¿Hay alguien a quien no le guste Glenn Miller?

¿Hay alguien a quien no le guste Glenn Miller?

Si le late el corazón y respira, la respuesta es un rotundo NO. Barruntaba la respuesta antes, durante, pero, sobre todo, después de la actuación, mientras salíamos del Auditorio bajo una lluvia torrencial —posiblemente enviada desde algún lugar por el mismísimo Woody Allen—. Y es que la actuación de The Original Glenn Miller Orchestra fue mucho más que eso, fue un absoluto show. Sí, así en inglés, show, y en el sentido más americano de la palabra.


The Original Glenn Miller Orchestra mantuvo el ritmo del show durante sus dos horas de duración sin un ápice de aburrimiento. Foto: Auditorio de Zaragoza
The Original Glenn Miller Orchestra mantuvo el ritmo del show durante sus dos horas de duración sin un ápice de aburrimiento. Foto: Auditorio de Zaragoza

Un show de la época en la que se forjó el imaginario americano más poderoso, durante la Segunda Guerra Mundial. La publicidad y el cine, empleados casi casi como arma arrojadiza, se apoyaron en la cultura popular para «americanizarnos» creando un mundo que incluía casi todo lo que vimos el sábado pasado: barras y estrellas, uniformes militares, rubias estupendas y como no, música, muy buena música. Y Glenn Miller formó parte de todo aquello, creando en 1942 la Glenn Miller Army Force Band para entretener a las tropas, generando una de las mejores orquestas militares de la historia, y por qué no, también de las civiles. Hasta que épicamente, y constituyendo parte de la leyenda y del mito en el que se convertiría, su avión desapareció sobre el canal de la Mancha, tan solo un año antes de finalizar la guerra.

Es curioso que, a pesar del desfile de estereotipos americanos de la Glenn Miller Orchestra —que bien podría ver pasar por sus ojos un exmarine texano el día de su muerte—, el origen de la formación y muchos de sus miembros sea británico. Para empezar el director, todo un maestro de ceremonias octogenario, que parecía escapado de una película de Scorsese, y que nada menos que ejerció como director musical de Eddie Cochran o Tom Jones. Sin decir mucho, solo con su presencia, Ray McVay fue capaz de ganarse al público desde el primer minuto.

La orquesta, que lleva funcionando desde 1988 y que mantiene la misma formación sobre el escenario que concibió Glenn Miller, sabía lo que tenía que hacer en cada momento; mecanizada como un ejército disfrutaba como una banda de club, y lo mejor es que fue capaz de trasladarlo a un público totalmente entregado y, que pese a su avanzada edad, no podía dejar de moverse en sus asientos.

También como parte de big band, cabe destacar a los solistas vocales Catherine Sykes, cuya voz sonaba positivamente proveniente de una gramola, y a Colin Anthony, cuyo homenaje a los 100 años del nacimiento del gran Frank Sinatra, celebrados este año, llegó especialmente a un público hipnotizado por un New York New York de libro.

«The Irresistibles» Andrews Sisters, además de por su voz, destacan por sus trabajadas coreografías
«The Irresistibles» Andrews Sisters, además de por su voz, destacan por sus trabajadas coreografías. Foto Auditorio de Zaragoza

Además, la orquesta contaba con el acompañamiento de los sincronizadísimos Jiving Lindy Hoppers, que sorprendieron a los presentes marcándose unos buenos bailes con el público y cuya impresionante actuación de claqué nos recordó lo bien que se bailaba en la primera mitad del siglo XX. Y como colofón, no podía dejar de nombrar a «The Irresistibles» Andrews Sisters, para mí, sin duda, una de las grandes sorpresas de la noche y quizá uno de los pocos ejemplos de que algo bueno puede salir de un talent show televisivo. Solo puedo decir que cada vez que salían al escenario y Ray McVay las presentaba haciendo hincapié en lo de Irresistibles yo pensaba en que no podían llamarse de otra forma; sus voces brutales y totalmente empastadas, me hicieron dudar de si estas tres mujeres habían sido fabricadas ex profeso para ello.

Así que si tenéis la oportunidad, no os perdáis la próxima actuación en Zaragoza de The Original Glenn Miller Orchestra, vale su precio. Una big band compuesta por grandes músicos que, como Ray McVay o Colin Anthony, han tenido mucho que decir en la industria de la música, pero cuyos nombres tristemente han quedado eclipsados por las grandes estrellas mediáticas. El sábado hubo swing del bueno, todos los temas clásicos que puedes esperar, muchos bises, y yo ya puedo decir que he escuchado Moonlight Serenade en directo, en definitiva, medicina para el alma.

 

Por Elisa Plana

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