«BOSS», la serie

Cuantas más series veo, mayor es mi convencimiento de que los mejores productos, las mejores producciones, las que más me atraen, y creo que a la mayor parte de los seguidores seriéfilos, son aquellas que tienen como telón de fondo el problema de la identidad. Y es que responder quién es realmente una persona es, sencillamente, fascinante.


Comienza Boss (Farhad Safinia, EE. UU., Starz, 2011) con un plano al puro estilo del experimento Kulechov. Para aquellos que no conozcan en qué consiste, el nombre alude a un joven profesor ruso del Instituto del Cine que en 1921 comenzó a investigar los valores del montaje y los aspectos psicológicos relacionados con la imagen. En su experimento, aunque nos parezca muy simple hoy día, la imagen que se proyectaba mostraba la cara inexpresiva y neutra de un actor, siempre la misma cara. Tras proyectar esta cara, se mostraban tres imágenes diferentes, la primera mostraba un plato de sopa, con lo que el público llegaba a la conclusión de que el personaje tenía hambre. La segunda imagen —siempre tras la misma cara— mostraba una niña en un ataúd, con lo que la conclusión era que mostraba el dolor por la pérdida de un ser querido y, por último, la imagen de una mujer recostada en un diván, con lo que el personaje parecía mostrar deseo sexual. Por lo tanto, la conclusión es evidente, el visionado de una película no es un elemento estático sino que es una actividad dinámica y participativa.

El cine no es más que un engaño (el cine es «la fábrica de ilusiones»), o lo que es lo mismo, 24 fotogramas por segundo —24 fotos que pasan por nuestros ojos en un segundo y que por el fenómeno conocido como la «persistencia retiniana» vemos como un continuo—. Pero otras muchas cosas nos engañan, como con el uso del contexto de la imagen, la «paraimagen» (uso el término por asociación con el paratexto) o lo que queda fuera de la imagen, como puede ser la música, o el «ruido», que ejerce sobre nosotros una influencia importantísima. Pensemos en la escena de la ducha de Psicosis, donde no vemos nada, solo oímos, lo que condiciona totalmente nuestra propia percepción sobre lo que vemos.

Con respecto a la música, diría que no han llegado las series a un cuidado de la música tan preciosista como en el cine, aunque todo llegará. Sin embargo, en Boss: ¿cómo combinar el mal absoluto del protagonista con la bella y pacífica música de Erik Satie? El resultado no puede ser más interesante.

La serie se abre con un primer plano del personaje principal, interpretado por Kelsey Grammer, al que recordaremos de la serie humorística Frasier y que realiza una actuación estelar en una producción magistral. El personaje masculino —todavía no sabemos quién es— está en un almacén abandonado y, sin embargo, se oye la voz de una doctora que está informando al paciente de que sufre una grave enfermedad degenerativa que, en breve, le producirá alucinaciones, pérdida de memoria y, antes de la muerte, la pérdida de la totalidad de las funciones vitales (el fatal anuncio como en Breaking Bad). La cara del personaje no se mueve un ápice, no expresa nada: Kulechov.

En términos de identidad, va a ser una nueva persona, o más bien, antes del final, será dos personas en una. La cosa podía quedar ahí, como una lucha de superación, o la búsqueda de una cura, pero sería demasiado sencillo. Así que este personaje, al que no conocemos de nada, en pocos minutos se va a desvelar como el todopoderoso y corruptísimo alcalde de Chicago, Tom Kane, o lo que es igual, el jefe de la ciudad. Por supuesto, el apellido no es casual, los ecos de Ciudadano Kane resuenan por doquier.

Con esta breve descripción vemos que los conflictos van a estar asegurados. Por un lado, el conflicto mayor parece ser el de la identidad del personaje, puesto que su enfermedad asegura que deba dejar el puesto, con lo que podríamos considerar que la trama fundamental es la de la inevitable caída del alcalde junto con su séquito, o simplemente, su destrucción. Hay, por supuesto, un conflicto político, porque nuestro alcalde no es solo un cargo electo, es un estratega, un militar de la política, un emperador de Chicago y de todo el Estado porque no se hace nada sin su conocimiento y aprobación: «Kane es la ciudad» dice su bella ayudante Kitty en una ocasión.

En los Premios Globos de Oro 2011, Boss estuvo nominada a Mejor serie de Televisión (Drama) y Kelsey Grammer ganó el premio al Mejor actor de serie de Televisión (Drama)

En los Globos de Oro 2011, Boss estuvo nominada a Mejor Serie de Televisión (Drama) y Kelsey Grammer ganó el premio al Mejor Actor de Serie de Televisión (Drama)

Tom Kane es un ser odioso, un malvado de antología que nos engaña una y otra vez, que nos manipula constantemente y nos logra poner en su lugar. Todo el mundo le traicionará, parece que todo está a punto de acabar, que es por tanto una trama de caída política que se produce no tanto por el daño hecho por el personaje y su administración, que es aberrante y miserable y, sin embargo… Nada sabemos con certeza hasta el último episodio, donde su mano derecha (Ezra Stone en un papel impresionante), le confiesa en una distendida charla todo lo que ha ocurrido, el mal debe ser detenido, y sin embargo…

La serie presenta un mundo miserable donde el poder y la avaricia han tomado el orden de la lógica de los hechos, hasta tal punto que se llega a afirmar que «cambiar es malo», «porque aunque sea un hombre malo y haya hecho cosas malas, sé por qué», dice el propio Kane. Así pues, hay que construir un aeropuerto cueste lo que cueste, y poco importa si los niños enferman de cáncer (hay un paralelismo claro con la película Erin Brockovich en algunos momentos); si no te hablas con tu mujer ni con tu hija (el alcalde) o los vendes por la causa (es increíble lo que llega a hacer Tom Kane con su familia) hay una razón; si hay que manipular, extorsionar, presionar, amenazar, secuestrar o matar todo se justifica porque lo único que importa es el poder y el estatus social adquirido, cueste lo que cueste.

Interesantísima serie donde el interés no decae un ápice en la segunda temporada, en donde se sigue desarrollando el conflicto fundamental: ver si el hombre es verdaderamente un lobo para el hombre, o queda algún mecanismo de control —quizá la prensa, tema en el que se incide algo más en la segunda temporada— para liberarnos de la nueva dictadura del poder democrático, caído este —bien lo sabemos en nuestro país— en la más profunda corrupción del vil metal y del alma.

 

Por Pablo Lorente

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