Pasión y justicia poética

En mayo del 2013 se registraban en España 4.890.928 personas sin empleo. Entre esos casi cinco millones de parados, se encontraba Ignacio Estaregui, guionista y director de Justi&Cia, a quien un despido reciente le había dejado sin trabajo, con todo el tiempo del mundo retándole entre las paredes de su casa.

De sobra es conocido que cuando uno dispone de tiempo pueden suceder dos cosas: que se aproveche al máximo o que se desperdicie como si se tratara de un bien menor. Ignacio, obligado por las circunstancias, empujado por la pasión que le caracteriza y guiado por un talento que pedía a gritos tener, al menos, una oportunidad, decidió invertir su tiempo en pensar, en darle vueltas a la cabeza. No una, ni dos. Muchas vueltas. Tantas, como para traducir todo lo que él estaba sintiendo y todo lo que le rodeaba en una idea concreta. Y cuando uno tiene pasión, talento y tiempo para reflexionar, uno se puede ver en la tesitura de tener algo más que una idea.


 

Un jueves, a finales de aquel mayo gris para casi cinco millones de españoles, Ignacio me llamó, entre nervioso, ansioso e ilusionado, para echar una cerveza. Quería contarme algo: una idea que le estaba quemando en la cabeza. Era algo tarde, así que decidimos ir a un sitio de tapeo. Nos sentamos junto a la barra del bar Erzo, frente a frente en una mesa, con un par de vinos y unos quesos curados para engañar al estómago. Abrí bien los oídos y con la mirada, asentí para que empezara a contarme. Pronto soltó su gran titular: «Tú lo has pensado, ellos lo han hecho»,seguido de un tímido: «Sería el eslogan de la peli, ¿qué tal, cómo lo ves?» Al principio me quedé algo extrañado: «Suena bien, pero… ¿y la historia?». Imagino que la pregunta rechistó en su cabeza, como un chispazo que prende un incendio. Ignacio la estaba esperando con ganas, para contarme a bocajarro. Le costó algo menos de cinco minutos explicarme una línea argumental más que sólida para ser un primer esbozo, en la que un minero leonés, acompañado de una especie de escudero quijotesco, se cruzaba toda España hasta La Línea de la Concepción para tomarse la justicia por su mano hastiado de tanta corrupción política. Lo acompañó con numerosos detalles de algunas de las «lecciones» que el minero iría dando a lo largo de la península. El motivo del minero era más que suficiente. El objetivo estaba claro. El viaje y el recorrido también. Tenía un inicio y un final de lo más visuales y un desarrollo con varias escenas que cualquier español medio desearía ver en un cine. Pero por encima de todo, tenía algo muy importante: Ignacio tenía algo que contar que le había salido desde las entrañas. Por tener, tenía hasta un título: Justi&Cia, que cacofónicamente sonaba a eso que últimamente tanto echamos de menos en nuestro país: justicia.

Era inmediato, era precipitado, era potente… Era una verdadera locura. Después de explicarme la historia, Ignacio cerró con seguridad: «Esta película tiene que estar en los cines cuanto antes, hay que rodarla a finales de este año, es el momento. Hay miles de personas ahí afuera que están deseando ver una película que hable de lo que les está pasando». Sonaba a pura pasión, a pura inconsciencia, pero no había trampa ni cartón bajo aquellas palabras. Es cierto que en este sector, entre compañeros, uno escucha y comparte ideas constantemente. Pero solo en ocasiones uno escucha ideas apasionadas. Y rara vez, uno escucha grandes ideas. De esas que te dejan clavado en la silla en cuanto las oyes. La de Ignacio era una gran idea. Porque nada más escucharle, tuve unas ganas tremendas de ir al cine para ver la película que me acababa de contar, cuando ni siquiera tenía un guion escrito. Y también porque los quesos que habíamos pedido, todavía estaban intactos sobre la mesa.

A finales del s. XVII, el historiador y crítico literario inglés Thomas Rymer acuñó la expresión «poetic justice», para definir cómo en la ficción, a diferencia de la realidad, el mal recibe su castigo y el bien su recompensa. Esta expresión, que diferencia entre los siempre difusos conceptos «bien» y «mal», referencia también a la coherencia moral que se puede desarrollar en una obra de ficción, para que la perversidad no triunfe sobre la honestidad. La justicia poética sirve pues, para que como espectadores, nos sintamos reconfortados y sigamos creyendo que la integridad también merece victorias, aunque sea a través de las obras de ficción.

Anteayer, dieciocho meses después de aquel mayo gris, tras una larga travesía cargada de muchas alegrías y también de amargos sinsabores, Ignacio, consiguió cual Ulises, llegar a su particular Ítaca: el preestreno de Justi&Cia en los Cines Palafox de Zaragoza. Lo hizo de la mano de quiénes le han apoyado de forma incondicional y también de quiénes han aportado su granito de arena para que esa idea, esa gran idea, se haya traducido en una película cargada de sentimiento. Junto a él, estaban los productores Gloria Sendino y Jaime García Machín, el actor protagonista, Hovik Keuchkerian y el resto del equipo de la película. Y sin embargo, en ese aforo lleno con más de 400 personas, todos extrañamos una butaca: la que debió haber ocupado Álex Angulo, que en Justi&Cia, da vida a Ramón, el Sancho de esta quijotesca película, y que si me permiten la apreciación, supone uno de los mejores papeles que ha interpretado Álex, al que tanto vamos a echar de menos.

Ignacio Estaregui: «La película es crítica desde el minuto uno con un toque de humor. Bastante tenemos como para no reírnos un poco». Foto: V. Monahan

Ignacio Estaregui: «La película es crítica desde el minuto uno con un toque de humor. Bastante tenemos como para no reírnos un poco». Foto: V. Monahan

Se apagan las luces, se silencia la sala. Arrancan los créditos. Y empieza ese inicio del que Ignacio me había hablado meses atrás. Un inicio seco, directo como un puñetazo, tan desconsoladamente real, como transparente en su planteamiento. De ahí hasta el final, noventa minutos donde el público ríe en más de una ocasión y donde disfruta viendo cómo, por fin, un valiente le da una lección a esos personajillos fabulados que representan a tantos sinvergüenzas de nuestro país. La comedia, poco a poco, deja cabida a un segundo plano, en el que lo dramático se abre paso, disimuladamente, pero sin concesión alguna. Siempre he pensado que si te ríes con un personaje te acabas encariñando con él y, por tanto, si el personaje sufre, tú como espectador, también sufres con él. Creo que es muy difícil no encariñarse con Justino (Justi) y Ramón (Cia). Hay algo de verdad en ambos. Ignacio ha logrado que en los últimos quince minutos de su película la honestidad que le caracteriza, y que ha impreso en sus personajes, traspase la propia pantalla. Hay magia en el final de Justi&Cia, donde un golpe de justicia poética, nos deja una mínima cabida para seguir creyendo que esto no durará para siempre, a la vez que la propia película, nos obliga a cuestionarnos la supuesta moralidad de nuestros actos y también la de los actos de los demás. A veces, las victorias, tardan en llegar, pueden ser amargas, pueden estar incompletas, pero llegan.

Anteayer se encendieron las luces y todos nos levantamos aplaudiendo en una ovación unánime que se alargó varios minutos. Fuimos testigos de cómo Ignacio, con tesón, valentía, riesgo y mucha pasión, ha logrado, no solo cumplir un sueño, sino también aportar su particular visión sobre el contexto que nos rodea, recogiendo el sentimiento de muchos otros. Anteayer vimos cómo, entre lágrimas, director y actor protagonista, se fundían en un abrazo que resumía todo el sentimiento que hay en esta película y que, pese a las imperfecciones propias de una ópera prima, puede llegar a emocionar a miles de personas, que a buen seguro, si llegan a visionarla, se van a sentir muy identificados con buena parte de lo que hay en Justi&Cia.

A veces, la honestidad se impone a la corrupción y los perdedores, los robados, los que han hecho lo posible por salir adelante, los que han sufrido mentiras, despidos y pitorreos en su propia cara, los que han elegido a sus políticos para que estos se olviden de ellos, también se creen, por un momento, con el derecho moral a salir victoriosos. Sucede, cuando la pasión se traduce en justicia poética. La pasión en lo que uno hace y el tesón sobre lo que uno cree son motivos suficientes para la esperanza. Justi&Cia está hecha para creer. Para creer que no todo está perdido, que todo el mundo tiene derecho a soñar y que la honestidad, a veces, también recibe su recompensa. A partir de este viernes 7 de noviembre, Justi&Cia de Ignacio Estaregui estará en las salas. Y con ella, una buena ración de justicia poética para que ustedes también sigan creyendo.

 

Por Nacho Lasierra

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