Raúl Cantizano, Juan Perro y ligereza que huele a libertad

Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero…, sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos los versos.

León Felipe

Hay cierta música que tiene mucho que ver con el romero: ligereza que huele a libertad. La creatividad se entremezcla con la agilidad, pues no hay mirada que no signifique pensamiento. Y esa agilidad quizás no dependa de mucho más que de permitirse a uno mismo ponerse juguetón. De no buscar una solución rápida al problema, sino esperar un poco más, y en esa espera, jugar. No buscar la respuesta inmediata. Entender la naturaleza prosaica del material y que solo haciéndolo objeto de juego podremos tratarlo sin ansias ni prisas ni urgencia por disecarlo y meterlo en una vitrina.


Raúl Cantizano es un guitarrista sevillano entre cuyas influencias podemos encontrar a Frank Zappa, Robert Fripp, Diego del Gastor, Bernarda de Utrera o John Cage. Todos estos distintos afluentes desembocan en una obra cuya hoja de ruta se basa en el cambio de rumbo constante, en otras palabras: en la sorpresa. Montado a lomos de una reflexión que proclama que «el duende es la sorpresa colectiva», este es su rejoneo a aquel fantasma. Ya Lorca contextualiza unas palabras de Goethe en su definición del duende: «poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica». A lo que el poeta añadiría: «para buscar el duende no hay mapa ni ejercicio».

Raúl Cantizano. Centro Cívico Delicias de Zaragoza. 9/3/19. Por Luis Lorente. Fuente: Aragón Musical.

Así, Cantizano en directo se basa en una propuesta conceptual que requiere navegar entre distintas estéticas e incluso elementos teatrales y performáticos que constantemente buscan adentrarse y salirse de la guitarra a través de diversos medios: ventiladores con los que crear distintos trémolos simultáneos, pedales de efectos, un sampler, gomitas de Blu-Tack en las cuerdas creando así armónicos… Innovando con destreza en este último caso en lo que podría llamarse guitarra flamenca preparada. Sin complejo alguno y con una comunicación honesta y directa con el público que hace que la singularidad (acaso por la pluralidad de su contenido) de la propuesta deje a un lado la exclusividad y el cinismo para dar paso a un viaje en el que, de cuando en cuando, late un «a ver por dónde me la cuela ahora». Una suerte de sinestesia que crea fricciones entre las propias sensaciones.

Estuvo acompañado por Darío del Moral (Pony Bravo) a la electrónica y un manejo de esta elegante y abierto a la comunicación e improvisación con la guitarra de Cantizano. Como anunciaban unos samples de voz del tema que cerró la sesión: «puro y auténtico».

A veces lo que llamamos moderno es simplemente mutar la forma de aquello
que la memoria ha fijado como ideal o verdadero, formular que todo número puede
ser áureo, por más que la estructura nos resulte irreconocible y parezca rota.

Ramón Andrés

Después le llegó el turno a Juan Perro en la exclusiva compañía de su guitarra. Ofreció una velada íntima. Con paradas entre los temas en las que daba rienda suelta a historias y ambiguos cuentos plagados de trucos y referencias literarias, citas que no lo son, descripciones que son ensoñaciones… Una riqueza de discurso deslumbrante y con un lúcido tira y afloja entre lo real y lo mítico. Pero localizada en el monólogo, forma del discurso que cada vez siento más obsoleta en mi vida. Haciendo así a los presentes parte de las canciones casi a modo de taller. Un tema basado en esa construcción nihilista hispana, «no me pasa nada», me hizo recordar aquello de nuestro «matar el tiempo» frente al nórdico «el tiempo es oro». Pese a que me costase conectar no consigo sacar de mi cabeza aquellas palabras de Silvio Rodríguez: «y si no te gusta, no me analices. Escucha mis canciones y sueña con ellas». Ay, pero habremos de reflexionar para así entendernos, ¿no, Silvio? Pienso en eso de que el poema de amor no es el amor.

 

Juan Perro. C. C. Delicias de Zaragoza, 9/3/19. Por Luis Lorente. Fuente: Aragón Musical.

Mi ánimo no transigió con el bucolismo nuevaorleaniano –y eso que en estas fechas cercanas al Mardi Gras reservo minutos en mis días para ver vídeos de cabalgatas y brass bands– ni con la mixtura de tranquilidad y melancolía-cosecha en la que se sustentaba la velada. Entiendo que era la única persona de la sala de 22 años –yuju–, y que quizás no estaba en consonancia con todo el bagaje que escondía ese sombrero. Pues el enarbolamiento que recibió Perro por parte del público (dos extensos y lúcidos bises) estaba compuesto tanto por la acción de esa misma noche como por el fruto de toda su carrera, creándose así una contradicción en mi querer reconocer el trabajo de toda una vida pese a no haber conectado. Reconfortante fue escuchar aquella frase saliendo de la boca de Auserón, de aquel tema de su Radio Futura: «soy metálico en el jardín botánico». En ese punto paradójico nos encontramos. No sé quién sería el metálico y quién el botánico, pero no conseguí sintonizar más que en ese tramo final en el que empezó a agarrar cantes de ida y vuelta sin piedad y a remezclarlos con sus temas clásicos. Salgo a fumar un cigarro con mi madre y una visión lúcida de la inestabilidad de la vida. No existe el fruto, solo el acto. Hay que renunciar al fruto de la acción.

                                                                                                                       Hay silencios
que debes expresarlos tú, ¡precisamente tú!

Vladimír Holan

 

Por Jorge Martínez Casasnovas

Imagen destacada: Aragón Musical

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