Cocorosie en Zaragoza, tal vez brujería

Cocorosie en Zaragoza, tal vez brujería

La gloria insospechada siempre vence a cualquier gran expectativa. Y eso fue lo que pasó anoche en el Centro Cívico Delicias. Cocorosie, siendo uno de los conciertos más esperados de la temporada, no solo estuvieron a la altura de lo imaginado, sino que fueron capaces de sorprendernos una y otra vez durante casi dos horas.


Cocorosie 4
El teléfono todo un clásico en la música de Cocorosie.

Se hicieron de rogar —los viajes interestelares llevan su tiempo—, pero en cuanto Sierra subió sola al escenario y descolgó su teléfono, nos conectó de golpe con su planeta, generando una atmósfera que no decaería ni un segundo durante toda la noche. Porque Cocorosie es eso, atmósfera, traslación, cantos de sirena, un billete de ida hacia lo desconocido, y ritmo mucho ritmo.

Y a los pocos minutos fue precisamente el ritmo —su hermana Bianca— quien apareció en escena, junto al virtuosismo de Takuya Nakamura (teclados y trompeta) y los beats vocales de Tez (del que hablaremos después, podéis estar seguros). Y al verlos allí reunidos yo solo podía pensar, pero ¿de dónde **** ha salido esta gente?, ¿cómo se habrán conocido?, ¿en qué momento se dieron cuenta de que podían acoplar de esa manera tan bestia sus mentes y su música? Lo único que tengo claro es que no necesitábamos nada más, los cuatro construyeron un concierto que será recordado durante mucho tiempo por todos. Gracias, Bombo y Platillo.

Cocorosie 2
El beatboxer Tez colabora con las hermanas Casady desde su álbum The Adventures of Ghosthorse and Stillborn (2007), su introducción en el hip hop.

Cocorosie es uno de esos grupos en los que la aparente uniformidad de sus temas se pierde rápido para alcanzar una enorme coherencia final, que se aleja muy mucho del aburrimiento. En cuanto escarbas un poquito —has tenido que permitirte escuchar alguno de sus álbumes más de una vez—, te das cuenta de la increíble confluencia de estilos que trabajan, haciendo de lo inicialmente sencillo algo brutalmente complejo. Hace poco un amigo me hablaba de la «música para músicos», aquella a la que al gran público le cuesta entrar y que tiende a lo experimental, creo que este podría ser un ejemplo paradigmático. Claramente, anoche nos sumergimos poco a poco en su marea, casi sin saber lo que hacíamos mojamos nuestras nucas y caras, para, tras la segunda parte del concierto, tirarnos de cabeza sin miedo. Y mucho tuvo que ver en ello el solo de beatbox de Tez, un regalo para los asistentes y una muestra de que él no solo estaba allí para acompañar a las hermanas Casady, sino para terminar de interconectar nuestros pulsos.

No hay nada más bello que la duda, que la eterna búsqueda del truco de magia, que la falsedad de una improvisación bajo control. Antes del concierto me preguntaba cómo iban a convertir la delicadeza de su música —más propia de un viaje introspectivo— en un buen directo. La dificultad de integrar tantísimos sonidos podría haber sido un problema, pero ellas siempre pulsaban el botón adecuado en el momento adecuado. Su plasticidad, su teatralidad, sus bajadas y subidas del escenario, ninguno de sus movimientos era gratuito, todo conducía a algo previamente pensado y, sin embargo, tal vez fortuito. Brujería.

Radios, teléfonos, juguetes. Desde que escuché de niña por primera vez The Dark Side of the Moon de Pink Floyd, todos los temas que incluían sonidos ajenos a los instrumentos tradicionales han tenido un plus para mí. Para la mayoría de los grupos esto suele ser un acompañamiento, para Cocorosie es parte fundamental, seña de identidad, andamios sobre los que construir. Claro que esto no es algo nuevo, pero bien es cierto que después de finales de los noventa poco se ha inventado en el mundo de la música —vivimos en un eterno retorno reinventado—. Y, pese a ello, tras el concierto de ayer, tuve la sensación de que existe un camino por el que transitar hacia el futuro. Desde La maison de mon rêve (2004), Cocorosie hace mucho tiempo que superó el acid folk, y hoy, casi más cerca del hip hop, son tan inclasificables que se pueden permitir lanzar a la cara de muchos listillos su sarta de etiquetas musicales.

Cocorosie 3
Takuya Nakamura es un multiinstrumentista japonés, pionero del sci-fi dub noir, una mezcla entre lo-fi, jazz analog y el Hi-Fi Digital space techno.

Tocaron muchas de las canciones de su último trabajo Heartache Citycon el que han cerrado el círculo volviendo a su sonido original—, destacaría un mucho más cañero «Big and black» en directo, la perfección de «Tim and Tina», o el propio «Heartache City», que sonó más que mágico. Pero también hubo tiempo para temas de sus anteriores álbumes, podríamos decir que con «Lucky Clover» Sierra mostró todo su potencial vocal y, por supuesto, su tremenda vena actoral.

Tan pronto nos perdíamos en la suavidad del arpa electrónica de Sierra, como la sensualidad de Bianca hacía que solo quisiéramos subirnos a las mesas para bailar como si esa fuera la última noche de nuestras vidas; algo que en muchas ocasiones ocurría en un mismo tema —lo pudimos comprobar con «Lost girls»—. Una bipolaridad que no es nada más que un reflejo de la arriesgada apuesta de Cocorosie. El lirismo de Sierra y el flow de Bianca, la sutileza y la fuerza, Iowa y Hawai, tan contrapuestas como similares, salieron vestidas al escenario cada una con la parte de un mismo vestido. Una metáfora de sí mismas, y algo que pudimos comprender al final del concierto, cuando tras encontrarse lentamente bajo el escenario terminaron confundiendo y fundiendo sus voces en una sola.

Se llevaron los aplausos constantes de un público entregadísimo, que no dudó en acercarse al escenario para bailar cuando ellas se lo pidieron, y como premio Sierra terminó moviendo su cuerpo de manera salvaje —un poderío que se barruntaba durante todo el concierto—. Las hermanas Casady se marcharon felices, y nosotros con la sensación de que nos habían dado algo más que «Un beso» y la palma de sus manos en nuestros corazones.

 

Por Elisa Plana

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