Cinco relatos destacados de Philip K. Dick

Los elementos clásicos de la ciencia ficción como los viajes en el espacio, en el tiempo, los aliens y los androides son usados para explorar ideas filosóficas y metafísicas en el extraño y paranoico universo de Philip K. Dick.


En su obra destaca, quizá por encima de todo, su interés por dos de los grandes misterios de la vida. Por un lado, la cuestión de la naturaleza de la realidad está continuamente presente en sus novelas; personajes que no son lo que creen ser, ucronías, identidades borradas y recuerdos implantados inundan las historias de PKD. Por otro lado, sus libros parecen tratar de responder una gran pregunta: ¿qué es humano? A lo que podríamos responder que es la capacidad de tener empatía. En teoría, los humanos tienen empatía y los androides no. Esta es la conclusión que saca Rick Deckard cuando le hace la prueba a Rachel. Pero conforme vemos que hay replicantes que lloran por sus compañeros perdidos y que también hay humanos que no tienen ninguna compasión, empezamos a ver las cosas de otro modo. ¿Qué pasa entonces cuando las máquinas son más humanas que los propios humanos?

Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Fuente: WarnerBros.com.

PKD no pudo presenciar el éxito de su primera adaptación cinematográfica, Blade Runner (Ridley Scott, 1982), ya que murió el año de su estreno, pero sí pudo ver parte en un pase privado, y a pesar del escepticismo causado por los numerosos cambios que presentaba el guion respecto a ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), ya predijo su éxito comercial y posterior revolución en el género mediante una carta, calificándola de «película invencible». Lo que quizá no sospechaba este imaginativo autor es que se convertiría en el escritor más influyente en el cine de ciencia ficción moderno. Sus historias son ideales para el ámbito cinematográfico: paisajes desolados por la guerra y ciudades futuristas de un tremendo poder visual.

Más allá de las adaptaciones oficiales de su obra, en las que también encontramos Desafío total (Paul Verhoeven, 1990), Minority Report (Steven Spielberg, 2002) o Una mirada a la oscuridad (Richard Linklater, 2006); sagas como Terminator o Matrix han tratado temas que ya estaban en las novelas de PKD y su obra ha influido a cineastas como David Cronenberg, Christopher Nolan, David Fincher, Rian Johnson, Duncan Jones o Charlie Kaufman y escritoras como Ursula K. Le Guin. Ha sido comparado con Dostoyevski y con William Burroughs y alabado por el mismísimo Roberto Bolaño, e incluso ha dado que hablar a filósofos de la talla de Jean Baudrillard. Su vida también estuvo marcada por algunos de los temas habituales de su obra: la muerte, la locura, la religión, la paranoia o el consumo de drogas. PKD abusó de las anfetaminas, en parte para mantener un prolífico régimen de escritura debido a las exigencias financieras del campo de la ciencia ficción. Otros sórdidos sucesos dejaron una profunda huella en su vida y obra: intentos de suicidio, numerosos divorcios o la muerte de su hermana gemela nada más nacer y su posterior aparición en numerosas alucinaciones que incluían esta y otras extrañas visiones, como una vida paralela en la que Dick era un cristiano perseguido por el Imperio romano durante el siglo I.

El futuro es negro. ¿Quién quiere escribir sobre el futuro? Nadie. Y, además, ¿quién lee eso? Adolescentes con problemas de granos. Inadaptados. Es una basura. Dígame una obra de ciencia ficción de calidad, sólo una.

Jack Dowland en Orfeo con pies de barro (Philip K. Dick bajo el seudónimo «Jack Dowland», 1964)

PKD fue un prolífico y profético escritor que dejó a lo largo de su carrera más de 40 novelas y alrededor de un centenar de cuentos. También se dice que murió completamente loco y creyéndose literalmente Dios; llegó a afirmar que vivíamos en una simulación y alguno de sus editores lo consideraba directamente un chalado. Lo que no se puede negar es que el mundo que Dick imaginó hace más de medio siglo comparte extrañas similitudes con el que vivimos a día de hoy, y muy lejos quedan los días en los que su literatura era considerada de un género menor. Ya no sorprende cuando alguien lo sitúa como uno de los grandes escritores del siglo XX, así que, apartándonos de sus novelas más conocidas, destacamos aquí cinco de sus mejores relatos. Todos ellos se pueden encontrar en el cuarto de los cinco volúmenes que recogen sus cuentos (la colección conocida como Los días de Perky Pat) y son ideales tanto para introducirse en su onírico universo por primera vez como para los aficionados a la ciencia ficción más dura. Es difícil quedarse solo con cinco porque, a pesar de que la calidad de los cuentos varía y algunos pueden resultar demasiado farragosos, la increíble originalidad de sus premisas y los alocados giros narrativos hacen que nunca tengas la sensación de haber desperdiciado tu tiempo.

En El patrón de Yancy (1955) seguimos la investigación sobre el posible totalitarismo que está teniendo lugar en un satélite en el que, sin embargo, no hay policía política, a los investigadores se les reconoce como tales y se les permite entrar sin objeción alguna, existe libertad de expresión, de prensa y libertad para emigrar. Una democracia ejemplar. El caso es que hay un tipo llamado Yancy que sale en todas las pantallas del satélite, una figura admirada e imitada que tiene una opinión para absolutamente cualquier cosa. Lo curioso es que, si bien tiene opiniones muy tajantes en los temas más banales –como en lo que le gusta desayunar–, cuando entramos en temas escabrosos como la guerra, sus opiniones son de lo más superficiales (pero con apariencia profunda), contradictorias y lo menos controvertidas posibles, dejando así una sociedad apolítica, homogénea y maleable como resultado.

El informe de la minoría (1956) es el relato más famoso de la colección debido a su adaptación al cine con Minority Report. ¿Se puede juzgar a un delincuente antes de que se plantee si quiera cometer un crimen? ¿Y si el mero conocimiento de su futuro crimen le impide cometerlo? En la agencia Precrimen tienen mutantes capaces de ver el futuro para que la policía impida estos asesinatos antes de que ocurran. Dick explora aquí cuestiones que tienen que ver con el libre albedrío y la posibilidad de la existencia de múltiples líneas temporales, y nos plantea una historia en la que el jefe de Precrimen, John Anderton, figura como futuro asesino según la predicción de los mutantes, dando lugar a la paradoja de que si Anderton no cometiera el crimen significaría que todo su trabajo es un fraude y que el sistema ha detenido a montones de inocentes.

Si no existiera Benny Cemoli (1963) en Galaxy. Fuente: Internet Archive.

Si alguna vez te has planteado que cierto personaje histórico pudiera haber sido una invención, entonces Si no existiera Benny Cemoli (1963) es tu relato. Años después de una devastadora guerra atómica cuyo origen ahora se desconoce, un tribunal de crímenes de guerra investiga cómo hemos llegado hasta aquí a través de las noticias que ha generado de forma automática y objetiva a lo largo de los años un periódico del New York Times. Todo apunta a un tal Benny Cemoli cuya existencia, y por extensión, la objetividad absoluta que parece estar dando el periódico, se ponen en duda.

Portada de la primera edición de la colección Los días de Perky Pat (1990). Fuente: Wikipedia.

El relato que da nombre a la colección nace de la experiencia de aislamiento que vivió Dick cuando tenía que irse a escribir a una cabaña alejada de su casa todos los días. Por un lado, el miedo que sentía cuando le venía a la mente la visión de un monstruoso rostro de Dios daría origen más tarde a su novela Los tres estigmas de Palmer Eldritch (1965). Por otro, el recurrente pensamiento de las muñecas Barbie de su hija hicieron posible Los días de Perky Pat (1963). Dick notó que estas muñecas no eran como las demás: cada vez requerían más complementos e incluso se había puesto a la venta la contraparte masculina de Barbie, el amigo Ken. En Los días de Perky Pat no son los niños quienes juegan con muñecas (estos prefieren cazar gatocanes) sino los adultos, ya que el juego evoca sus vidas previas al apocalipsis. Los adultos llevan el juego de Perky Pat (la Barbie de este universo) a otro nivel, una especie de partida física de Los Sims (Will Wright) pero como si fuera un juego de rol, con dados y demás, y apostando dinero, entre otras cosas.

PKD expone su definitiva y absurda paradoja de la guerra en un relato cargado de humor negro y antimilitarismo a partes iguales: ¡Oh, ser un blobel! (1964). Un veterano de la guerra contra los blobels (una raza protoplasmática unicelular) encuentra dificultades en su día a día ya que, después de haber servido como espía alterado capaz de convertirse en blobel durante el conflicto, ahora se convierte involuntariamente en esta forma viscosa. Todo cambia cuando su robótico psicoanalista le introduce a una blobel que tiene forma humana en un estado de reversión involuntaria. Un relato que indaga en la identidad personal y social del individuo y que Dick escribió pensando en la idea de que la guerra te hace transformarte en tu enemigo después de haberse inspirado en aquello que dijo Hitler sobre que la verdadera victoria de los nazis llegaría cuando sus enemigos (especialmente Estados Unidos) se volviesen en algo parecido al Tercer Reich.

 

Por Marcos Jiménez Lobera

Imagen destacada: Scraps from the Loft

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