OperaMía: diciembre

OperaMía: diciembre

Noviembre ha sido, también, un mes «movidito» operísticamente hablando. Hemos podido ver otra estupenda representación de La fille du Regiment de Donizetti, en el Real, ya reseñada en nuestro anterior comentario, con la histórica intervención del tenor de moda, Javier Camarena, que bisó dos veces en la misma obra, caso insólito en toda la larga historia del Real. Asistir a uno de estos espectáculos, cuando el público aclama y reclama al cantante, escuchar su bis, muchas veces emocionado, y oír explotar la sala en una prolongada ovación trufada de «bravos» es inolvidable.

En el Liceo hemos asistido a un espectacular recital de Natalie Dessay, una soprano sobradamente conocida que recreó pasajes del Giulio Cesare de Händel, con el contratenor Christophe Dumaux, otro triunfador. Os recomendamos escuchar con calma esta obra barroca plena de momentos de musicalidad excepcional y, también, de gran dificultad vocal.

Arabella de Richard Strauss, va a ser este mes objeto de mi comentario principal. Es una obra musicalmente difícil, que llevó a buen puerto su protagonista, la soprano Anne Schwanewilms.


En nuestra Zaragoza, hemos tenido también espectáculos operísticos, si bien de tono menor. Es lo que podemos permitirnos y, mientras no cambien las circunstancias, seguiremos añorando las temporadas de los años setenta del siglo pasado, con primeras figuras mundiales en nuestro escenario. El Teatro Principal recibe hoy a compañías modestas que, dignamente, representan las obras de repertorio más conocidas. Tal ha sido el caso de Don Giovanni y de Aída y Nabucco a cargo de la Ópera Nacional de Moldavia. A destacar la intervención de Olga Perrier, como Aída y del coro en la segunda obra de Verdi. Poco es pero, siendo realistas, hoy montar una ópera en condiciones es empresa que solamente está al alcance de los grandes teatros, con mecenazgos privados e implicación de las instituciones. ¿Podemos en Zaragoza aspirar a esa meta? El tiempo lo dirá, pero el nivel, de momento, es bajo…

También tuvo lugar la Gala del V aniversario de la Asociación Aragonesa de la Ópera, con interpretaciones de fragmentos de Zarzuela de la soprano zaragozana Ruth Iniesta (que debuta este mes de diciembre en el Real en un papel de Muerte en Venecia). El excelente barítono Luis Cansino y el joven tenor Alejandro González del Cerro, acompañados al piano por Aurelio Viribay. Un muy buen recital de tres figuras bien consideradas en el panorama lírico actual. Meritoria la labor de esta Asociación que trabaja por mantener espectáculos de buen nivel en nuestra ciudad, aunque los apoyos sean mínimos.

Y pasamos a la obra del mes: Arabella, de Richard Strauss. Papel con el que debutó (7 de enero de 1962) la gran Montserrat Caballé en este mismo escenario y que hacía veinticinco años que no se representaba.

Arabella Mayusta
Arabella de Richard Strauss se ha representado en el Liceu el 7, 20, 23, 26 y 29 de noviembre. Foto: Miguel Ángel Yusta

Arabella estrenada en Dresde en 1933 sitúa la acción en la Viena de mitad del siglo XIX, en un período eminentemente burgués y conservador, no exento por eso mismo de hipocresía y convencionalismo. Unos padres, nobles y completamente arruinados, presionan a una de sus hijas, la hermosa y soñadora Arabella, para encontrar un marido rico que les resuelva sus problemas, mientras que a la segunda hija le hacen vestirse de hombre para evitar esa búsqueda marital por partida doble.

Comedia lírica, que podríamos llamar «de enredo», en tres actos, la trama se complica y se resuelve con gran habilidad (fue la última colaboración de R.Strauss con el escritor y libretista Hugo von Hofmannstal, fallecido en 1929) y en ningún momento decae la atención del espectador. Al final, como en los cuentos, todos son felices, pero la obra admite muchas lecturas que la enriquecen sobremanera.

Musicalmente es compleja, difícil, intimista y bellísima. No estamos ante una obra operística «clásica» y hay que acostumbrar el oído y dejarse llevar por sensaciones. La música fluye y envuelve y las voces se integran en ese conjunto sonoro que expresa la exultante ópera straussiana, que contiene momentos tan especiales como el dúo del primer acto entre Arabella y Zdenka, los encuentros de la protagonista con Mandryka y un final realmente bello con la intervención de Arabella y el dúo final.

La representación del Liceu me pareció en todos los aspectos muy bella. Es una producción la de Cristof Loy que me gusta mucho, sobria y dinámica, un tanto atemporal, con un excelente planteamiento teatral. El foso funcionó a la perfección dirigido por Ralf Weikert así como el coro en su breve intervención. La Arabella de Anne Schwanewilms me cautivó tanto por su voz como por su teatralidad; es un papel precioso para una lírica y la Schwanewilms tiene un centro muy equilibrado y suficiencia en los extremos, manejando la media voz en los pasajes más intimistas con absoluto dominio del personaje. Parece navegar, flotar, a veces su voz sobre la orquesta y es una experiencia que solamente encuentro en Wagner. Su hermano-a, Zdenka estuvo muy bien defendido por la valenciana, de formación alemana, Ofelia Sala. Bordaron el dúo del primer acto, uno de los más bellos de la producción Straussiana. El Mandrika de James Rutherford (Volle suspendía por enfermedad) tuvo algunas carencias vocales aunque fue actoralmente convincente. Cumplieron los comprimarios y me gustó la lírico-ligera Susanne Elmark, en el difícil papel de coloratura de La Fiakermilli, piedra de toque de las sopranos de estas características.

Jornada agradable, bella representación y de vuelta a Zaragoza con el buen sabor de boca de uno de los más interesantes «platos» de esta temporada.

La calificación del reparto es un promedio de actuaciones excelentes como la de Anne Schwanewilms en el papel de Arabella y otras más tibias como las de Torben Jürgens representando al Conde Lamoral
La calificación del reparto es un promedio de actuaciones excelentes como la de Anne Schwanewilms en el papel de Arabella y otras más tibias como las de Torben Jürgens representando al Conde Lamoral

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Miguel Ángel Yusta

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