Café con Juan Bolea

Licenciado en Geografía e Historia, periodista desde 1984 y con una quincena de libros publicados a sus espaldas, Juan Bolea es todo un referente de la novela negra en España. Además, es el director del Festival Aragón Negro (FAN), cuya VI edición finalizó hace poco más de un mes. El año pasado salió a la venta su última novela, Los viejos seductores siempre mienten, y hace muy poco que le acaban de dar el Premio de las Letras Aragonesas, por lo que esta era una ocasión perfecta para charlar con él. Sin más dilación os dejamos con la entrevista, ya que Juan Bolea tiene mucho que contarnos.


Juan Bolea con su última novela, Los viejos seductores siempre mienten.

– Enhorabuena por el Premio de las Letras Aragonesas que has recibido recientemente. ¿Qué significa para ti este reconocimiento?

Es muy especial porque es un premio a toda la trayectoria, un reconocimiento a una carrera literaria que ya es, en mi caso, larga y con bastantes obras. En ese sentido es un premio valioso. Tenía ya unos cuantos premios, pero siempre a libros concretos y este es un premio a toda la carrera, por lo que me ha satisfecho particularmente. Es muy bonito que en tu tierra te den un premio de este calibre. Es algo muy especial. Estoy muy, muy satisfecho.

– Hace poco también ha sido la VI edición de Aragón Negro, festival que diriges. ¿Qué tal ha sido la acogida este año?

Mira, muy bien. El Festival Aragón Negro para mí es una gratísima sorpresa porque yo no imaginaba que pudiese tener tal aceptación. Había poca tradición de novela negra en Aragón, y sin embargo creo que hemos sabido programarlo de manera que ha ido conquistando territorios, sedes, bibliotecas, comunidades… Es decir, se ha ido extendiendo de una forma muy natural, muy espontánea, y eso es muy bonito. Para nosotros es lo mejor: cuando la cultura no hay que imponerla desde ningún ámbito, sino que ella misma se abre camino a través de los lectores, a través de los cineclubs. Trabajamos con ellos. En estos momentos, tener veinte sedes de un festival es una cosa completamente insólita. Es un festival muy original en su estructura y, para mí, es una grata sorpresa su gran difusión en muy poco tiempo. Ha crecido mucho.

– El año pasado publicaste tu última novela, Los viejos seductores siempre mienten, el regreso del detective Florián Falomir como protagonista. ¿Qué va a encontrar en ella el lector?

Creo que cuando se empieza una serie detectivesca, como es el caso, y el escritor dice «voy a hacer una serie nueva», el lector que conoce la novela negra sabe que lo primero que tiene que resolver el autor es el problema o el papel del detective. Este es el primer gran asunto. Porque si ese detective (puede ser hombre o mujer, policía, detective, bombero, juez…) no funcionase, no habría ninguna serie, sería imposible. Si en la primera novela ese nuevo sabueso detective es extraordinario, tiene carisma, gracia, inteligencia, los casos son interesantes y el lector queda satisfecho, es posible que en adelante funcione como serie.

En Los viejos seductores el gran problema que he tenido ha sido resolver el detective, que es un detective nuevo, Florián Falomir. Es un personaje que a mí me rondaba hace tiempo, que por fin he puesto en pie. A mí me gusta mucho porque tiene un gran sentido del humor; no es un tipo gracioso, pero es un tipo… ni si quiera ingenioso, es un tipo que tiene un gran sentido del humor que le ayuda a ver la vida de una determinada manera, de una manera inteligente, de empatizarla y de relacionar unos asuntos con otros. Él utiliza ese sentido del humor, que a veces es un tanto irónico, en el propio mecanismo intelectual para la solución de los crímenes, de manera que te puedes divertir mucho con Falomir, pero no vas a olvidar que es un gran investigador: puedes reírte con él, pero el fondo es trágico, porque el fondo es el crimen, el combate contra el mal, y él lo va a liberar.

En ese sentido, es más rico de lo que suele ser el detective habitual; más oscuro, más sardónico o sarcástico, más envarado, más violento. Falomir es todo lo contrario, podrías invitarlo a tomar un café y charlar con él toda la tarde, pero, sin embargo, tiene dentro un gran detective. El caso de Los viejos seductores es un caso muy a su medida. Tiene también golpes de humor, pero un trasfondo muy trágico, y he disfrutado mucho. Es una nueva serie, así que vamos a ver hasta dónde puede llegar. Pero yo creo que tendrá futuro.

– En esta ocasión has apostado por introducir el humor en tu obra. ¿Qué papel juega en tu novela?

El humor en la novela negra es poco frecuente, es muy curioso. Se utiliza como gag, como un golpe para cortar la violencia, para cortar la tensión. Pero es un gag que luego no tiene continuidad, es decir, no hay una visión más humorística, más empática, un poco más dulce de la vida, eso nunca, es muy raro. Y, sin embargo, muchos de los escritores han tenido un gran sentido del humor. Te contaría anécdotas de muchos de ellos, gente muy divertida, muy culta y muy interesante que, la mayoría de las veces, no tiene mucho que ver con sus detectives. El humor es una cierta aportación que enriquece la novela negra y no le quita tensión, que era mi gran problema, es decir, que a veces un texto muy humorístico te hace reír tanto y sonreír tanto que se te olvida que hay un trasfondo criminal, mucho más oscuro, y se van la tensión, el miedo, la preocupación del lector… Creo que he conseguido el equilibrio entre la tensión y una visión humorística.

– El género negro suele caracterizarse por una abundancia de diálogos sarcásticos. Los de tu novela también son frescos e ingeniosos y el propio título está extraído de uno de ellos. ¿Cómo te gusta trabajar los diálogos para sacarlos adelante?

Dicen que los diálogos son una de las especialidades de la casa. No sé, pones en danza tantos recursos… Trabajo tantos textos, llevo tantos libros detrás… Estoy en una permanente evolución, en un permanente cambio, y asumiendo nuevas voces, así que es difícil que yo me juzgue a mí mismo, porque además soy muy camaleónico, pero es cierto que los diálogos se me dan bastante bien, son bastante naturales, fluidos, los personajes nunca hablan igual, se distinguen bien las voces, tienen cosas que decir… Creo que eso es lo más importante. Los diálogos tienen un contenido paralelo o complementario a la acción, de alguna forma están continuando la línea de la acción, no la paran para hablar del sexo de los ángeles, siguen hablando de cosas que tienen que ver con la trama, con el argumento.

Además, creo que el protagonista tiene que ser una persona con facilidad de palabra. No me imagino un detective tímido, o con problemas de expresión, no puede ser. El lenguaje (fíjate, aquí sí que vamos al clásico) siempre es un aliado del detective, siempre. Habla mejor, habla más rápido, tiene más recursos que el policía, que muchos de los personajes que aparecen por allí. Es muy rápido en la ejecución del pensamiento y de la oratoria. Falomir pertenece a esa clase de personajes muy dotados para la expresividad.

– Como todo arte, la literatura también puede ser un arma de denuncia de las injusticias, y el género negro, en concreto, trata temas bastante peliagudos como la corrupción o la infidelidad. ¿De qué forma crees que sirve como arma de denuncia tu última novela?

Yo, al trabajar en la prensa diaria, cuando quiero denunciar algo concreto lo hago en el periódico, no espero un año a publicar una novela, que entonces igual ya nadie se acuerda del asunto en cuestión. Es decir, que los periodistas realmente tenemos esa ventaja. Tengo una columna de opinión, si veo que algo está mal lo puedo denunciar. Creo que es cierto que la novela negra debe atacar los temas de fondo, pero no los temas coyunturales. Si hay temas de fondo endémicos como en España son el paro, la corrupción, la emigración, la desigualdad… Todos estos asuntos sí que deben estar en la novela negra, y algún caso concreto especialmente, desde luego.

Pero no lo sé, si un senador de Murcia ha hecho algo y yo me obsesiono con el senador de Murcia y me voy a Murcia, eso no va a funcionar, eso es para otro género, para un reportaje, para una crónica, pero no para una novela, porque realmente una novela de donde tiene que nacer fundamentalmente es de la empatía con el lector. Si tengo una historia que no va a gustar a un lector que no me conozca de nada, que no sepa ni quién soy, ni de qué le voy a hablar, ¿para qué la voy a escribir? ¿Pero para qué me voy a ir a Murcia a investigar a ese senador si eso no tiene ningún interés ni si quiera para mí? Quiero decir, que yo tengo que tener una historia por delante muy interesante, muy original, una historia diferente. Luego sí que es cierto que, como normalmente la voy a ambientar en España, saldrán asuntos que nos interesan a todos, pero no es el objetivo. El objetivo es una gran historia, una buena historia. Si no, ¿para qué voy a escribir? Si ya escribo en los periódicos, yo tengo ya la posibilidad de hacer esa denuncia.

Para mí el novelista es un artista y la escritura es un arte, no es una herramienta de combate, para eso está la política. La mayoría de escritores que han pasado a la acción lo han hecho a través de la política o del periodismo o de la denuncia social o judicial, pero la novela… ¿Tú crees que es una herramienta de denuncia? Puede serlo en un país donde las condiciones sean absolutamente dictatoriales, ahí te digo que sí, porque los novelistas, muchos en el exilio, pueden combatir al tirano, pero en una democracia occidental como la nuestra, donde hay libertad de expresión, donde hay elementos y herramientas al alcance de la mano de cualquier ciudadano para combatir esas lacras, yo no creo que sea la novela el vehículo más apropiado, entre otras cosas por la lentitud de su edición.

– En alguna ocasión has dicho que una novela negra con mal final es una mala novela. Pero ¿siempre es así necesariamente? ¿Por qué?

Yo creo que sí. Es que una novela con un mal final no es una novela negra, es una novela social, o es una novela psicológica, o es una novela, sin más. Pero una novela negra lleva un mecanismo, ese mecanismo lo ha heredado de la novela enigma, de la novela policial, que está en el origen de la propia novela negra. No sirve que alguien diga: «no, yo hago novela negra, pero yo no hago trama, yo no hago enigma, aquí no hay nada que resolver». ¿Entonces dónde está la novela? Entonces es otra cosa. A veces creo que se está empezando a confundir deliberadamente novela social con novela negra por aquellos que no saben hacer novela policíaca, que no saben construir un detective y un caso, un caso original, con ritmo, con tensión, un caso extraordinariamente ingenioso, bien documentado.

Todo esto es diferente, es técnicamente más complejo. Lo fácil es decir que ese señor es muy corrupto y por eso lo han matado. ¿Y quién lo ha matado? Ah, está muy claro, lo ha matado su mujer. Bueno, oiga, mire, esto es una burla, esto no es una novela, no es nada, es un vehículo, digamos, que no debería tener ningún recorrido. La novela, el arte, y vuelvo a esto, el arte de la novela negra está en el lenguaje, en la tensión, en el ritmo y también en el argumento. El argumento es clave, absolutamente fundamental. Yo le doy mucho peso a la imaginación, me gusta la fantasía, no tanto retratar la realidad estrictamente porque la realidad ya la ves, ya la conoces: vete a una comisaría, pásate un día a ver qué escribes luego. No hay nada que escribir, ya se ha escrito, ya se ha hecho, la propia realidad es redundante, eso no tiene ningún tipo de arte.

Otra cosa es que tú digas: «no, oiga, yo he estado un mes en una comisaría para escribir una escena de cinco páginas». Eso sí que me sirve, que es lo que hacía Flaubert, por ejemplo, pero no me haga usted un retrato exacto de la realidad tratando de convencer al lector de que esa es la verdad de lo que ocurre, porque eso ni es verdad ni es lo que ocurre. Es lo que ocurre en una comisaría de tercera división en una ciudad de quinta con un escritor de cuarta, ese es el asunto. Hay que tener mucho cuidado con esto y volver al origen. La novela negra tiene que tener enigma, tensión, una gran trama o una gran historia y, al menos, un gran protagonista; si no, estamos hablando de otro género, no del mío.

«La novela negra tiene que tener enigma, tensión, una gran trama o una gran historia y, al menos, un gran protagonista» (Juan Bolea).

– Para ti, ¿qué hace realmente buena una novela negra: su historia o sus personajes?

Fundamentalmente la historia. La novela negra no es una novela de grandes personajes salvo el personaje principal; el Sherlock Holmes, el Poirot, el Philip Marlowe de turno. El resto son personajes que no recordamos bien, son malos, policías, mujeres fatales, muchos son estereotipos, arquetipos. Puede haber una Lisbeth Salander, no te digo que no, pero es raro, la mayoría no destaca porque lo que interesa es el caso y, en la novela negra tradicional y convencional, su resolución, la dificultad en su resolución. La historia gana, debe ganar, y de hecho no recordamos en muchas novelas exactamente el nombre del protagonista, o si era periodista o si era detective, pero recordamos el caso, cómo lo soluciona.

– ¿Qué rasgos crees que debe tener un protagonista de novela negra?

Tiene que ser muy original, empático con el lector, tiene que tener capacidad de expresión y una especie de filosofía personal, algo parecido a una idea propia de lo que es la justicia; no la ley, que la ley es un papel que se cumple o no, sino la justicia. Por eso investiga, combate el delito, combate el mal a su manera, con sus armas. Muchas veces no siempre de acuerdo con la policía o con la justicia oficial. Es una especie de caballero andante, pero al mismo tiempo es un antihéroe. Tiene una cierta poética heroica, pero también mucho del pícaro. Es una mezcla entre varios arquetipos: el pícaro, el Don Quijote, el Don Juan… Tiene un poco de todos, pero al final creo que es un superviviente, alguien que lucha por sobrevivir, por crear un mundo imposible, utópico, que no va a ver, pero él lucha por eso.

– El periodismo y el género negro suelen estar muy relacionados, y tú mismo combinas tu trabajo en El Periódico de Aragón con la escritura. ¿Cómo compaginas ambos oficios? ¿La labor periodística te influye a la hora de escribir?

Son las dos caras de la moneda. Por un lado, la realidad y el periodismo, aunque yo en el periodismo intento también aportar cierto perfil literario, cierta riqueza literaria para que el lector tenga un acicate a la hora de leer esos artículos, esas columnas. Por otro lado, la novela es el mundo de la ficción, pero tampoco puede ser una ficción desprendida absolutamente de la realidad porque entonces la trama volaría como un globo sin ningún cimiento ni apoyo y sería irreal, fantasiosa. Puedo distinguir claramente la realidad de la ficción, pero a mí me gusta hermosear un poco, fantasear un poco la realidad, el periodismo, y al mismo tiempo cimentar con unas gotas de realismo, las justas y necesarias, lo que es la mera ficción. No me cuesta mucho compatibilizarlos, son como dos registros diferentes, digamos.

Portada. Fuente: Juan Bolea – Web Oficial.

– Eres licenciado en Geografía e Historia, en la especialidad de Historia Moderna. ¿Qué influencia han ejercido tus conocimientos sobre historia en tu carrera literaria?

Muchísimos, en muchas de mis novelas hay mucha documentación histórica, muchos episodios históricos, muchos personajes históricos, siempre traídos al hilo del argumento del cual estamos pendientes. No hago un alarde de conocimientos históricos ni pretendo enriquecer la novela, sino complementarla –las mías suelen ser tramas contemporáneas– si hay algún episodio que hace referencia al pasado. Si están investigando algo que tiene que ver con los pueblos amazónicos, los aztecas o los músicos rusos del siglo XIX, o con cualquier personaje histórico, sí me gusta, digamos, aportar algo de información en torno a la trama que quede diluida y al mismo tiempo sea útil para el lector. Realmente me inspiro mucho en temas históricos que luego traigo a lo contemporáneo, a lo urbano, y leo constantemente historia, arqueología, historia de las religiones, psicología, psiquiatría, psicoanálisis, arte… Son mis pequeñas pasiones y de ahí saco muchas ideas, evidentemente.

– ¿Qué ingredientes consideras que no deben faltar en una novela negra para seducir al lector?

Hay algo de lo que hablamos mucho entre nosotros los escritores y que yo creo que es absolutamente fundamental: el ritmo. Cuando hay un ritmo lento en la novela negra, yo me bajo de ese tren, para mí va demasiado despacio. Tampoco es un ritmo supersónico, hay que encontrar una velocidad de crucero donde todo vaya equilibrado, porque, claro, el investigador es una persona que se dedica a solucionar crímenes, no a enseñarte cómo vive en la España del siglo XXI, que para eso hacemos una novela a lo Galdós. El investigador tiene que sentir la presión, solucionar el delito, el crimen o el enigma, y para eso tiene poco tiempo. Como tiene poco tiempo, tiene un reloj delante de la cara y el lector tiene que sentir esa urgencia y esa celeridad que en el cine sientes, la notas. En la novela es más complejo porque tienes que utilizar más recursos.

Luego te diría que la originalidad de la historia. Sin ella no vale la pena trabajar, para repetir una vez más fórmulas que ya se han hecho, imitar a otros personajes… Por eso la gran dificultad de la novela negra está en que esas colecciones o esas series venzan el transcurso del tiempo. Novela negra hay mucha, pero ¿cuáles van quedando? Pues aquellas que son extraordinarias, sin más: las mejores historias, los mejores detectives, las mejores series. ¿Y cuáles son las mejores series? Las que están mejor escritas, tienen mejor ritmo, más variedad, originalidad, riqueza… Como en cualquier otro oficio. Yo me considero un escritor muy profesional y procuro no cometer errores. Si veo novelas o series con errores y que esos errores persisten, no sigo leyendo, porque no me aporta nada. En cambio, cuando veo que todo está en su sitio, que todo produce placer en la lectura y una riqueza intelectual… adelante hasta el final.

 

Por Marcos Jiménez Lobera

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *