Café con Víctor Ullate

Café con Víctor Ullate

Tomar un café con Víctor Ullate (Zaragoza,1947) es como abrir al azar la página de un libro y saber con total certeza que vas a leer una historia genial. El bailarín español con mayor proyección internacional de todos los tiempos, visitó el pasado 23 y 24 de septiembre su ciudad natal para estrenar El Amor Brujo sobre las tablas del Teatro Principal. Cada una de sus palabras, gestos o movimientos son capaces de trasladarte a otro momento y lugar. Como mirar a través de un telón de terciopelo, se puede ver con nitidez a un joven Ullate en una de las audiciones más importantes de su vida. También conocemos a un padre orgulloso, a un maestro ejemplar o, simplemente, como dijo Maurice Béjart a «uno de los bailarines más completos de este siglo».

Disfruten de la belleza, la magia, el amor y la pasión de un especial café que se mueve al ritmo de los pasos de Víctor Ullate.


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En 1979 el Gobierno español le encomendó la formación de la primera compañía del ballet clásico del país.

¿Cuáles fueron tus primeros pasos dentro del mundo de la danza?

Mi carrera profesional comenzó con Antonio Ruiz Soler (bailarín, bailador de flamenco, coreógrafo y director). Él se movía en un ámbito diferente al que yo estaba acostumbrado, trabajar con él me sirvió para viajar por Europa, América, etc. Me hizo mucha ilusión porque allá donde iba tenía la oportunidad de bailar con las mejores compañías de la época y conocer a maestros maravillosos. Mis padres no podían costearme esos viajes, así que lo hice por mis propios medios, haciéndome contratar por Antonio.

¿Qué destacarías de esa época?

Aprendí muchísimo, conocer a fondo la danza española me ha servido para darle a mis coreografías esa esencia de lo flamenco.

¿Qué significó para un joven Ullate ser parte de la compañía el Ballet del Siglo XX de Maurice Béjart?

Cuando estaba en Madrid, vino la compañía del Ballet del Siglo XX a actuar. Recuerdo que era domingo, último día de funciones, y en el camerino escuché que habían contratado a algunos españoles como figuración de Bolero, pero no para la compañía. Eso me picó, así que fui a que me vieran. No sabía ni qué hora era, faltaba muy poco para que empezara la función. Me acerqué a hablar con un señor con los ojos azules, como un gato, y pensé que tenía que ser el jefe. «¿Pero tú sabes qué hora es? ¡Estamos a punto de subir el telón!», me dijo Béjart, a lo que yo contesté: «¿Y usted no podría verme y decirme si valgo para su compañía?»

Después de esto, me concedió una audición, bailé delante de toda la compañía y en ese momento me contrató. Y ahí, con 16 años, me presenté un 5 de septiembre en Bruselas, ciudad en la que estuve trabajando durante catorce años.

¿De qué manera te influyó Maurice Bérjart a lo largo de tu carrera profesional?

Su compañía era todo lo contrario a lo que yo había hecho; extremadamente moderna, de vanguardia. ¡Maravillosa! Maurice Béjart fue un genio del siglo pasado, un coreógrafo de masas al que todo el mundo conocía, algo excepcional.

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El artista creó en el año 2000 la Fundación para la Danza Víctor Ullate con el objetivo de promocionar el ballet clásico en todas sus facetas.

¿Podrías describir algún momento que te haya conmovido especialmente?

Ha habido muchísimos. Ahora recuerdo las palabras que un día me dijo el hijo de Kennedy. Yo estaba interpretando a clown en Clown de Dios de Vaslav Nijinsky. El hijo de Kennedy se me acercó y me dijo que era el clown más bonito que había visto en su vida.

En una entrevista tu hijo Víctor declaró que si se hubiera dedicado solo a la danza, hubiera tenido que emigrar. ¿Qué opinas al respecto?

Cuando vi a mi hijo Víctor bailando en un taller me cautivó. Él no solo bailaba, sino que interpretaba y cantaba muy bien. En ese momento le dije que él se podía dedicar a muchas otras cosas además de bailar. A mí me habría gustado hacer comedia musical y él es la persona idónea para hacerla. El baile no es duradero, cuando llegas a los 40 años tienes que dejar de bailar y un actor puede trabajar toda la vida.

¿Las personas que quieren dedicarse profesionalmente al ballet se ven forzadas a emigrar?

Yo soy formador de bailarines, tengo una escuela en la que muchos de los bailarines entran directamente en mi compañía. Este es el caso por ejemplo de Josué Ullate, Fernando Carratalá, Alejandro Sánchez, Nora Peinador o Daniel Pacheco, cualquiera de ellos podría estar como solista en una compañía.

Si alguien se va, no es porque tenga que irse, sino porque hay otras cosas por conocer. Otros maestros, música o cultura. Hacerse un nombre a nivel internacional es importante porque en tu tierra nunca eres profeta, y menos en nuestro país. Es una forma de mostrarse al público de fuera. Tenemos el ejemplo de personas que han triunfado en el extranjero como Tamara Rojo, Joaquín de Luz, Lucía Lacarra, Ángel Corella o Carlos Pinillos.

¿Cuántas personas hay actualmente en la compañía Victor Ullate Ballet?

En total estamos 22 bailarines de varias nacionalidades: españoles, italianos, cubanos, franceses y japoneses. Con la nueva producción de Carmen vamos a coger a seis personas más.

Actualmente trabajas como coreógrafo, ¿siempre te ha interesado la pedagogía?

Cuando era bailarín siempre pensé que lo mío era la enseñanza, me di cuenta de lo importante que es enseñar. Quiero que mis alumnos sean grandes figuras y quiero hacer de la Escuela de Víctor Ullate una escuela mundialmente conocida. Los ingleses, franceses o italianos tienen una forma especial y en España tenemos otra. Como en la pintura, es importante dar una pincelada de personalidad.

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El Amor Brujo, obra escrita por Falla a principios del siglo XX. Foto: Stephen Martínez.

En El Amor Brujo, ¿hay algún momento que te emocione de forma especial?

Todos mis ballets me emocionan. Los he hecho en momentos críticos y especiales de mi vida. Tierra Madre de la Pastoral de Beethoven la hice en memoria de una amiga muy allegada que había fallecido. Wonderland la hice dedicada a mi hermana y a todos los enfermos psíquicos. Samsara surgió en un momento en el que estuve a punto de morir y lo plasmé en la función: la vida y la muerte, cómo naces y cómo mueres. Tiene un mensaje de paz, de amor a los demás, sin guerras ni violencia.

El Amor Brujo me ha dado mucho nombre como coreógrafo. Tiene mucha miga porque yo quería terminarlo, me había salido un tumor y tenía que finalizarlo antes de la operación ya que, como estoy delicado del corazón, pensé que había llegado mi hora. Fue muy duro pero muy intenso porque gracias a este ballet he podido vivir momentos muy bonitos.

¿Podrías resaltar alguno de estos instantes especiales?

Hay un momento en el que Candela va en busca de su marido y entra en un mundo oscuro, tétrico, underground; donde hay ángeles negros, vampiras y murciélagos. Ella se da cuenta de que su marido es un monstruo y es ahí cuando comienza la Danza del Fuego en la que baila para deshacerse del espíritu.

La música de In Slaughter Natives es preciosa, es un grupo con un sonido muy barroco, pesado, muy del otro mundo. Transmite esa angustia que quería generar con la coreografía. Las luces y escenografía de Paco Azorín o el vestuario de María Araujo son de una belleza y elegancia espectacular.

¿Qué sensaciones experimenta el público durante la actuación?

Quería trasmitir sobriedad y elegancia, todo transcurre como si se tratara de un sueño. Como cuando te despiertas y no eres capaz de distinguir lo que es real y lo que no. Eso es exactamente lo que experimenta el público cuando sale del teatro.

Para terminar, ¿qué supone para ti presentar esta obra en el Teatro Principal de Zaragoza?

Bueno, yo nací en Zaragoza, es mi casa. Vas a muchos sitios pero cuando vienes a Zaragoza es algo especial. Me lleno de energía, de ilusión. Siento muchas ganas de representar y de que mis paisanos vean una obra con tanta magia.

 

Por Isabel Esteban Ríos

 

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