Caminar, caminar y caminar

Sabíamos que el lenguaje era un elemento capital en la poesía y en su poesía, y sabíamos que el compromiso del poeta comienza y termina en el mismo. Sabíamos que «en tu cielo, lenguaje / tengo yo mi infierno» y sabíamos que todo es un simulacro, o un trampantojo, o que la vida y la poesía se confunden en los límites de las mismas, si es que existen límites y fronteras, o realmente el poeta vive en ellas. Sabíamos que el arrabal es el lugar en el que Alfredo Saldaña habita desde un punto teórico y poético («en el afuera está su adentro»), y que su utopía no lo es tanto pues tiene seguidores que la proclaman y la defienden y habitan en ella con él. Es una utopía posible, es un no lugar en el que la otredad y el simulacro configuran una condición posmoderna llena de sentido común y buena voluntad.

Alfredo Saldaña es un poeta contenido que aparece de repente con un nuevo libro. Ese de repente lleva una extraña secuencia: Fragmentos para una arquitectura de las ruinas (PUZ, 1989), Pasar de largo (PUZ, 2003), Palabras que hablan de la muerte del pensamiento (Olifante, 2003), Humus (Eclipsados, 2008) y Malpaís (2015). No existe un aparente planteamiento cronológico en la publicación de sus poemarios. Existe, sin embargo, un patrón fácilmente comprensible: la poesía nace cuando tiene que nacer, se hace libro cuando tiene que hacerse, y se publica cuando tiene que publicarse. No hay en el poeta prisa, no hay presión, y solo hay necesidad de expresarse y expresar, en este caso, una disconformidad con el lugar en el que estamos conviviendo.


Alfredo Saldaña, Malpaís, Sevilla, La isla de Siltolá, 2015, 100 pp, 13 €.

Alfredo Saldaña, Malpaís, Sevilla, La isla de Siltolá, 2015, 100 pp, 13 €

Malpaís es un libro incómodo, pretendidamente molesto para los lectores. Pero el autor ya nos advierte en el primero de los poemas de que ha llegado la hora de caminar por un lugar irreconocible, transformado, maltratado por los nuevos pilares de la sociedad (poder, dinero y fama): «Es tiempo de caminar / sobre esos campos de cenizas, // es hora de atravesar / el malpaís».

Quien busque en la poesía un lugar desde el que evadirse no encontrará aquí aquello que anhela. Cada poema de este libro invita a la reflexión, a la crítica, a la autocrítica y la contracrítica. Esta es la clave del libro, cada una de las palabras, cada uno de sus versos, contiene una pregunta, o dos preguntas, o tres. El poeta, incluso, se pregunta sobre la necesidad de decir, o sobre el hecho de permanecer callado: «¿Por qué barrancos se precipita la palabra / cuando con su manto el frío / asuela el territorio de las piedras?». Alfredo Saldaña no es un poeta crítico, es un poeta tan comprometido con el lenguaje y la vida que asume que todo discurso lo es por naturaleza (aunque estemos demasiado acostumbrados a poetas y poemarios condescendientes, ensimismados o egocéntricos), y por tanto su poesía es de difícil catalogación. Quizá debería admitir de una vez que esto sucede porque nos encontramos ante un POETA que no necesita de etiquetas para adscribirse a una estética, ya que tiene voz propia, argumentos propios, y es hijo de su tiempo y por ello titula un libro así. Este espacio en el que habita, indiscutiblemente, si lo vemos con ojos críticos y sensibles a las injusticias, a la diferencia y a la singularidad, es el mismo espacio en el que nosotros habitamos y, por lo tanto, cada una de las preguntas que él formula serán nuestras preguntas.

El poeta habla por mí, habla por un país enfermo al que solo podremos curar haciéndonos preguntas, revisitando los lugares que se han convertido en templos de las injusticias, el mercado brutal y que han enviado a la sociedad a una batalla en la que el éxito solo se mide en dinero, fama, listas de libros más vendidos o en estar presente en esta o esa antología. El poeta habla de un camino por el que pasar de largo para alcanzar el sendero que verdaderamente importa. El poeta habla desde el lenguaje, por el lenguaje, para el lenguaje, porque sabe que en la elección de cada palabra va la voluntad del poeta, del poema y su libertad. Caminar sin reblar, caminar y pasar de largo, caminar sin contar. Y caminar, caminar y caminar.

vivir para leer

 

 

 

 

 

 

Por Nacho Escuín

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