Algunas notas bajo la boca del volcán

Hace un par de semanas que cayó en mis manos la antología El peor de los dragones,editada por Ediciones Siruela y con prólogo de Elena Medel. Una interesante recopilación de los textos más representativos de Juan Eduardo Cirlot, entre 1943 y 1973. Dicha edición incluye además el poema inédito «Diálogo infinito», donde espíritu y alma tratan de ubicarse y dar razón de su existencia. Para aquellos que no leyeron los «pájaros tristes», pero desean conocer —si es que resulta posible— a este singular autor, les recomiendo sin duda esta edición. Entre tanto, Bronwyn permanecerá en las aguas.


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Juan Eduardo Cirlot, El peor de los dragones. Antología poética 1943-1973, Madrid, Editorial Siruela, 2016, 268 pp., 12 €

La primera vez que leí a Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916-1973) fue gracias a Libros del Innombrable, editorial que, en su colección Biblioteca Golpe de Dados, publicó el poemario Pájaros tristes y otros poemas a Pilar Bayona.

Sorprendido por la genuinidad del escritor, decidí adentrarme con detenimiento en su obra, acudiendo así a tres grandes volúmenes publicados por Ediciones Siruela, en los cuales se recoge su obra poética completa: Bronwyn (2001), En la llama (2005) y Del no mundo (2008).

Han pasado dos años desde su lectura, pero todavía recuerdo la imprecisión que sentía al sumergirme en sus textos. Una poesía que escapaba de todo análisis certero y que certificaba, una vez más, la imposibilidad de penetrar en la psique del poeta. Consciente del reduccionismo que implicaba mi interpretación, traté de romper con la palabra heredada y penetrar en un universo de imágenes inefables. Y quizá era esta la intención del autor: la transmutación de la palabra en símbolo, la palabra como puente entre nuestros significantes y el significado del universo cirlotiano.

No hablaré de Juan Eduardo Cirlot como autor, sino como Estética en sí misma, en el sentido más visionario —y no aparencial— del término. Cirlot es un ente que gesta y proyecta, que se sabe en el punto medio entre la existencia del poema y su revelación. Su lectura se ofrece más allá de los marcos tradicionales, discurriendo desde una poesía permutatoria que expresa la unidad del conjunto poético, al entendimiento de la vida como eterna discontinuidad:

Mi cabeza no humana se asoma a la ventana;
con ojos de dragón veo pasar los hombres,
con boca de volcán asisto a un resplandor de crepúsculo,
con manos minerales y cuerpo de cristal retorcido
estoy en una casa humana.

(Blanco, 1961, incluido en El peor de los dragones, 2016)

Expresión precisa del poeta-dragón, que observa y muta pese al mecanicismo de su medio. Los hombres que «pasan» como intermitente existencia, la bestia que proyecta aislada, que se anula como hombre y testifica desde su no-lugar. Aunque la expresión se ve condicionada por las circunstancias del entorno (en el caso de Cirlot, habiendo atravesado la Guerra Civil), se trata de un poeta cuya perspectiva resulta difícilmente catalogable, atendiendo a un parámetro espacio-temporal. Juan Eduardo Cirlot fue, es y podría haber sido en múltiples rostros: no se trata de un ejercicio de desidentificación, sino de una identidad que —sencillamente— nos resulta ajena:

Siempre supe que no era de este mundo,
con todo he sido fiel a su presencia
y me adhiero con fuerza a lo que real
se dice, se figura.

(Bronwyn, 1969, incluido en El peor de los dragones, 2016)

 

Por Javier Fajarnés

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