«X-Men: Apocalypse», una película de transición y nada más

Una nueva amenaza se cierne sobre la Tierra y un nuevo equipo X-Men emerge dispuesto a salvar el mundo del apocalipsis. Hasta ahí todo correcto, pero… ¿quién nos salvará a nosotros de un cine saturado de héroes hormonados?


Patrulla X

Sophie Turner (Fénix), Kodi Smit-McPhee (Rondador Nocturno) y Tye Sheridan (Cíclope) son parte de la rejuvenecida Patrulla X que es introducida en esta película.

Voy a comenzar rompiendo una lanza a favor de X-Men: Apocalypse (Bryan Singer, 2016): es entretenida. No te da mucho más, pero para pasar el rato no está mal. Aunque muchos estaréis pensando: «Hombre, pero es que si una película de superhéroes no llega ni a eso, ya apaga y vámonos». Y tenéis razón, pero es que recientemente ya hemos tenido casos como el de Batman v Superman: Dawn of Justice (Zack Snyder, 2016), donde por momentos no se cumplía ni siquiera esa premisa básica y donde muchos terminamos decepcionamos —yo incluido— al encontrarnos con un despropósito de proporciones bíblicas. Antes pensaba que uno de los objetivos de este tipo de películas es trasladar a la gran pantalla —a modo de homenaje— lo mejor de lo mejor de las historietas del cómic. Pero hace ya hace tiempo que esto dejó de ser así. Hoy día Marvel y DC compiten por construir el mejor universo fílmico de superhéroes, tan grande y extenso (tiempo al tiempo), que a veces es lógico que en su obsesión por primar cantidad sobre calidad, te encuentres con tramas requetemanidas, saturación de superhéroes por metro cuadrado (sin posibilidad de profundizar) y ,en general, grandes fiascos. Hay de todo. Incluidos algunos «cómics» de mierda de dos horas y media. Por ello, una parte de mí se alegra de que X-Men:Apocalypse sea pasable. Otra, sin embargo, me dice que estos mutantes ochenteros podrían haber dado para mucho más.

La cinta nos sitúa inmediatamente después de X-Men: Days of Future Past (Bryan Singer, 2014), donde humanos y mutantes finalmente llegaron a un acuerdo de paz. Así pues, ahora en los institutos se estudia ese concilio histórico y en la Mansión-X de Charles Xavier se vive un ambiente idílico donde los mutantes aprenden a controlar sus poderes para ser reintegrados en sociedad, pero donde no los desarrollan ni se les prepara por si fuese necesario luchar en el futuro. El objetivo del profesor, en cambio, es abrir las puertas de su academia también a humanos, ofreciéndoles estudios —se entiende— de nivel universitario (tanto en lo humano como en lo profesional) y fortaleciendo así sus lazos con los mutantes. Sin embargo, este sueño pacifista —que caracteriza a un Charles que aquí se muestra de nuevo como un ser mesiánico, representante absoluto (y perfecto) del bien— se ve truncado de nuevo por una gran amenaza, un apocalipsis que busca destruir el mundo tal y como lo conocemos, para reconstruirlo después, desde sus cenizas, junto a todos los supervivientes. Para Apocalipsis —el villano plano e inexpresivo de Marvel en esta película— esto es: purgar el mundo para comenzar una nueva era donde no haya lugar para seres inferiores. Todo esto, como no podía ser de otra manera, hace estallar una guerra civil entre mutantes que los divide en dos: los fieles a Apocalipsis, antihumanos con ansias de poder, y los leales a Charles Xavier, soñadores —ilusos— que creen que un mundo perfecto entre humanos y mutantes sí es posible. A efectos prácticos, todo se reduce una vez más al ya manido conflicto entre el bien y el mal. Pero en valores demasiado bíblicos, demasiado absolutos.

Charles Xavier en X-Men

«Aquellos que tengáis más poder, proteged a los más débiles», Charles Xavier en X-Men: Apocalypse (interpretado, de nuevo, de forma magistral por James McAvoy).

¿Todo esto os suena? Normal. La temática, el argumento, la evolución de los personajes (amor, odio —bien y mal— entre Magneto y Charles, por ejemplo) y las luchas de poder que nos plantea esta película ya las hemos visto en infinidad de ocasiones, no solo en el universo X-Men y en otras películas de superhéroes, sino también a lo largo de la historia de la humanidad y de las religiones. La verdad es que no fui a ver X-Men: Apocalypse con grandes expectativas, ya que sé que el cine de entretenimiento se somete a ciertos cánones que a veces limitan el potencial (real) de una cinta. Pero aún así, sin esa tara, la sensación para mí sigue siendo agridulce. No puedo dejar de pensar que estamos ante una película de transición. Un capítulo que sirve de puente entre películas y cuyo principal objetivo es presentarnos al resto de componentes de la nueva —o no tan nueva— Patrulla X. Si Marvel hubiese aceptado con humildad el lugar de esta película en su universo —y eso se hubiese visto reflejado en las tramas de la película, más humildes pero arriesgadas—, no habría tenido ningún problema en que X-Men: Apocalypse fuese secundaria. Pero no es así y la película cae en el autoengaño, sacrificando potencial y buscando ser ese bombazo palomitero que no es, sufriendo de una épica muy predecible, y resultando un pasatiempo tonto y entretenido en el que solo brillan realmente un par de secuencias y donde el antagonista, además de no tener carisma, no transmite en ningún momento la sensación de que vaya a salirse con la suya. Apocalipsis está porque tiene que estar. Porque lo pone en el guion. Pero no te lo crees. Y lo que es peor: no te interesa.

 

Por Juan López

 

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