«Interstellar», entre el deseo utópico y la posibilidad distópica

Hablar de Interstellar tras la actual resaca de premios cinematográficos, se torna inevitable (y también los spoilers). Desde 2001: Una odisea del espacio, la reflexión sobre el cosmos no había arriesgado tanto y de una forma tan apasionante como se hace ahora en la película de Christopher Nolan. Se echa en falta ese reconocimiento fuera de los galardones por efectos especiales y bandas sonoras. Interstellar osa presentar audiovisualmente un viaje espaciotemporal y multidimensional como solución a la propia evolución humana (pronto tendremos que empezar a hablar apropiadamente de involución) y cargado de debates éticos, políticos, económicos y morales.


Lo más emocionante de la propuesta, es la apertura dimensional que un agujero de gusano en órbita con Saturno ofrece a una humanidad que tiene que abandonar la Tierra, agotada tras la explotación incondicional a la que se ha visto sometida a lo largo de los siglos. Atravesar el agujero de gusano es la única posibilidad de colonizar nuevos planetas en otra galaxia, algo en lo que el ser humano se ha especializado. En esa búsqueda llena de dificultades, se invita al espectador a apreciar intuitivamente la relatividad del tiempo y del espacio, la complejidad del «multiverso» y su fragmentación dimensional.

Por eso hablamos de riesgo en esta producción, porque la mayor dificultad es contar una historia lineal cerrada (con principio y fin) en una pantalla plana. Sobre todo, cuando el momento álgido de la película transcurre mientras una inteligencia artificial con la que trabajan en la misión es lanzada en el horizonte de sucesos para enviar datos con respecto a la singularidad dentro de Gargantúa, apropiado nombre para un agujero negro, y poder transmitir esos datos a la Tierra. Todo ello se complica, en cuanto a narrativa visual se refiere, cuando el protagonista de la película, Cooper (Matthew McConaughey), queda suspendido en un espacio extradimensional de tiempo no lineal, representado por un teseracto, entendiendo que los seres extradimensionales sobre los que se especulaba, eran en realidad los seres humanos del futuro que han (o habían, en función del tiempo lineal) aprendido a trascender el espacio-tiempo tridimensional. Así, Cooper entiende que puede transmitir esa información a su hija a través de ondas gravitacionales y que ella pueda completar la ecuación que les permitiría poner en órbita una enorme estación espacial para evacuar a la población de la Tierra.

Interstellar

Interstellar ha ganado el Óscar a mejores efectos visuales. También estaba nominada a mejor banda sonora, diseño de producción, mejor edición de sonido y a mejor sonido.

Es cierto que el final, además de otros detalles, no queda suficientemente justificado pero, seamos francos, de lo explicado anteriormente: ¿hay algo que tenga sentido fuera de las actuales hipótesis científicas y de una película de ciencia ficción?

La ventaja del cine es precisamente su propio lenguaje, podemos jugar con la realidad y flexibilizarla hasta donde nos interese para pensar en torno a nuestra condición humana. Lo realmente importante de Interstellar es la valentía del director, actores y resto de equipo que le acompañan a la hora de divulgar ciertos conocimientos de astrofísica (no en vano, contaron con el asesoramiento del científico Kip Thorne) y las repercusiones éticas que derivan de este futurible.

No obstante, es importante que recordemos que esas reflexiones no tienen por qué esperar a que la distopía se convierta en realidad.

 

Por Jacobo Henar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *