyon (Jack London, 1906), El cañón de oro es la parte más optimista (la única probablemente) y clásica de esta balada y cuenta con el legendario Tom Waits como protagonista, que aquí se nos presenta como un anciano buscador de oro cantando con su portentosa voz la canción americano-irlandesa Mother Machree. La música de Carter Burwell (habitual compositor de las películas de los Coen) y el majestuoso paisaje terminan por dar ese toque paradisíaco de tierras inexploradas a esta minimalista historia que parece sacada de una partida de Minecraft (Mojang, 2011).

El cañón de oro. Fuente: Riverfront Times.

El siguiente capítulo también está basado en un relato, en este caso en The Girl Who Got Rattled (Stewart Edward White, 1901). Filmado en un terreno al norte de Mitchell, Nebraska, La mujer desconcertada es otro de los picos de la película, un wéstern de carretas inspiradas en su diseño por La gran jornada (Raoul Walsh, 1930) que cuenta la historia de un viaje a Oregón donde el destino de Alice (Zoe Kazan), una joven que va a casarse con el desconocido socio de su hermano, cambiará de rumbo al conocer a los líderes de la caravana: Billy Knapp (Bill Heck) y el Sr. Arthur (Grainger Hines). Zoe Kazan, que ya había interpretado un papel en un wéstern sobre la ruta de Oregón, Meek’s Cutoff (Kelly Reichardt, 2010), nos deja una de las mejores interpretaciones de la película en esta romántica, impactante y poco convencional historia, que además vuelve a contar con otro de los más destacados tramos de la banda sonora de Burwell. También cabe mencionar cierta escena de acción impecablemente coreografiada, así como el regreso de los alocados peinados que tanto gustan a los Coen.

Los restos mortales. Fuente: Twitter.

El tramo final de la película llega cargado de una sombría atmósfera con una conversación rodada completamente en un estudio de sonido y ambientada casi en su totalidad en el interior de una diligencia. En Los restos mortales, un inglés (Jonjo O’Neill), un irlandés (Brendan Gleeson), un francés (Saul Rubinek), una dama (Tyne Daly) y un trampero (Chelcie Ross) viajan a Fort Morgan, Colorado, mientras charlan en un vistosísimo anochecer. Todos tienen algo que contar en este episodio, y aunque no es el mejor de la película, ata todas las historias, dándole más sentido todavía al hecho de verlas en conjunto, ya que, a pesar de ser completamente distintas entre sí por tono y temática, todas tratan de alguna forma sobre la misma cosa: la muerte no accidental.

 

 

 

Por cuestiones económicas, esta ha sido la primera película de los Coen rodada en digital; así les ha aconsejado filmar Bruno Delbonnel, el director de fotografía con el que han contado como ya hicieran en A propósito de Llewyn Davis (2013) y que aquí nos ha dejado un resultado visual realmente fantástico. Esas diferencias de tono han hecho difícil a la par que meritorio el trabajo de Burwell, que ha tratado cada historia de forma individual y las ha atado con la balada The Unfortunate Lad. Además, los Coen descartaron desde el principio financiar el proyecto mediante los tradicionales estudios cinematográficos ya que notaron un cambio en la industria. Para Joel, el tiempo que pasas peleando por los detalles se aprecia de forma diferente en una pantalla grande, pero al menos se agradece que Netflix apueste por directores como estos.

Puede considerarse un trabajo menor de los Coen y aunque es cierto que la calidad de las historias también varía en cada capítulo, el meticuloso estilo y la enorme preparación de sus directores han hecho de ella una película que merece ser vista. Esa atención al detalle hace que, como ya es tradición, cada nueva película de los Coen se convierta en toda una clase magistral de cine.

No se puede ser el mejor siempre, pero si hay algo que saben hacer los Coen como nadie es escribir buenos guiones, jugando con nuestras expectativas y con las convenciones del guion, cuyas tramas siempre parecen, ahora más que nunca, precipitarse a la catástrofe. La balada de Buster Scruggs es, como diría Bill Heck, «una oda a la narración de historias». Porque, aunque las personas no lo hagan, las historias viven para siempre, y estas son de las buenas.

 

Por Marcos Jiménez Lobera

Imagen destacada: Netflix

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