John Mayall, maestro de maestros del blues, vuelve a Zaragoza

Se pueden contar con los dedos de una mano las veces que una persona puede ver a lo largo de su vida tocar a tipos tan legendarios como John Mayall.

Para hacernos una idea de lo que este bluesman representa para la historia de la música diremos, a modo de anécdota, que cuando Eric Clapton empezaba a destellar en el blues británico de los sesenta, Mayall lo fichó para su banda, The Bluesbreakers, y se lo llevó a casa —literalmente—, donde ambos músicos convivieron en compañía de la mujer y los hijos de John.

Podría dejarme llevar por la emoción, y enumerar todos los magníficos músicos que han aprendido bajo la sombra de John Mayall, pero creo que fui al concierto a disfrutar, y también para escribir una crónica.


Cuando me senté en mi localidad y vi que el auditorio estaba a rebosar pensé que aquello prometía, y así fue… Puntualísimos, John Mayall, Greg Rzab —bajo— y Jay Davenport —batería— subieron al escenario. Cualquiera que no supiera de la legendaria energía de Mayall a sus 83 años hubiera pensado: «A ver qué hacen hoy estos dos señores muy mayores y un octogenario». Pero lo que hicieron fue mucho más que no defraudar.

Foto: Antonio Goya

Mayall fue capaz de entregarnos dos horas del mejor blues con una modestia increíble e impropia de músicos tan veteranos y brillantes. Foto: Antonio Goya.

Tras el primer tema y una gran ovación, Greg Rzab hizo una reverencia inclinándose, sujetando el bajo con una mano mientras se echaba la otra a la espalda, como si le hubiera dado un tirón. Broma que terminó por completarse con «I Feel So Bad», perteneciente al disco que se presentaba, Talk about that. Los tres se emplearon a fondo, con Mayall a los teclados, cantando, y sacándose del bolsillo de su camisa jipi una armónica que llegaba muy adentro —tan pronto te practicaba un masaje cardiaco como lijaba tu corazón—, y con unos acompañantes en estado de gracia, con un solo de bajo fastuoso y otro de batería que no le fue a la zaga.

A partir de ese momento, la unión del público con el trío fue total, tanto en los temas de Mayall como en las versiones. Por la peculiar y magnífica voz de John fueron pasando títulos propios tan potentes como «Heartache», que grabó en 1969, cuando sus compañeros de escenario tan solo contaban con 9 y 10 años de edad.

Mayall presentaba las canciones en un inglés claro y cuidado, cosa que, como Sir Paul McCartney, solo hacen los cantantes con más tablas —hay que pensar en el público—. Alternaba el piano con la guitarra y la armónica, a veces todo en la misma canción, para ir poco a poco llegando a la auténtica verdad de la música en vivo: la comunión del intérprete con el público, cada vez más entregado.

Foto: Antonio Goya

El bajista, Greg Rzab, tocó durante unos años con Otis Rush. Foto: Antonio Goya.

En «Lonely Feelings», Davenport hizo gala de un saber hacer de otro planeta, golpeando el aro de la caja y los platos, unas veces con elegancia y finura, y otras con una energía que para mí la quisiera, mientras John sacaba de su amónica lo mejor de sí mismo.

A los tres músicos, con una presencia escénica y un saber estar envidiables, también les dio tiempo a bromear. El batería se agachó para ajustar un pie de su instrumento y Mayall dijo «He’s broken», el bajista miraba el reloj ostensiblemente mientras el batería estaba en éxtasis en medio de su solo, y los tres casi nos hicieron creer que habían visto a un conocido entre las dos mil butacas de la sala.

Después interpretar magistralmente un clásico de Otis Rush, temas de uno de los primeros discos de Mayall, y de presentar un tema del siguiente álbum, llegó el clímax del concierto, o uno de ellos. Sonaron las notas de «I Ain’t Superstitious» de Willie Dixon.

Foto: Antonio Goya

Nos conquistaron con un blues tras otro, divirtiendo y emocionando al respetable, vertiendo una variedad de matices increíble. Foto: Antonio Goya.

Y, tras la última canción, el público, enfervorecido, se puso en pie para pedir más, y los músicos desgranaron dos bises, entre los que John anunció que al acabar el concierto estarían firmando fuera. Así, bajista y batería cogieron sus bolsas, escondidas tras los instrumentos, y bajaron del escenario con naturalidad —como si salieran a pasear después de un buen desayuno—, subieron las escaleras de la Sala Mozart, y atravesaron la salida del público ante el asombro de todos, saludando, sonriendo y estrechando algunas manos.

Cuando salí del auditorio, vi al fondo del hall un grupo de gente que, cámaras y teléfonos en mano, se arremolinaba en torno a la mesa donde Mayall, Davenport y Rzab firmaban discos. No me acerqué, mi ansiedad estaba saciada. Y es que el 18 de febrero de 2017, en Zaragoza, pude disfrutar de toda una lección musical y escénica, de un sueño más cumplido, haber visto al gran John Mayall en directo.

 

Por Quique Artiach

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