Érase una vez un cuentacuentos

Érase una vez un cuentacuentos

Cada noche mi abuela se tumbaba a los pies de mi cama y, con suma paciencia, contaba una y otra vez los mismos cuentos: Caperucita Roja, Los tres cerditos, La Cenicienta y tantos otros que nunca más volví a escuchar. No sé si mi abuela tenía un gran talento, pero desde luego obraba el milagro que suponía, en aquella época, hacerme dormir.


El cuentista Roberto Malo explica cómo esta actividad fomenta la pasión por los libros: «Es matemático cuando acabas de contar un cuento todo el mundo se lleva el libro, es inmediato».
El cuentista Roberto Malo explica cómo esta actividad fomenta la pasión por los libros: «Es matemático cuando acabas de contar un cuento todo el mundo se lleva el libro, es inmediato».

Todos hemos dormido escuchando un cuento, hemos crecido con él, hemos creído que éramos parte de esa aventura y, seguramente, con el tiempo hayamos sonreído al entender su verdadero significado. Pero, ¿qué sería de los cuentos sin alguien que nos los cuente?

Los cuentacuentos son una figura histórica; su nombre ha cambiado a lo largo de los siglos, también su aspecto, incluso su función, pero siempre han existido. En las comunidades primitivas el sabio de la tribu tenía la labor de contar las historias. Durante las civilizaciones egipcias, griegas o romanas esta tarea recaía sobre los esclavos. Con la llegada de la Edad Media se popularizaron los juglares y los arlequines. En el Renacimiento, debido al alto porcentaje de analfabetismo, estos narradores fueron vitales para acercar el conocimiento al pueblo. Pero hoy en día, el roll del «cuentista» no acaba de entenderse.

Una de las falsas creencias sobre esta figura es su preparación; aunque parezca sencillo, «hay mucho trabajo de formación previo», tal y como explican desde la Biblioteca José Antonio Rey del Corral de Zaragoza, especialista en actividades de oratoria. Los «cuenteros» —así se les denomina en Sudamérica— son profesionales, generalmente, del mundo de la literatura, educación y del ámbito artístico.

La gente tiende a pensar que ser cuentista es un hobby, sin embargo, «se puede vivir del cuento»; esto es precisamente lo que hacen Carmen Férruz y Roberto Malo desde hace más de veinte años. Férruz es maestra, psicóloga y animadora, actualmente combina su trabajo de psicóloga con la narración de fábulas, pero, hace unos años solo se dedicaba a esto último. Malo, al igual que Carmen, es animador y «retroalimenta» esta tarea con la de escritor y es que «los autores estamos abocados a convertirnos en juglares de nuestros libros», afirma.

Carmen Ferrúz sobre su trabajo: «Esta profesión me ha dado el placer de contar, de ver la cara de entusiasmo y emoción de los niños y es un auténtico placer».
Carmen Ferrúz sobre su trabajo: «Esta profesión me ha dado el placer de contar, de ver la cara de entusiasmo y emoción de los niños, y es un auténtico placer».

En la libroteca zaragozana El Gato de Cheshire también apuestan por los propios autores e ilustradores para narrar, «quién mejor que ellos para trasmitir pasión» explican. Esta cuestión, aunque desconocida por algunos, viene de lejos; Dickens ya presentaba y, sobre todo, representaba sus libros en teatros.

La misión más clara de estos contadores de historias es la de inculcar pasión por la lectura, pero no es la única. El Aula de Medio Ambiente Urbano del Gobierno de Aragón La Calle Indiscreta utiliza los cuentacuentos como «un instrumento de sensibilización»; desde la Biblioteca José Antonio Rey del Corral consideran que son un medio de «trasmisión de valores y conocimientos» y han comprobado que esta actividad «mejora la atención de los niños»; y para el cuentista Roberto Malo escuchar cuentos «potencia la imaginación».

Otro mito es «pensar que los cuentos son cosas de niños» comenta Ferrúz. Mucha gente desconoce la existencia de cuentacuentos para adultos, sin embargo, estos existen desde hace muchísimo tiempo; de hecho, la figura del monologuista nace, o al menos se inspira, precisamente en ello. Al igual que los monólogos, estas actuaciones tienen lugar en bares y teatros.

Francisco Javier Mateos y Roberto Malo, del grupo Galéon. Según Malo ser cuentacuentos «es un trabajo maravilloso».
Francisco Javier Mateos y Roberto Malo, del grupo Galéon.

En los últimos años dos factores han hecho tambalear esta figura, por un lado, debido a la crisis económica «se ha dedicado menos dinero a la cultura y esto ha supuesto menos contrataciones», explica la cuentista. La otra cuestión que ha puesto en jaque a estos expertos oradores ha sido la era de la tecnología; aunque los cuenteros han sabido adaptarse a las nuevas circunstancias y para ello han desarrollado «espectáculos más visuales y de mayor interacción», cuenta Malo.

A pesar de estos baches, «es una actividad que siempre tiene éxito y que ha conseguido enganchar incluso a los padres» aseguran desde El Gato de Cheshire. No solo eso, parece que está empezando a resurgir ya que cada vez se hacen más espectáculos y se crean más talleres. Buenos ejemplos de ello son la librería Olé Tus Libros, la Biblioteca de Aragón o la Biblioteca José Antonio Rey del Corral, en esta última se realizan muchas actividades relacionadas con esta figura, desde cursos sobre técnicas de narración hasta maratones de cuentacuentos —de hasta nueve horas de duración y en los que participan más de cien narradores—.

Nada ha podido con ellos, como el ave fénix resurgirán tantas veces como sea necesario, y nada desanima a los cuentistas, como señala Roberto Malo estos espectáculos «siempre han funcionado y siempre funcionarán».

 

Por María Muruzábal

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