Dalí, imaginando quijotes

Dalí, imaginando quijotes

Como suele suceder en el Palacio de Sástago, el lugar siempre es un condicionante inevitable a la hora de pensar en el espacio expositivo y su articulación. En este caso, la norma de crear en la Sala de Arcos un ámbito impactante al espectador confrontado con la belleza de lo delicado en las salas 1, 2 y 3 se cumple a la perfección. Siguiendo el discurso cuantitativo, uno va introduciéndose progresivamente en el Dalí más creativo dentro de una disciplina en la que, aunque trabajó de manera fértil, ha pasado bastante desapercibido para el público en general.


Salvador Dalí, «Imágenes de historias», en el Palacio de Sástago del 2 de octubre al 11 de enero
Salvador Dalí, «Imágenes de historias», en el Palacio de Sástago del 2 de octubre al 11 de enero

No obstante, se echa en falta que, al menos, la relativa coherencia museológica que se da en la Sala de Arcos se hubiera hecho extensiva al resto de las salas utilizando colores más apropiados para las paredes, al igual que sucede con el de las cartelas y la altura en la que estas se ubican.

De todas formas, salvando estos detalles, es de recibo reconocer la importancia de una exposición que debe poner el nombre de Zaragoza en el panorama nacional por su interés estético. La reflexión a la que se nos invita deambula por el terreno de la mímesis como hermenéutica, donde se ha realizado una topografía de las sociedades contemporáneas a partir de la visión que ciertos sujetos idearon del proyecto moderno. Se nos ofrece una exposición en la que el metarrelato adquiere tal profundidad que las posibilidades interpretativas se multiplican exponencialmente.

Teniendo presente lo comentado, la primera sala introduce al espectador en el mundo de Jean de La Fontaine quien supone ya, en sí mismo y en sus fábulas, la visión de su época a partir de otra muy alejada en el tiempo pero cercana en cuanto al ideario colectivo. La cuestión del libre albedrío y la autonomía del individuo como problemática son aspectos esópicos que se reinterpretan de forma múltiple en el análisis que los espectadores realizan de la visión que el artista de Figueres hace de La Fontaine. Todo ello se ve reforzado por la fuente visual a la que Dalí se refiere, los grabados de Jean Grandville y su carga crítica hacia lo institucional a base de elementos oníricos tan del gusto de Dalí.

Son las salas 2 y 3 las que abren ese espacio de lo irreal al máximo, el color de las fábulas desaparece en favor del excéntrico trazo suelto y desdibujado en los grabados de un Quijote de formas alargadas, expresivas en unas ocasiones, cúbicas en otras. Un Quijote etéreo que parece fluir diseminándose en el vacio compositivo, como si el estado de ánimo de dicho personaje afectase a lo matérico de tal forma que, inextricablemente, su esbeltez quedara confrontada con la voluminosidad del resto de figuras que lo acompañan, como habitualmente sucede con Sancho.

La continuidad del círculo que se cierra y se abre a la vez queda plasmada en la Sala de Arcos. Si comenzábamos la visita con la multiplicidad ejercida sobre una visión (de una visión) de Jean de La Fontaine, ahora cerramos la misma con la interpretación que Dalí realiza en Los sueños caprichosos de Pantagruel sobre la interpretación que hizo François Desprez del Pantagruel de François Rabelais, autor, que a su vez, sirvió en numerosas ocasiones de fuente de inspiración al arte de Jean de La Fontaine. Así eran los caprichos de Dalí, la misma ironía de la vida se veía reflejada en esa textura tan característica del papel japonés, como si su mismo granulado se viera aplastado por la piedra de la litografía que pesa como la sátira de la vida sobre su propia realidad.

La tragedia de la vida reside en la comedia humana, ironía y realidad forman parte de la misma esencia, ser humanos.

 

Por Jacobo Henar

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