«Buñuel en el laberinto de las tortugas»: del joven Luis al gran Buñuel

Las Hurdes, tierra sin pan (1933) supuso un punto y aparte en la carrera de Luis Buñuel. Hasta ese momento, el cineasta aragonés había escandalizado al mundo con el surrealismo visual (inspirado también por Salvador Dalí) de Un perro andaluz (1929) y La edad de oro (1930), pero a partir de su siguiente película, un documental sobre una región de Extremadura llamada Las Hurdes, la obra de Buñuel daría paso a un surrealismo más centrado en el alma y las contradicciones del ser humano. Los olvidados (1950) es una consecuencia directa de Las Hurdes y difícilmente se entendería que hubiera hecho el resto de su filmografía adoptando ese lenguaje sin haber rodado antes este documental.

Partiendo del cómic homónimo de Fermín Solís publicado hace una década y de la historia de la vida del director, con Buñuel en el laberinto de las tortugas (2019) Salvador Simó nos ofrece ahora una mirada al Buñuel de justo ese momento, el de la transición personal y creativa de un joven artista que pasará a ser uno de los grandes del cine. Tras el polémico estreno de La edad de oro en el París de 1930, Luis Buñuel (Jorge Usón) ve cómo se le cierran todas las puertas a la hora de encontrar financiación para su próxima película. Suerte que su buen amigo Ramón Acín (Fernando Ramos) le promete que si le toca la lotería financiará el proyecto y, efectivamente, así sucede (y sucedió realmente) por increíble que parezca. Como si de un making of se tratara (ficcionado hasta cierto punto ya que no se conocen los hechos con precisión milimétrica) asistimos entonces al rodaje de Las Hurdes acompañados por una maravillosa banda sonora con aires a Nino Rota compuesta por Arturo Cardelús (y que le ha valido la Biznaga de Plata a la mejor música en el Festival de Málaga).

Evidentemente no se trata de una película como las que hacía Buñuel, sino de un relato animado de ficción más bien convencional, lo bastante respetuoso con Buñuel y lo bastante poco como para olvidarse de quién sería después y acercarse así a la persona detrás del mito. Las líneas claras y sencillas dan forma a unos personajes muy estilizados en una animación algo tosca (usando un dibujo cada tres o cuatro fotogramas en lugar de cada uno o dos) pero que refleja esa dureza y brusquedad propia de la personalidad de Buñuel, y como contrapunto se combina de forma muy acertada con imágenes sacadas directamente de Las Hurdes a la hora de mostrar lo que ven los personajes por el visor de la cámara. De hecho, algunos de los fragmentos que vemos de Las Hurdes no son de la película original, porque aquí han rescatado material desechado que no se usó finalmente en el documental, descartes que Buñuel creía desenfocados y que no lo estaban realmente. Y a diferencia de lo que se hace en la mayoría de películas de animación, el doblaje se ha tratado como si fuera el de una cinta de imagen real, consiguiendo así una naturalidad y frescura muy marcada en la voz de los actores.

El pollero en Buñuel en el laberinto de las tortugas. Fuente: WANDAVISION.

La película tiene en cuenta el contexto de la historia en la que se basa y nos muestra una sociedad profundamente machista y que no tiene ninguna compasión con los animales. Quizá lo sencillo hubiera sido suprimir esas imágenes tan duras que ahora especialmente pueden resultar muy molestas, pero, si bien se trata de una película poco buñuelesca, sí que respeta el carácter provocador del cineasta aragonés, esa intención de no dar las cosas por sentadas, remover conciencias y cuestionar todo. Y es que ellos eran así, los intelectuales parisinos de la época tenían ese punto machista y nada animalista, pero cuando llegan a Las Hurdes se dan un bofetón de realidad al toparse con una sociedad totalmente sacudida por la miseria que contrasta con la visión que tenían desde los cafés de París.

La realidad parece superar a la ficción, pero por mucho que lo que encuentran en Las Hurdes les impacta incluso a ellos, Buñuel aprovecha para filmar lo que se podría considerar como un precursor del cine de Michael Moore, manipulando desde el documental y eligiendo lo más amarillista de las costumbres de este lugar azotado por la pobreza, de forma parecida a lo que ya había conseguido Robert J. Flaherty en Nanook, el esquimal (1922), estableciendo que en el cine no es lo mismo realidad que verdad. Esto va tensando cada vez más la relación entre Buñuel y Acín, que se muestra poco conforme con estas y otras rarezas de su amigo. Tratando temas tan profundos como la miseria y la muerte, la película necesitaba un contrapunto de humor, que también se consigue gracias a la relación entre estos dos amigos, porque quizá por encima de todo, Buñuel en el laberinto de las tortugas es una historia de amistad que además sirve como homenaje a la figura de Ramón Acín: pintor, escultor, poeta y, especialmente, alguien entregado a los demás.

El equipo de rodaje en Buñuel en el laberinto de las tortugas. Fuente: WANDAVISION.

Tiene que imponer un poco la tarea de dar voz al director más importante del cine español, pero al fin y al cabo esta es la historia de un cineasta de 32 años que había hecho dos películas que habían sido un escándalo y no conseguía dinero para la próxima, más allá de que luego se convirtiera en el gran Luis Buñuel. La película intenta conocer más a ese personaje contradictorio, a la persona que hay detrás del gran creador, humanizando a Buñuel y mostrándolo sin edulcorar, con sus problemas, virtudes y defectos: su sentido del humor, su afición por las armas y el peligro, su carácter, su miedo a los gallos… Además, una serie de analepsis y pesadillas que sufre el cineasta nos acercan al interior de Buñuel y a los motivos de este a la hora de crear: vemos al pequeño Luis tocando en la Semana Santa de Calanda (cuyos rotundos sonidos lo marcarían profundamente), la relación con su autoritario padre o las maravillosas escenas de mariposas amarillas y otras surrealistas ensoñaciones.

En definitiva, vemos a un Buñuel como ser humano, que no es un novato, pero está en sus inicios. Alguien que, como surrealista que era, tenía cierta intención de cambiar el mundo y la vida, pero al que, en este caso, el mundo lo acabaría transformando a él.

 

Por Marcos Jiménez Lobera

Imagen destacada: WANDAVISION

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